Gabriela Torregrosa Benavent

Cosas veredes

Gabriela Torregrosa Benavent


El cobrador del crac

08/01/2024

Siempre he pensado lo afortunados que somos en Ávila por contar con tantos colectivos generosos y comprometidos, que realizan una labor impagable de índole social, solidaria, cultural, religiosa, deportiva, festiva, educativa…: asociaciones de discapacidad, de vecinos o culturales, cofradías, peñas, AMPAs, clubs, que altruistamente idean e impulsan actividades a lo largo de todo el año, iniciativas sugerentes, creativas y originales, entusiastas y llenas de vitalidad, dinamizadoras de un sector, un barrio y, en suma, beneficiosas para toda la ciudad.

Carreras, conciertos, partidos, papanoeladas, degustaciones, luces de la memoria, recaudan fondos para fines loables, cohesionan a la gente construyendo un necesario sentimiento de pertenencia y comunidad, crean optimismo y apuntalan la existencia de aquello a lo que las Administraciones no pueden o no quieren llegar. Implican a la juventud en un momento crítico de sus vidas, canalizan su energía en direcciones que solo pueden reportarles experiencias de entrega, amistad y trabajo en equipo, y los vinculan emocionalmente a Ávila. Todo son ventajas.

Para reflexionar sobre la trascendencia de estas acciones, basta pensar que, si todas ellas desaparecieran de pronto, el calendario de eventos y la agenda de nuestra ciudad se verían drásticamente mermados. Los políticos locales tienen la prueba mirando sus propios álbumes de fotos públicas, que en elevada proporción están vinculados a este tipo de actos, de ciudad y no partidistas. Cualquiera que vea las imágenes podría pensar que, en lógica contraprestación por el espléndido resultado de las iniciativas, el Consistorio aporta significativas ayudas de tenor económico y organizativo. Y nada más lejos de la realidad. Más bien todo lo contrario.

Lo curioso, por no decir injusto y trágico, es que desde el Ayuntamiento de nuestra capital hace cuatro años incluso se impusiese una tasa para gravar el material municipal que se presta para este tipo de actividades. Las excusas para justificarla no pudieron ser más peregrinas: que algunos colectivos (sin especificar) solicitaban más objetos de los necesarios; que había que dedicar tiempo de los operarios, y que el Ayuntamiento estaba en una precaria situación económica, es decir: se convertía en el cobrador del crac (de culpas ajenas por ser heredado, claro; faltaría más).

Costaba entender que, simultáneamente a decir esto, sí había dinero para que los políticos del equipo de gobierno local gozasen de hasta siete liberaciones bien dotadas, y que el primer edil cobrase una cifra que lo sitúa año tras año en el pódium de remuneraciones de alcaldes de capitales de provincia de Castilla y León, en términos tanto absolutos como relativos, proporcionales al número de habitantes del municipio. Esa parte de los presupuestos era intocable, mucho mejor meter el serrucho en otros epígrafes. Recordaba tristemente al conocido chiste: para paliar la quiebra de la familia, la "solución" que se les ocurría era quitarle el chocolate al loro. Menuda forma de ahorrar. Y valiente modo de sanear las arcas municipales, vaciando la hucha de quienes lo poco que tienen lo usan en pro de los demás. Eligen equivocadamente los paganos, exactamente lo contrario a lo que hacía Robin Hood. 

Con cargar con una tasa a las asociaciones y entidades sin ánimo de lucro precisamente por desarrollar su actividad propia, la que les da sentido, el Ayuntamiento conseguía un inicial efecto desalentador, disuasorio y de desafección con el Mercado Chico, a cambio de la desorbitada y sin par cifra de ingresos totales de entre mil y dos mil euros anuales. Difícil concebir una gestión menos productiva y más errada. Con esa cantidad irrisoria, pocas horas de operarios, como los munícipes alegaban, se pueden costear.

En el momento de la verdad, la ejecución de la tasa resultó en una aplicación cuajada de excepciones, retocada para suavizarla en las Ordenanzas Fiscales de años sucesivos, en un implícito reconocimiento de su fracaso, pero sin llegar a desaparecer formalmente nunca, posiblemente porque su eliminación habría sido una confesión general de su desacierto. Sostenella y no enmendalla. Un desafortunado capítulo de nuestra historia reciente al que urge dar carpetazo.