Chema Sánchez

En corto y por derecho

Chema Sánchez


Cuéntame cómo pasó

02/12/2023

Televisión Española, la de todos y para todos -véase el matiz con ironía, porque lo de la propaganda casi todos lo compran a la primera-, una serie que ha marcado una época, una larga época en el ámbito televisivo nacional. Era 2001 y encarábamos con expectación un siglo que prometía cambios, y no ha defraudado. Los ha habido. Muchos. Sin embargo, como dice el bueno de Juanma Romero, del programa Emprende, la gente sigue queriendo salir en televisión, aunque luego farde de que nunca la ve. Yo enciendo todos los días la pantalla, quizás no todo lo que me gustaría, pero saco hueco y me aporta. Obviamente, no pierdo tiempo enterándome de la vida de gente que me la repampinfla, y que vive de una manera absolutamente opuesta a como yo encaro cada jornada. Dicho lo cual, que a alguien le preocupe qué problemas amorosos y la ropa que se enfunda una artista, un torero, o, en los últimos tiempos, un o una influencer, constituye un ejercicio muy digno y respetable que ejecuta, también a diario, una parte -cada vez más pequeña- de la población. Adelante con los faroles. Tampoco me da la vida para pararme a ver documentales de naturaleza, aunque creo que en la plataforma online y la app de TVE se pueden encontrar auténticas maravillas. Cuéntame cómo pasó, la producción española, poco a poco fue copando protagonismo, premios, tramas en ocasiones inverosímiles, y hasta exportó su formato a diferentes países de todo el mundo. En la serie hubo requiebros complejos de digerir –en ciertos casos generados por la larga mano del poder, ya saben, la tele de todos y para todos–, se abordaron todo tipo de temas, habitualmente bajo el palio del gobierno de turno. Hemos cambiado mucho y Carlitos siempre será Carlitos, Karina siempre será Karina, aunque renieguen como esos niños de papá que dicen que no quieren que se les asocie con su apellido, que ellos son otra cosa y quieren ganarse el respeto de los demás por lo que hacen. Ya sé cómo me dices. Daniel Radcliffe siempre será Harry Potter. 
Igual que los Alcántara serán esa familia en la que, en algún momento, muchas generaciones nos vimos reflejados. El barrio, la pelota, las chapas, los capones. La VIDA. Probablemente sin tamaños dramones con los que determinados episodios arrojaban. Los pobres protagonistas sufrían todos los problemas habidos y por haber, pero, a ver, 413 episodios y 23 temporadas no se llenan con una etiqueta de anís del mono…
Han pasado muchas cosas ahí fuera, y una de la menos satisfactorias en estas más de dos décadas que llevamos de siglo XX, tiene que ver con la polarización política y del entorno social. Siempre hemos sido todos un poco cuñados en eso de tener que llevar la razón en la cena de navidad, pero, de verdad que hay gente muy alterada, enfadada con el mundo, y dispuesta a saltar a las barricadas. ¡Qué necesidad! Lo que mucha de esa people no asume es que todos tenemos una manita y un sobre que meter en la urna, y que si se decide gris, pues gris tiene que ser. La realidad es que en la calle nos encontramos a personas a las que uno supone dos dedos de frente -de un signo y del otro- más fanática que la que caldea los campos de fútbol o provoca estampidas en espacios masificados. No preocupa tanto que en España acumulemos uno de cada tres parados de la Unión Europea, o el comportamiento anticíclico de nuestra economía en este periodo ya amplio que forman 23 años del siglo XXI. O, lo que es peor, que la deuda pública avance y que, en lugar de rebajar el peso que tiene la administración pública, siga creciendo. Obviamente: son votos.
Pero esa neblina en el razonar que atesoramos y que se ciñe a que el niño caprichoso tenga su piruleta y, sobre todo, a ese singular momento que también viven las empresas y que tiene que ver con que han crecido mucho, pero realmente no saben qué quieren ser de mayores, debe hacernos reflexionar. Eso en concreto y alguna que otra minucia. Debemos pensar en frío, no con las mejillas sonrojadas. Somos un país cojonudo –con perdón–, hay gente muy preparada aquí, pero se exporta talento. Tenemos horas de sol, vida, playa, montaña. Tenemos de todo, pero estamos empeñados solo en tirarnos los trastos a la cabeza. Como en Cuéntame como pasó. Con pantalones de campana o de pitillo, me es indiferente, somos una gran familia. O, al menos, deberíamos serlo. Ya me entienden.