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Francisco I. Pérez de Pablo

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Francisco I. Pérez de Pablo


Ávila fea

21/06/2022

Hace algunas semanas en el Colegio de Arquitectos de Ávila se presentó la obra «el caos urbano, el mayor fracaso de la democracia» y donde su autor, Andrés Rubio, puso a Ávila –ha dedicado un capítulo– como uno de los ejemplos de caos urbano. Según sus palabras, la capital abulense no ha sido una proyección de la ciudad pensada y reglada por los profesionales de la ciudad y los pensadores.  Ávila ha sido pasto de los especuladores en la última década, afirmó, poniendo el dedo sobre los promotores privados cuya codicia ha hecho que la articulación del territorio salga mal. Cuestionable poner el dedo acusador solo apuntando a los constructores cuando los profesionales de la arquitectura –viven de los clientes– ni estaban, ni tampoco lo están ahora para ideales o quijotismos, salvo para muy pocos elegidos.
Ávila no es un caso aislado dentro de la geografía nacional, pero sí aseveró que se planificó de manera bastante irracional el desarrollo de la ciudad a lo que luego contribuyó la crisis económica que llegó tras el boom inmobiliario. Todo es opinable y por supuesto todo es mejorable. Cuando a mediados de los años noventa se comenzó con la redacción de lo que sería el PGOU de Ávila, nadie podía suponer –ni los propios técnicos urbanistas que los redactaron– qué expansión o impacto tendría todo ese conjunto de páginas y planos orientados a un desarrollo de una ciudad que quería crecer, pero que no lo ha hecho a la velocidad pretendida y ahí entran otros factores que han propiciado el castigo de los abulenses a sus políticos. 
En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el «color del cristal con que se mira» (R. Campoamor). Ávila tiene dos partes diferenciadas donde la «ciudad nueva» no me parece tan grotesca ni espantosa entre otras cuestiones porque está muy inacabada (como casi todo en Ávila y ejemplo es su catedral desde hace siglos), por efecto del parón que trajo la economía hace más de diez años, del que la Capital no se ha recuperado, y le siguen faltando infraestructuras necesarias. La «ciudad vieja», o lo que es lo mismo el casco histórico, no es que esté fea es que es innoble e indecoroso (indecente alzando la voz) para una ciudad patrimonio de la humanidad. 
En ambos escenarios falta política. Porque es la política la que tiene que impulsar y estimular. Es sabido que el sector privado cuando se le anima es mucho más ágil y rápido que lo público. Ávila  ha vuelto a perder una nueva legislatura –Por Ávila–  sin ningún plan activador de toda esa masa de suelo urbanizado disponible –carencia absoluta de ideas, ganas y proyectos de hacer ciudad–, y en cuanto al casco histórico la política que está obligada a ponerlo en valor se ha puesto de lado viendo como la continua degradación de muchos de los edificios (privados pero también sujetos a una disciplina urbanística que no se aplica) arruinan la visita del turista y encoge el corazón de los abulenses que día a día transitan por su calles. Más que fea, Ávila para ser Capital avanza fatalmente sin merecerlo hacia un Ávila aldeana. 
Ávila no me parece fea y buena prueba de ellos son los cuadros que cada año, como el pasado fin de semana –certamen de pintura rápida del Hogar de Ávila en Madrid– dibujan rincones, plazas, calles y jardines con luz, colores, decadencia o esplendor. Cómo debería ser ese Ávila bonita (para muchos sin el edificio de Moneo) por contraposición a la fealdad de la que se le acusa. Ese capítulo aún está por escribirse.