Gerardo L. Martín González

El cimorro

Gerardo L. Martín González


Las piscinas de la Juven

20/02/2024

Estamos en unos tiempos raros, preocupantes, dramáticos. Las noticias malas, con verdades, mentiras, medias verdades; asesinatos, protestas, guerras, muertes, sequias, insatisfacciones de todo tipo, manifestaciones callejeras, violaciones, confusiones, cosas malísimas, que vemos, oímos, y acaso comentamos, pero estamos tranquilos, casi indiferentes, porque la noticia de ayer se nos ha olvidado, atropellada por otra más reciente. Nuestra sensibilidad se ha dormido, y vemos todo con relativa indiferencia. Son tantas a la vez, que nos saturan. Posiblemente porque la vida sea así, o porque somos ya viejos, cuando no podemos hacer nada personalmente que cambien estas cosas, cuando la tecnología nos ha esclavizado, volvernos la vista atrás, y recordamos, cuando exigíamos menos y éramos felices con menos medios que hoy nos inundan y creemos imprescindibles, todo por consumir sin necesidad, y pasarlo lo mejor posible, dentro de ese eslogan del "estado del bienestar", que la política nos ha grabado en la mente.

Cuando se inició la Juven desde cero, con la ilusión y empuje de esa persona que se llamaba don Jesús Jiménez Pérez. Cuando todavía aquel espacio de tierra sin nada más, lejos, fuera de la ciudad, iba teniendo forma; cuando no había un sitio donde darse un baño, salvo la piscina y hoy espacio muerto, del Tiro de Pichón, en las Hervencias Altas, en la que el obispo tuvo la ocurrencia de poner horarios distintos para hombres y mujeres; o el peligroso embalse del Adaja, "la Presa", anterior y en el mismo lugar que la actual de las Cogotas. Los chavales nos bañábamos donde podíamos, como "la charca de aviación", llamada así por estar en el extremo de la pista del aeródromo militar, entonces existente en el valle Ambles, en la finca de Romanillos, charcos que dejaba el rio Chico. Allí tuvimos un pequeño susto cuando hubo que sacar haciendo cadena, a Pedro Damas, que tenía una pierna atrofiada y cojeaba, resto de una antigua polio, hijo de un músico de la banda de la Academia de Intendencia, y que fue uno de los primeros presidentes de La Juven. Pero el inquieto don Jesús buscaba otras alternativas, pues consideraba que el baño era un aliciente para aquella juventud. Y así, nos llegamos a bañar en el pilón de la huerta de una finca, con unos rosales preciosos, situada en el espacio que hay entre la Ronda vieja y la carretera, a los pies del arco del Mariscal, cuyo dueño le llamaban "el manquillo", no porque fuera manco, sino porque había nacido con un brazo bastante más corto que el otro. También había allí otras edificaciones, construcciones ahora desaparecidas, como una tienda de ultramarinos, que surtía a muchos de esa zona norte de la ciudad. Y cuando ya no se pudo ir allí, se buscó otro lugar, propiedad de las Hijas de la Caridad, que accedieron, eso sí, con horario estricto, en la finca que tienen cruzando el puente Adaja, a la izquierda, donde hoy hay hasta una calle de nombre Don Suero del Águila, entonces solo camino de tierra, llamada "La Granja", hoy Casa de Ejercicios, con otro gran pilón de agua más bien fría en la parte más alta de la finca. Pero para poderse bañar, se hacía un análisis del agua, con los líquidos y recipientes que la directiva de la Juven había comprado, análisis somero, pues a más de uno alguna vez le salieron sospechosos granos, pero sin más importancia. Hoy no dejarían los padres a sus hijos irse a bañar a tales sitios, pues somos más exigentes, o tal vez, mucho más débiles.

Y cuento esto, siguiendo la línea que veo se ha marcado el periódico, rememorando hechos pasados, unos lejanos, otros más recientes, pero que son parte de nuestra historia, o al menos, de nuestras vidas.