M. Rafael Sánchez

La mirada escrita

M. Rafael Sánchez


El agua y la piedra

14/04/2024

Son las murallas de la ciudad el monumento más representativo de ella. A lo largo de sus novecientos años de antigüedad han sido numerosas las obras de mantenimiento o de restauración que se han tenido que llevar a cabo. En 1884 fueron declaradas monumento nacional y, con ello, el espíritu de conservación y restauración se incrementó. El arquitecto Repullés y Vargas dirigió varias actuaciones con desigual acierto pues, bajo un afán historicista, recreó un torreón de homenaje que seguramente nunca existió como hoy le conocemos y, que a pesar del tiempo transcurrido desde su obra, sigue siendo un pegote fenomenal en uno de los lugares más transitados.

En el afán de realzar la muralla eliminando todo elemento que se consideraba demasiado cercano y, al tiempo, ajeno a ella, se derribaron la Alhóndiga, el Alcázar o, más recientemente en el año 81, las casas adosadas de la calle San Segundo. Recuerdo escenas de mi niñez en el taller de vidrio y fontanería que mi abuelo Miguel tenía junto al bar la Viña, en los primeros números de la calle. Dos de las paredes del taller eran muros de la muralla, uno correspondía al lienzo y el otro, pared recta y luego redonda, era parte del cubo. Todo enjalbegado con cal. Yo conocí un trozo de muralla blanca. Sobre su amplia mesa de trabajo, de madera gastada por décadas de trabajo, se cortaron vidrios y plomos para restaurar más de una vidriera de la catedral o las del palacio de la duquesa de Valencia. Contra el derribo de estas casas apenas nadie se pronunció, salvo mi primo Pepe (José Luis Gutiérrez Robledo) que repartió, cual solitario y buen quijote, pasquines por el Grande.

Los especialistas reconocen que el gran problema de la muralla es la humedad. Si siempre lo fue, la obra de enllagarla con un mortero de cal y arena hace más de una década, no ha hecho más que incrementarlo. Recuerdo como Pepe a esta obra la llamaba coloquialmente "el almendrado", pues tal como lució a partir de entonces la muralla, semejaba la de una tableta del turrón que llamamos "duro" o de Alicante. Con esta obra, el color de la muralla cambió a un ocre más claro y rubio de forma notable pues antes, al carecer apenas de enllagado, el espacio entre piedra y piedra era una hendidura que cincelaba matices de luz y dibujos de leves sombras a lo largo de sus lienzos y cubos. Añádase que el tramo más significativo, el lienzo norte, y a cuyos pies antes se extendían praderías silvestres con amapolas, azulejos, magarzas y otras "malas hierbas" y que daban a la muralla tonalidades cambiantes con las estaciones, es ahora cual jardín tipo inglés con su uniforme de verde césped imperecedero. Y también habría que recordar cómo esta obra afectó a las colonias de vencejos que anidaban libremente entre sus piedras.

Creo que pocos abulenses observadores habrá que se les haya escapado que nunca la muralla tuvo los problemas de humedad que actualmente tiene, a pesar de que las lluvias en estos últimos años han sido más escasas. Extensas manchas oscurecen numerosos tramos de lienzos y cubos, entre amenazantes y poderosas. Pareciera claro que exista una correlación entre el enllagado y el incremento de estas humedades. Antes, los muros respiraban y exhalaban la humedad filtrada desde el adarve a través de las grietas exentas de mortero. El aire penetraba en los muros, el agua salía de ellos. A pesar de esta amenaza, como dejó escrito el gran Jacinto Herrero, hemos de saber que: "… estos muros de Ávila, / oh estos muros indemnes, sé que vais a vivir…"

Foto: Ana Jiménez (@ginger_ajm)