La venta ambulante resiste al coronavirus

E.Carretero
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Más de la mitad de los municipios de esta provincia no cuentan con comercio, lo que ha hecho que durante el estado de alarma el servicio que prestan los vendedores ambulantes de alimentación se haya convertido en más necesario que nunca

La venta ambulante resiste al coronavirus

Hacer la compra es desde hace ya varias semanas una de las pocas actividades por las que se permite salir a la calle. Así lo establece el decreto de estado de alarma. Sin embargo, en muchos municipios la opción de acudir a un supermercado o una tienda de alimentación simplemente no existe. No es ya que no se pueda salir es que los vecinos de estos municipios no pueden ir a comprar leche, azúcar, harina o huevos un martes si que es que se quedan sin estos productos sino que tienen que esperar para hacerlo. De hecho, más de la mitad de los pueblos de esta provincia no cuentan con ningún comercio desde hace tiempo, lo que obliga a sus habitantes a realizar la compra en la capital abulense o en municipios cercanos de mayor tamaño donde sí hay tiendas de alimentación o a esperar la llegada de los vendedores ambulantes, cuyo servicio durante el estado de alarma se ha vuelto más necesario que nunca.
«Los tenderos que vienen hacen una labor extraordinaria», reconoce Anselmo Sanz, alcalde de Rivilla de Barajas, uno de los más de cien pueblos de esta provincia-130 en el año 2017, según datos de la Junta de Castilla y León-donde ya hace tiempo echó el cierre la última tienda. Loli Domínguez es una de las tenderas que semanalmente paran en este municipio en el que viven unos 50 vecinos a los que se encarga de vender productos de alimentación y primera necesidad. Lo hace en Rivilla de Barajas pero también en otros municipios de esta zona que carecen de comercio y dentro de una ruta que también recala en pueblos como Crespos, Blascomillán, Chaherrero o Pascualgrande.
 «Si no se lo llevo yo, no se lo lleva nadie; no comen», afirma esta vendedora cuyo trabajo se ha vuelto en las últimas semanas más necesario que nunca. De hecho, cuando se decretó el estado de alarma ella y su marido, Julio, que también se dedica a la venta ambulante de alimentación, no se plantearon si parar o no porque sabían que para los vecinos de estos municipios era esencial que alguien les suministrase productos de alimentación. Desde entonces  atiende a sus clientes con guantes, mascarilla y guardando la distancia de seguridad. De hecho, la mayoría de los vecinos le hacen los pedidos por teléfono de modo que cuando Loli llega a sus pueblos tan solo tiene que depositar la compra en la puerta de la casa.
Reconoce esta vendedora que en las últimas semanas y, a raíz de decretarse el estado de alarma, está recibiendo más pedidos que antes fundamentalmente porque anteriormente quien más y quien menos acudía a comercios de otras localidades más grandes a realizar parte de la compra y, además, en el caso de personas mayores los hijos de vez en cuando les llevaban productos de alimentación, lo que con las prohibiciones de movilidad ahora no es posible.
También mucho más trabajo tiene ahora Raúl Jiménez, que por las mañanas atiende un pequeño comercio en Muñogalindo y por las tardes se encarga de vender de forma ambulante por varios municipios del Valle Amblés. «Me ha aumentado el trabajo porque antes la gente compraba en Ávila y ahora me lo piden porque tienen miedo de salir», reconoce este autónomo que atiende a pueblos como Padiernos, Muñochas, La Torre o Múñez:quince en total.
valle amblés. También él, igual que Loli, atiende pedidos por teléfono lo que no quita, lógicamente, para que una vez en el pueblo la gente pueda adquirir más productos de alimentación y de primera necesidad. «Saben el día que voy a cada pueblo y me llaman el día de antes para encargarme las cosas», explica este vendedor que desde que empezó el estado de alarma y debido al aumento de pedidos la mayoría de los días prolonga su jornada laboral hasta la noche. «La Guardia Civil ya me ha parado alguna vez», apunta este comerciante que reconoce que pese a estar trabajando tiene miedo a que le pongan una multa. «Muchas veces cuando vuelvo a casa son las once de la noche, pero es que después de que cierro la tienda tengo que preparar los pedidos y cargar la furgoneta, y después ir pueblo a pueblo repartiendo y de casa en casa», detalla unas jornadas maratonianas que empiezan muy temprano para poder ir a comprar el género con el que aprovisionar la tienda de Muñogalindo y poderdespués realizar el reparto por los pueblos.
También hace ya tiempo que Pozanco se quedó sin tienda por lo que su medio centenar de vecinos  se abastecen gracias a los vendedores ambulantes que de forma semanal hacen parada en este pueblo. Aquí el panadero para cuatro días por semana y una semanal lo hacen «el de la fruta, el pescadero y el de los congelados», cuenta Raúl Bermejo, el alcalde de este municipio, que lamenta sin embargo que «de lo que andamos un poco peor es de carne, sobre todo después de que el carnicero que venía antes dejara de hacerlo hace ya más de un año y medio.
En los pequeños municipios, aquellos que ni siquiera tienen tienda, la gente ya lleva tiempo acostumbrada a comprar con previsión, teniendo en cuenta que el pescado, la fruta o la carne solo llegan a su pueblo una o dos veces por semana. Una previsión a la que ahora también se han tenido que adaptar los habitantes de localidades de mayor tamaño para reducir las salidas a la calle y con el ello las probabilidades de contagio.