Ester Bueno

Las múltiples imágenes

Ester Bueno


El Paseo del Rastro

22/02/2024

Dentro de poco será marzo y este mes ,que parece situarse entremedias de un invierno tardío y una primavera que muchas veces no acaba de llegar, está marcado por un acontecimiento que descabala las leyes del aire, que hace temblar a las ramitas nuevas en yemas casi recién brotadas, y que sobre todo nos augura el nacimiento de la explosión del verde que se contemplará desde la altura imponente y pacífica del Paseo del Rastro.

En breve, golondrinas, aviones y vencejos regresarán a nuestras vidas y poblarán el viento y la muralla de sus alas veloces, de su incesante tarea de cuidados, de sus piares fuertes y constantes, de su constancia y de su valentía. Llegaran tras un largo trayecto desde África. Sus rutas migratorias no exentas de peligros, les habrán puesto a prueba, y como los humanos que desgraciadamente tienen que migrar a otras tierras, habrán estado plagadas de amenazas y duelos, de pesares y pérdidas irrecuperables.

Pero marzo es el mes de los reencuentros con esta tierra nuestra a veces asolada por la nieve y el hielo, en ocasiones llena de estrepitosos y cálidos azules, con ventura y sin ella habitada por almas imbuidas de pensamientos de Santos y de Mártires,, incluso sin saberlo.

El Rastro es un lugar donde se citan las aves y la gente y donde se pueden escuchar los campanarios que presiden las puertas de toda la ciudad. El Paseo del Rastro, en este ya inminente mes de marzo, acorta la vida de las noches, y recupera los rosas de las amanecidas, acoge viandates que se resisten a volver a casa cuando las candelarias deberían estar dando su luz en los portales, porque llega la noche, y sabe de las cuitas de los enamorados, de las tristezas amplias de los que perdieron la ilusión por seguir, de los recuerdos de tantos que se fueron y de las sorpresas de los que descubren que Ávila es la ciudad más alta del país sobre el nivel del mar, afirmación que da para un poema.

Obviamos los humanos aquello  que vivimos cotidianamente y no nos damos cuenta de nuestro privilegio. No miramos conscientes la Iglesia de Santiago, con sus octogonales laberintos tan trabajosos para quiénes idearon un lugar para el culto que se diferenciara, ni las sierras distantes con pequeñísimos cúmulos de nieve, ni los barrios del sur, rojos, encadenados a las calles torcidas expuestas a una modernidad mal entendida, ni las serpenteantes carreteras que nos llevan más allá del Valle Amblés, a un Gredos de estribaciones imposibles. Tendemos a doblegar nuestras miradas y no alzarlas hacia la impresionante balaustrada del Obispado, lleno de historias magnas, o contemplar de frente, ese especial escorzo de muralla que sería una foto de premio en una revista de las de viajes.

Tenemos tantos privilegios desde El Rastro que bastarían para llenar un cuaderno de notas. En este marzo nuevo que estrenaremos todos, hay que abrir las miradas a lo que es tan constante y cotidiano, a lo que no valoramos por seguro, por interiorizado, y no hablo solo de las aves, o de los edificios, o de los árboles que pronto tendrán hojas, hay que percibir con claridad y alma a los que nos rodean y nos acompañan en el camino incierto del futuro, percibir esa mano cotidiana que está ahí siempre.