Ester Bueno

Las múltiples imágenes

Ester Bueno


La sombra del ciprés. Los Dávila

21/03/2024

Pedro se asomó a la ventana y vio el Palacio de los Dávila, y el frío le mostró el rostro de ese lugar cerrado y sorprendente. Él nació en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y estaba acostumbrado a los silencios, a las calles mojadas tras las lluvias y a esa introspección triste que pone el corazón en un puño rebelde, que no quiere abrirse, que no quiere mostrar su verdadero yo de legionario, fiel al latido, rebelde ante el amor y las distintas soledades.
La nieve recubre los quicios de las ventanas como ojos que no quieren mostrar los interiores, donde se podría asistir a la cotidianidad que por desconocida parece misteriosa y que, sin embargo, es vulgar si lo sabes, Pedro y sus amores, el infantil y el grande, el de mayor emoción por nuevo y de despertar al sol de la inacabable sensibilidad del inocente, el otro, más maduro, sufriente, elevado el dolor al máximo punto de la muerte. Son tantos los amores que habrán hecho paseo en esa plaza, apoyando la espalda en el portón de madera gastada, tantos amores como los de Pedro.
Siglos de historia, años y años de dentro y fuera del palacio, los Dávila y su vida, los entronados escudos de caballeros afines a su rey. Pero nada es en lo humano tan tranquilo, nada parece ser fácil cuando se trata de nosotros, seres tan imperfectos que somos incapaces de no aniquilarnos, dejando solamente iniquidad y miedo, y desolados ojos en los que pierden el honor o la vida de los que criaron con esfuerzo y con sangre en las manos. Las luchas intestinas, enfrentamientos y disturbios entre las casas nobles, doncellas ultrajadas, ataques al salir de monasterios, tres días asesinos, regidores de Ávila, Velada, Cespedosa, Los Vela, todos pugnando por enconamientos ininteligibles, y después las condenas: destierros, degollados, ajusticiados hombres, muchos en la picota. ¿Será posible que no hayamos cambiado excepto en las armas y en lo punitivo? Sobre el portón, el relieve en el que los salvajes aparecen vencidos antes los caballeros, la violencia, y la muerte.
La torre del Palacio cayó en algún momento, y con ella los avizores ojos de los vigilantes, alfices y arcos de herradura que aún pervive y por los que las doncellas mirarían inquietas los inviernos tan largos y tan lúgubres, a veces tan azules en cielos como ahora, como en nuestro año, el año que aún vivimos.
La casa solariega e hidalga ha ido cambiando, pero aún se adivinan las cartelas, que se repiten en otros edificios, huecos que albergaban balcones a la calle y que alguien, en algún punto decidió descolgar, eliminando así el más amable de los pasatiempos, el mirar a la calle. Pero doña Guiomar se empeñó en disfrutar de las vistas al Valle y recorrió los días y la noches con sus escarpines, esa terraza larga de columnas y capiteles recios.
El Patio de los Dávila no era tan verde como los andaluces y colgaba en sus muros vides y yedra resistente al frío, ¿de dónde vienen los arcos con alfices, las puertas que recuerdan la tradición islámica?, reminiscencias que obviamos por desconocidas.
Pedro vería desde fuera estos muros marrones y dorados, y nosotros los vemos desde fuera también, imaginando que hay hadas y duendes, y caballeros quitando su armadura, aunque sea mentira, o una quimera, como la vida misma.