Fernando Romera

El viento en la lumbre

Fernando Romera


Ya es primavera

31/01/2024

Salgo por ese paseo que se hizo de puente a puente, como en el juego de la oca, desde el viejo hasta el de la Avenida del Papa. Es muy agradable en días de sol y más aún con el río crecido y ya amansado, como si tuviéramos aquí uno caudaloso y serio. Como anda el tiempo primaveral se dejan oír algunos pájaros: algún trepador azul, algún mosquitero… Se deja ver incluso algún verderón. Yo de pájaros, dicho sea de paso, entiendo más bien poco y los distingo porque me bajé una aplicación al móvil que los escucha y te cuenta sus cosas: sus hábitats, sus costumbres, qué comen, cuándo se juntan o cuando se marchan. Ameniza mucho los paseos porque parece una de esas compañías que se saben todo lo del pueblo y, además, se lo cuentan a quien les presta una poca atención. A veces se equivoca y te dice que tienes cerca algún pajarillo de la selva amazónica o de los desiertos de Estados Unidos. Pero también tiene su encanto. Por estos parajes la fauna es variada y pulcra, diría que casi es ordenada: unos escogen los parques, otros los sotos, otros los tejados… Pareciera que somos los humanos quienes hemos ordenado un poco la naturaleza, pero no es así; ya venía de fábrica. A los hombres se nos da mejor organizar lo nuestro y así pasamos los días renovando calles, aceras, redes de calor y otras cosas varias. Es como quitar una piedra acá y ponerla allá; darle un aire a lo viejo. En los márgenes de estas ciudades pequeñas, el campo y la ciudad se confunden un instante y luego se separan abruptamente, cada uno por su lado: aquí ves farolas y hormigón, al otro lado del río, vacas y trigo. Pero esas mínimas fronteras, como esta de la que hablo, son unas veces una cosa y, otras, la contraria. Hoy era más campo que urbe, con sus trinos, el agua llevándose las ramas caídas desde el verano y una luz más de marzo que de enero. Pasará algo de tiempo y será pasto de ciclistas, runners y perros domésticos. Pero no deja de ser una analogía de esta que no es ni campo ni ciudad, que a veces quiere avenidas amplias y rectas con comercios y otras callejuelas de pavés y adoquín. Y los pajarillos se pasean desde el soto a la Catedral, como si todo fuera su barrio.