Pablo Garcinuño García

Vísperas de nada

Pablo Garcinuño García


Incertidumbre de principio

09/04/2023

Todas tus hijas se llaman Pilar. Ya sé que no, pero ponte en que sí. Ponte en que todas tus hijas se llaman Pilar. Las cosas son según nos acostumbremos. Hazlo durante unos días, ya verás qué rápido te olvidas de M. y de A., que, por otro lado, ni siquiera son nombres, son solo siglas. Las letras se las lleva el viento (da igual que lleven punto), pero las palabras ya no. Esta es grande y sólida, parece como de mármol. Pi-lar. Rotunda y al mismo tiempo cómoda: una sola, la misma, para nombrar a todas. Piénsalo, hombre. No digas que no así, tan rápido, sin reflexionar un poco. Mira que todo son ventajas. Mira que yo creo que te conviene a largo plazo.
Si ni siquiera sabes cuántas hijas tienes. Tú mismo te lías al contarlas. Ahora que han empezado a jugar juntas las miras y te quedas como temblando, con las piernas blandas. Son como un monstruo enorme con varias patas y dos o tres cabezas. Y muchas pezuñas y babas. Imposible saber dónde termina una Pilar y dónde empieza otra. Un solo cuerpo que marcha en el torbellino y en la tempestad, y las nubes son el polvo de sus pies. Ten cuidado porque te han visto y vienen hacia ti. Si secan los mares y agotan los ríos todos, imagina lo que pueden hacer contigo.
Ahora van juntas, acostúmbrate. Son como las cerezas. Como el sábado y el domingo. Como una rueda y su tapacubos. Como las hijas del Cid. Juntas dominarán el mundo, al menos el tuyo. Tú a veces las coges a la vez y haces eso del abrazo del oso. ¡Gr…! Aprietas a todas contra todas y se ríen mientras se convierten en algo mucho más aterrador que un oso que abraza. El espanto no eres tú, peludo y blandito, son ellas y sus pezuñas duras. Unidas en un mismo cuerpo son aún más poderosas y te las quieres imaginar así de por vida.
Tú quieres pensar que estarán así toda una eternidad. Pero no siempre ocurre lo que uno desea. Hay mañanas en que se parten en trozos y entonces ves a tus hijas una a una, con sus marcas de agua y sus detalles de las mejillas; sus ruidos en los pulmones, cada una el suyo. Son universos distantes, satélites de planetas remotos. Millones de años luz las separan. Son la noche y el día; el lunes y el viernes; un infante de Carrión perdido en el monte.
Hay una que ríe más. Hay otra que mira mejor. ¿Qué estás haciendo, imbécil? ¿Ahora te dedicas a hacer tablas de clasificación con tus hijas? No ves que al comparar, etiquetas. Rotulas las cosas con un "más que" o un "menos que". Y al etiquetar no reflejas la realidad, más bien la modificas, ayudas a configurar un mundo lleno de cartelitos estúpidos. Nadie, ni siquiera Heisenberg, sabe cuándo acaba el principio de incertidumbre.
A ver cómo se lo explico para que usted lo entienda. Le voy a descubrir un secreto. Tutéame, por favor, que ya hay confianza. Si queremos ver donde está una partícula, tenemos que arrancarle un fotón de luz. No sé si me hablas de electrones o de mis hijas. Ambas cosas son iguales. A veces interfieren entre sí, como cualquier onda lo hace. En otras ocasiones vuelan solas de manera constante a una velocidad tal que no somos capaces de seguirlas con el ojo humano. Dejarlas ser y no ser es toda una tarea, créame lo que le estoy contando. Sentarse y no observar. No alterar bajo ningún concepto la velocidad a la que viajan las partículas.

ARCHIVADO EN: Río Carrión