Escrito a tiza

Carolina Ares


Las letras que se llevó el río

28/03/2021

Hoy os voy a hablar de ella. La que nos dio voz. Ella que escribe en su  habitación propia páginas que seguirán vivas en la actualidad, con toda la importancia de quién nació hace casi 150 años, pero sigue vigente y habla como si viviera en nuestros días. Ella que a principios del siglo XX fundó junto a su marido su propia editorial: Howarth Press. En la imprenta, se manchaba las manos, elegía libros, los maquetaba, revisaba galeradas, limpiaba las placas… Ella, que fue la primera en publicar a Freud en el Reino Unido, a T.S. Elliot, a Katherine Mansfield… y que, sin embargo, no se atrevió con el Ulises de Joyce. La mujer que fue alma, voz y cobijo del grupo de Bloomsbury, implicada en sus grandes proyectos, como la defensa de la Sociedad de Naciones tras la Primera Guerra Mundial. Una joven que creció rodeada de algunas de las grandes voces de finales del siglo XIX, todas masculinas, y que tuvo la suerte y el privilegio de poder ser educada, aunque fuera en casa. Ella que sufrió abusos por parte de sus hermanos mayores, que le marcarían hasta tal punto que padeció depresiones y crisis nerviosas durante toda su vida.
 Ella, que nos habló de la importancia de la independencia mientras recreaba la vida de las que la precedieron desde la Biblioteca Británica, hilaba el lenguaje para contar con respeto la vida y obra de Jane Austen, las hermanas Brontë o George Eliot. Una escritora que publicó que una feminista era cualquier mujer que dijera la verdad sobre su vida. Ella, que tuvo una relación entregada a su marido sin dejar de ser libre en una época en la que no era fácil. Una figura que, debido a su enfermedad y su independencia, ha generado leyenda, que despierta respeto y odio a partes iguales y que, sin embargo, vivía una vida cotidiana como los demás, pero consciente de su suerte, lo hacía de manera plena, incluso en tiempos de guerra o de pandemia. Ella, que salía a por un lápiz y escribía un relato sobre el camino a comprarlo. Qué odiaba comprar sombreros, pero se perdía en las demás tiendas, disfrutando del lujo del día a día. Escribía casi a diario: artículos, reseñas, novelas y su diario. Estos últimos, muy extensos, reflejan una época, un grupo, una personalidad distinta a lo esperado. Entre todos sus escritos, hay frases legendarias, pero también momentos de reflexión: “La señora Dalloway dijo que comprarías las flores ella misma” o “una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”. Ella, que sujetó un espejo para que las demás nos mirásemos en todo nuestro esplendor. 
Ella, que soportó abuso, enfermedad y dolor en esta vida, la crítica por su falta de universalidad o por la supuesta intrascendencia de sus temas, no soportó una Segunda Guerra Mundial ni el regreso de sus fantasmas. Ella, que hace hoy 80 años salió de su casa sin que nadie la viera y caminó en silencio hasta el río Ouse. Al llegar caminó despacio hasta el interior de su cauce. En su casa había dejado a su marido una bonita carta de amor como nota de despedida. Ella, que sabía que “durante la mayor parte de la historia, anónimo era mujer”. Y no se calló, sino que lo firmo con letra firme en la historia: Virgina Woolf.