Gerardo L. Martín González

El cimorro

Gerardo L. Martín González


Creyentes

16/04/2024

Pasó la Semana Santa, y llegó la Pascua de Resurrección. Pasó esa semana de procesiones, habidas o suspendidas, semana de recogimiento o de bullicio, o de escapadas a otros sitios, que de todo hay, cuando la fe de los creyentes cristianos se manifiesta en las calles, con una exhibición de imágenes, de capirotes, de alardes de costaleros aplaudidos, de trompetería, de torrijas o de ayunos sentidos solo por algunos, pues en general hay pocos sacrificios, de creyentes o no ¿por qué? ¿para qué? Lo que se suponía iba a ser un boom turístico, con reservas en hostelería al 100% en hoteles y restaurantes, hubo que rebajar ese índice por un tiempo adverso para estas movidas. Lloros, pesares, amargura de cofrades que se les chafaba todo lo preparado durante un año, aunque hubo otras pérdidas no contadas, como la de los churreros que tenían preparado toda su oferta de porras y churros, en esa madrugada del Viernes Santo, cuando después del largo y frio recorrido alrededor de la muralla, de ese Viacrucis penitencial, popular y sentido, se acababa con la compra masiva de churros y desayunos. Pero el mal tiempo se cruzó en el camino y los responsables del evento, decidieron se hiciera un mini recorrido por las naves de la catedral que, lógicamente dado el lugar, el recorrido era corto, acabando pronto, tan pronto que los churreros no habían abierto sus despachos antes de la hora normalmente prevista; así que la gente, finalizado el viacrucis, se fue a casa sin comer churros. Cuando abrieron las churrerías, no había clientes, y alguno churrero, según me han contado, hasta regalaba sus productos, antes que tirar todo a la basura. ¿hubo algún fallo de comunicación? o ¿lo que haga uno, le importa un bledo al otro, por mucha costumbre que haya? 
Recordamos algunos, cuando nos hacían aprender de memoria el catecismo, ese pequeño cuadernillo que el P. Astete, natural de un pueblecito de Salamanca, escribió en el siglo dieciséis, y que sirvió para evangelizar a españoles, y básico en la evangelización de Hispanoamérica, del que se hicieron traducciones en lenguas nativas, como conservan los PP. Dominicos de santo Tomas, con título Catecismo de la Doctrina Cristiana, de unas diez paginas pequeñitas, pero que incluía toda la doctrina y oraciones cristianas, y que ha estado vigente hasta hace poco, después de mas de mil ediciones. Redactado en preguntas y respuestas, así decía sobre la fe: P.- ¿Qué cosa es fe? R.- Creer lo que no vimos. A finales del s.XX salió el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, en la que intervino siendo obispo de Avila, y mas tarde cardenal. D. Antonio Cañizares, grueso volumen lleno de citas y referencias, que no saben entender y manejar los niños, y posiblemente tampoco, muchos adultos, sustituyendo aquella catequesis memorística, por otras formas en continua revisión, para acercar la fe a los niños.
Si sacamos de contexto esta definición, podría extenderse a cualquier cosa en la que creemos sin haberla visto, solamente porque alguien lo dice, como lo expresa el diccionario de la RAE: Creencia que se da a algo por la autoridad de quien lo dice o por la fama pública. En definitiva, todos creemos en algo o en alguien, aunque el término creyentes se haya circunscrito casi en exclusividad con la religión: creyentes católicos, creyentes musulmanes, o simplemente creyentes. Pero el ser humano es fundamentalmente creyente, o no sería humano, estando llenos de creencias, entre las que navegan la verdad y el engaño, mucho más en esta época en la que la tecnología nos puede falsificar todo. No se puede no creer en nada, lo hayamos visto o no. Los que solamente creen en la ciencia, aquello que puede ser demostrado racionalmente, solamente caminan con una pierna. La fe en lo desconocido está en la esencia humana desde el comienzo de su existencia. Hagamos un repaso de nuestras creencias, religiosas, políticas, sentimentales, profesionales, que constituyen el cien por cien de nuestros conocimientos, y veremos que estamos continuamente nadando entre la verdad y la duda.  Todos somos creyentes, o no somos.