Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


El prisionero

08/12/2023

Gracias a la corriente anarquista y destructiva imperante que prevalece en nuestra sociedad, el individuo parece solo tener sentido si pertenece a un colectivo. Nuestra identidad ha dejado de ser individual y solo se comprende desde la perspectiva de nuestra incorporación a un grupo.

El cristianismo hace dos mil años rompió ese concepto al otorgar al sujeto con unas características únicas, singulares e irrepetibles. Unos cuantos siglos después, esa cosmovisión intelectual se ha ido al traste. No es fácil determinar si ha sido fruto de reflexiones sesudas filosóficas o el devenir vital. Da la impresión de que existe demasiada gente que le cuesta mirarse al espejo pues siente una repulsión encubierta.

Para los católicos, un colectivo practicante en franco retroceso, esta herida no es dolorosa al asumir con naturalidad que se es pecador; lo doloroso es levantarse, porque nos caímos hace tiempo. Es innegable que la moral católica parece limitar la voluntad humana, cuando más bien pretende reducir nuestra capacidad para empeorar las cosas. Vista la historia, tenemos un talento innato para el Mal que es sorprendente.

En esta deriva somos incapaces de tomar decisiones personales dolorosas, aparentemente contrarias a nuestros intereses y nos dejamos llevar por la comodidad del pensamiento único. No significa que aferrarse a lo tradicional sea sinónimo de acierto, (algunos valoran en exceso su propio criterio), sino que debemos escuchar a nuestra conciencia.

En los tiempos que corren, demasiada gente cree que no existe dicho atributo, cuando la evidencia les demuestra que forma parte de nuestro ser; otra cosa es que no nos guste lo que nos dicta. Cuando oímos en nuestro interior los sabios consejos que nos da o las observaciones que nos transmite, nos da por correr. En esta actividad de fuga somos unos auténticos profesionales. No es que haya que obedecer a nuestra conciencia, es que a largo plazo compensa hacerle caso. Los atajos nunca son buenos.

La clase política entiende que su razón de ser es el poder. Todos los medios son lícitos para obtenerlo y todos los miembros del partido son gente a proteger bajo cualquier circunstancia, porque forman parte del colectivo que nos identifica.

Siento disentir. En algún punto, se tenga el cargo que se tenga, hay que escuchar a tu conciencia si algún acto ataca a su esencia. No hay que confundir la discrepancia con lo inmoral. Esa pasividad es culpable y nos destroza por dentro. Las consecuencias nos acompañarán en vida.

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