Ismael del Peso Jiménez

Los hollines de las llares

Ismael del Peso Jiménez


Las ‘piedras de Dios’

05/08/2023

Los últimos trazos de las siluetas de la tarde se pierden en el cielo cada vez más entoldado y oscuro y lentamente se desdibujan. Se difuminan en la penumbra y las últimas briznas de luz desaparecen entre las tinieblas que arrastran una noche cerrada y negra como la tripa de un topo.
El bochorno denso y aplastante se ha ido acuñando durante todo el día enturbiando la tarde con una canícula agobiante y espesa que se esparce en el aire y lo hace grumoso y asfixiante. 
A lo lejos se oyen los primeros truenos como cánticos de guerra y el fogonazo de los relámpagos que desgarran el cielo resplandecen en medio de la noche con una soberbia exhibición de poder. Fogonazos que se suceden y serpentean, hirientes y amenazantes, mientras azotan el cielo con latigazos que enérgicamente lo flagelan. Resplandecen zigzagueantes como la cadeneta del lomo de una víbora. 
La cólera de la tormenta se aprecia más dulce y vulnerable en el amparo de casa de la abuela.
Bastaba cruzar el umbral de aquella puerta para viajar en el tiempo y paladear cada brizna del pasado. Todo en aquella casa tenía una historia que contar. 
El cuarterón de la puerta siempre estaba abierto. Bastaba apartar un poco la cortina y golpear la aldaba un par de veces. 
-"Abuela, ¿se puede?"
Y a la par que corrías la tranquilla de abajo y empujabas la puerta ya se escuchaba desde dentro: "Adelante hijo, pasa". Cruzabas el 'medio casa' y pasabas a la cocina siempre en una mágica semi penumbra. Allí solía estar la abuela al 'cuidao' de la lumbre y atalantando el puchero, eterno prisionero de las 'estrébedes' y que olía siempre a gloria. Con un aroma tan penetrante e intenso que más bien se masticaba. Al amor de la lumbre frente a los llares, no tenía la abuela más compañía que su pasado, que reposaba fragmentado en los murillos y el escuaril del hogar y se esparcían los posos de su larga vida y sus recuerdos entre las tenazas, el gancho y el fuelle. Siempre testigos mudos y compañeros fieles del desamparo y soledad de la vejez. 
Aquella chimenea jamás se deshollinaba. De vez en cuando se tapaba la salida del tejado con un saco de papel y desde dentro se daban dos tiros con la escopeta apuntando al cielo y al momento como un alud de nieve, un tolmo de hollín se desplomaba sobre la lancha y quedaba limpia y deshollinada por una larga temporada. 
Aunque había que abandonar la cocina durante un buen rato porque quedaba unos minutos como una tejonera recién gaseada. 
Todo el suelo era de lanchas y en un ala de la cocina había un escaño de madera donde pasaba muchas horas haciendo mantas y colchas de punto. Pese a su avanzada edad cosía sin gafas, iluminada tan sólo por el mágico resplandor de la lumbre del hogar y la luz que se colaba cuando corría el visillo de un mísero ventanuco por el que apenas podía colarse una gata preñada.
Aquellos ojazos tan profundos y azules no te miraban, te veían. Te calaban hasta lo más profundo del alma. No sólo podían tejer sin gafas. Eran capaces de leer incluso los miedos y los pesares que guardabas en el corazón. Su mirada los leía y las palabras que entonaban sus labios ponían orden y paz donde había caos, miedos e incertidumbre. 
No era la abuela tierna de los cuentos, como la 'Abuelita Paz' de los tebeos del cole, o la adorable e indefensa ancianita de Caperucita. Ella se hubiera hecho unas enaguas con la piel del lobo. Supongo que una vida entera en el campo, dos matrimonios y doce partos templan el corazón, encallecen el carácter y labran el semblante. 
Sabía muchas maneras de adivinar si las mozas que iban a visitarla estaban encintas y si la vida que fraguaba en sus entrañas latía con la fuerza de un varón o palpitaba con la dulzura de la mirada de una niña.
Fuera, se escuchaba la tormenta en el máximo esplendor de su furia. La abuela cogió de la bodega una cajita de metal donde guardaba varias cosas, una hurga del abuelo, un huevo de madera para zurcir calcetines y unas piedrecitas algo extrañas con forma de tubito y huecas en su interior que me recordaron a la criptonita del famoso superhéroe.
Las encontró el abuelo en Trampalones, muy cerquita de Las Negraleras, entre las raíces de un pino que fue alcanzado por un rayo. Ella las guardaba con gran cariño. No era nada cariñosa ni zalamera, pero a veces se le escapaban algunas muestras de afecto muy sutiles, aunque creo que no tuvo con ninguno de sus nietos la conexión que tenía conmigo. 
Apartó con la badila un puñado de ascuas y los dejó junto a las trébedes. Anudó un trocito de bramante en una de aquellas piedras y la echó sobre las brasas. La cuerda parecía insensible al fuego y al calor. Muy despacio, iba ennegreciendo lentamente hasta quedar reducida a un polvillo negro que parecía ceniza tamizada. En ningún momento salió una sola llama. Por el contrario, el trocito de bramante que sobraba y que la abuela había arrojado a la lumbre junto a la piedra enseguida empezó a retorcerse, dio una espontánea y breve llamarada y desapareció bajo la vorágine del fuego. 
Retiró con las tenazas la piedrecilla de los rescoldos y la dejó sobre la lancha de la lumbre sin mediar palabra mientras barría bajo las trébedes con la escoba de cuelmos. Sólo me miraba y sonreía. 
Cuando la piedra ya no quemaba, pero todavía estaba bien caliente, arrebañó con los dedos el fino polvillo del bramante que la tiznaba y mientras untaba un poquito en mi frente empezó a poner sentido a todo aquello. 
Contaba la abuela que aquellas piedras de rayo se llamaban Piedras de Dios. Cuando había tormenta, el cielo se fragmentaba y el sonido de los truenos era el eco de los topetazos que se daban las nubes entre sí. Se topaban sin piedad ni conocimiento como los machos monteses de la Sierra. Las nubes y el firmamento se rompían en pedazos que Dios lanzaba a la tierra en forma de rayos cuando estallaba en cólera por la conducta díscola y rebelde de los hombres. 
Según la leyenda eran piedras mágicas y sagradas porque las mandaba Dios, y se les atribuían multitud de propiedades y virtudes mágicas, curativas y sobre todo protectoras. 
Tan mágicas y divinas que atando una cuerda sobre ellas y arrojando el conjunto a las brasas candentes la cuerda no se quemaba.
En el hogar, aquellas piedras de Dios protegían moradas y moradores precisamente de los rayos de las tormentas. Piedras de Dios y orégano cogido el día de San Lorenzo antes de la salida del sol, garantizaban la protección frente a los rayos y los incendios.
Colgadas al cuello, incrustadas en anillos y sortijas y guardadas en el bolsillo o envueltas en el pañuelo servían de amuleto mágico frente a la furia de las tormentas para los pastores, resineros y las gentes del campo. 
Protegían las majadas y apriscos de las 'chispas'. Untando las puntas de las astas y el pelo del lomo del ganado y bestias de tiro con el usagrillo de la cuerda derretida entre las brasas, blindaba animales y refugios. 
Incluso se restregaban en las coyundas de las yuntas, en los yugos, arados, trillos y cencerros. Y en los collares de los perros los días de gran bochorno para protegerlos de la rabia, ante la creencia que los perros rabiaban los días de canícula. 
Y atadas en un extremo y haciéndola oscilar, sirvieron de péndulos para brujos y zahories y como instrumento en diversas artes adivinatorias. 
Me recordaba las aventuras de los tebeos de Asterix y Obelix cuando aquellos galos de la aldea sólo temían que el cielo se desplomara sobre sus cabezas, pero eso no iba a pasar mañana… 
Era tremendamente difícil y complejo entender y disociar desde los frágiles pilares morales de la infancia cómo un Dios que se me antojaba justo, equitativo y compasivo podía caer en una actitud tan humana y mezquina como la venganza. No me imaginaba un Dios cristiano al estilo de los dioses griegos siempre a la gresca, solucionando las diferencias a pedradas igual que hacíamos los chiquillos en el patio del colegio...
Después, muchos años después, descubrí que las piedras de Dios de la abuela se llaman realmente fulguritas (del latín fulgur que significa rayo) y lógicamente no caen del cielo. Se forman después, una vez que la energía del rayo toma contacto con el suelo a una temperatura superior a la del sol, que funde los minerales a su paso formando una amalgama de minerales fundidos que dan lugar a dichas piedras del rayo. 
Debido por una parte a las altas temperaturas a que fueron sometidas y de otra, al origen vegetal del bramante (cáñamo y esparto) aislantes naturales del calor, esconden la explicación de que la cuerda no se queme. Las fulguritas tardan tanto en calentarse como en perder después la temperatura. 
Pese a todo, me encanta pensar que la leyenda es real y sigue viva. E imaginar que, en verdad, muchas vidas se han salvado gracias a la magia de las piedras de Dios. 
En casa de la abuela cayó un rayo cuando yo era muy pequeño. Entró por la chimenea y quemó el televisor y varios aparatos eléctricos, pero todos los moradores del hogar salieron ilesos. La abuela estaba convencida que aquellas piedras de Dios que con tanto cariño guardaba en la bodega fueron lo que en verdad salvó sus vidas.
"Santa Bárbara bendita
Que en el cielo estás escrita 
Con papel y agua bendita".
No necesitaba acordarse de Santa Bárbara ni cuando truena ni antes de tronar. Aunque tampoco quería acordarse porque era una leyenda triste. A Santa Bárbara su propio padre le cercenó los pezones e ipso facto, el verdugo murió de forma súbdita al ser inexplicablemente alcanzado por un rayo, convirtiendo a la víctima en la patrona protectora de las tormentas. 
Seguramente serían leyendas de viejas y aquello no fueran en absoluto piedras mágicas ni virtuosas sino vulgares fragmentos del subsuelo, o quizá fueran valiosos fragmentos del pasado y la antropología y fuera esa naturaleza y su razón de ser lo que les hacía mágicas y perosas.

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