Fernando Jáuregui

TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Feijóo, en el buen camino... hacia el barranco

01/09/2023

El título que doy a este comentario no es un juego de conceptos, ni una ironía, ni un oxímoron. Alberto Núñez Feijóo presentó a Pedro Sánchez, en su malhadado encuentro de este miércoles, un plan bastante completo de regeneración de la salvaje vida política del país. Aunque con ciertas utopías y una propuesta -la de que le dejen gobernar dos año- imposible, los seis pactos que propone, de confección mejorable, son la única propuesta seria de las varias de transformación del país que se han puesto hasta ahora sobre la mesa. Y ahora, ¿qué?.
Ahora, la pelota está en el tejado de Sánchez: ¿qué tipo de país pretende enhebrar en esta Legislatura el hombre del 'gobierno a veintiséis'? ¿Cuál es el diseño final?¿Ese 'modelo plurinacional' que pregonan Iñigo Urkullu y también Sumar y sus aliados? Estamos, nada menos, ante una 'refundación parcial' del Estado, la tercera en menos de medio siglo, y convendría que, en la sesión de investidura, nos quedasen muy claros a los españoles los términos, límites y valores de lo que se piensa hacer. Por unos, que ya nos han dado un indicio, y por otros, que nos tienen en un sinvivir, a la espera.
Decía que el 'plan Feijóo', en su esencia, me parece positivo, porque habla de 'igualdad' de todos los territorios y los ciudadanos, y de concordia más que de discordia. Pero es un plan, lo vimos en la respuesta que le dio la portavoz 'halcón' socialista Pilar Alegría, destinado al barranco; ya digo que dos no pactan si uno no quiere y menos si el otro aborrece al uno, que, por cierto, también le aborrece a él. Sánchez ni siquiera quiso salir a los medios, que tampoco le gustamos mucho, salvo excepciones contadas, a explicar su versión ante la 'cumbre', rara avis, con el líder de la oposición, que, por cierto, me parece que se va resignando a seguir siéndolo.
A Feijóo, que sin duda ha cometido no pocos errores desde el 28 de mayo, le quedan exactamente veintiséis días -menudo mes de septiembre nos espera- para convencer a la ciudadanía (y sobre todo, a los suyos) de que más vale ser presidente dentro de dos años que consumir dos años ya mismo como presidente, si es que la Legislatura se prolongara tanto. Porque la única esperanza que tiene de llegar ahora al Gobierno es la de que Junts se abstenga en la investidura de Sánchez, una vez fracasada la del presidente del PP. Y todo indica que Junts, que seguirá poniendo condiciones para su 'sí' (y algo logrará), no se abstendrá, porque quiere cooperar en el cambio de 'paradigma', es decir, en el fondo, el debilitamiento del Estado. A ver cómo explica Sánchez todo esto en su propio discurso de investidura.
De momento, lo que Feijóo y sus más cercanos colaboradores habrán de hacer es aquietar al propio Partido Popular, el más populoso, el más revoltoso, de España. Sánchez, con su presidencialismo de tomo y lomo, ha callado disidencias, ha hecho del fundado por Pablo Iglesias Posse en 1879 'su' partido. A Feijóo le crecen los enanos en sus propias filas, las del partido y las del entorno 'influencer' que aspiraba, en distintos campos, a tocar poder, y a los que nada les gusta permanecer en la oposición, aunque sea en una oposición muy poderosa. Creo que el PP, con más diputados en el Congreso que ningún otro partido, con mayoría absoluta en el Senado, con once autonomías y miles de ayuntamientos, ha de organizar y unificar sus mensajes, aclararse en sus relaciones con Vox y abandonar la actitud mendicante con los nacionalismos, con los que ha de normalizar relaciones de diálogo, pero no de subordinación.
Hoy, el PP es Feijóo. No Díaz Ayuso, ni Moreno Bonilla, ni Mañueco, ni López Miras (a ver cómo acaba lo de Murcia), ni Feijóo más Vox... Es suicida tirarle chinitas, como si fuesen los tiempos de Pablo Casado, al grito de 'este no nos vale'. Y hay que tener en cuenta lo que dijo Feijóo, aunque no sé si está muy convencido: no será presidente a cualquier precio. Lo que sí puede hacer es convertirse en el aspirante a, haciendo una oposición diferente y más coherente que hasta ahora, regenerar la política del país, aunque le cueste dos años, o tres, o cuatro, de sangre, sudor y lágrimas. Que me temo que es lo que le queda.