Venta ambulante, a pesar de la pandemia

SPC
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Antonio Santos recorre desde hace casi tres décadas la comarca de Benavente y Los Valles (Zamora) para vender productos de alimentación

Venta ambulante, a pesar de la pandemia

El sol brilla con fuerza en esta mañana de primavera y confinamiento sobre la comarca de Benavente y Los Valles, como si la maligna potencia del SARS-CoV-2 se viera atenuada en parte por la lozanía y el aire puro del campo. Un pequeño camión circula por la ZA-100 desde Olmillos de Valverde y se desvía hacia Friera, municipio que también lleva el apellido del valle de Valverde, informa Ical.

Antonio Santos Villar nació en Olmillos hace 64 años y ha cubierto este trayecto con su tienda ambulante unas 1.500 veces, como mínimo, durante las tres últimas décadas. Tiene localizada cada curva, cada badén y cada imperfección de la ZA-V-2528, la carretera que muere en Friera de Valverde, de la misma forma que conoce todas las vías de la comarca y, en primera persona, la vida, obra y milagros de cada vecino, no en vano ha forjado su clientela viaje a viaje, producto a producto,

Antonio llega a Friera, una pequeña localidad que tuvo hasta 700 habitantes a principios del siglo pasado pero que hoy apenas contabiliza 150, en el mejor de los casos y con los datos del último censo en la mano. “Cada vez hay menos gente. Es algo triste de lo que te das cuenta año tras año y no parece que se pueda hacer nada. Pasa tan poco a poco que te vas acostumbrando pero es una pena”, afirma.

“Hace unos cuantos años, tenía una ruta más amplia pero, con menos gente, lógicamente hay que hacer menos salidas. No sé cuántos clientes tengo exactamente pero tampoco son muchos. Ahora los pueblos están muy abandonados. Hace unos cuantos años, había el triple de personas”, recuerda.

El camión avanza hacia el centro del municipio y se detiene en medio de la calle Villaveza, que atraviesa la localidad de norte a sur. El claxon suena de forma insistente pero amistosa y provoca reacciones enseguida. “Pito un montón de veces, de forma muy constante, porque la gente está haciendo cosas y, así, se entera de que he llegado”, comenta. “Cuando el tiempo está lluvioso, procuro parar justo delante de la casa de cada cliente. Es servicio a domicilio en toda regla”.

Más ventas

La reclusión domiciliaria inducida por el Estado de Alarma en plena pandemia de Covid-19 no es incompatible con llenar la despensa, sobre todo para quienes no tienen fácil coger el coche para desplazarse. A ambos lados de la calle se abren varias puertas. La clientela ya miraba el reloj con impaciencia. “No tengo un horario fijo, aunque suelo salir por las tardes. Muchas veces como en casa y salgo al terminar”, expone, mientras levanta el portón trasero para dejar a la vista toda la mercancía.

El interior del camión es todo un ejemplo de asignación de recursos escasos a fines alternativos, ya que el sabio aprovechamiento del espacio forma parte esencial de un negocio eficiente. A ambos lados de la caja, estanterías metálicas de tres pisos y siete secciones, fijadas con firmeza a los costados del camión, exponen multitud de alimentos, desde azúcar, leche, sal, galletas, magdalenas, obleas y pan de molde hasta legumbres, pastas, arroz y latas de conservas de todo tipo, pasando por aceite, vinagre, bebidas, ‘snacks’ y productos de higiene personal y limpieza. Bajo las estanterías, están pulcramente apiladas más de veinte cajas que contienen frutas y verduras.

El vendedor se mueve por el pasillo que lleva hasta el fondo del camión y saca un pequeño mostrador en el que tiene una báscula y echa las cuentas.

Dos clientas se acercan rápidamente al camión. Antonio las llama por sus respectivos nombres. Si la tienda no tuviera ruedas y estuviera ubicada en Friera, también las conocería. Compran leche, pan de molde, unas latas de atún en aceite y un litro de vinagre, además de tomates, pepinos, pimientos, cebollas y lechuga. “He notado que las ventas han aumentado, sobre todo en las dos o tres primeras semanas del estado de alarma. Me pedían bastantes más productos básicos, sobre todo, arroz, leche, legumbres y papel higiénico”, detalla.

“En esos días, había bastante miedo y la gente acaparaba lo que podía porque pensaba que se iban a agotar las cosas o algo así. Ahora, parece que hemos vuelto más a la normalidad y compran normalmente”, apunta.

Ahora, que la sociedad ha interiorizado a marchas forzadas toda la terminología inventada ad hoc por las más altas instancias y que se repite hasta la extenuación, por muy afectada, errónea o impropia que pudiera parecer, desde ‘desescalada’ hasta ‘laminar la hora punta’, pasando por si Covid-19 es masculino o femenino, es inevitable preguntar por las medidas de seguridad en cada actividad y a cada paso. Antonio Santos tiene claro que son fundamentales, tanto para su protección como para la de su clientela.

“Desde el primer momento, atiendo a la gente con mascarilla, guantes y guardando la distancia, aunque no es fácil conseguir el material de protección. Me pagan con dinero en efectivo y tengo mucho cuidado, aunque a veces no parece que esté muy claro lo que hay que hacer”, señala, en alusión a la necesidad de cobrar de esa manera, ya que no dispone de datáfono en su negocio. “Tenemos precaución todos, aunque hay clientas que tienen más miedo que otras. Piensa que atiendo a mucha gente mayor, que es de la que más hay en los pueblos”.

La vuelta, en el suelo

En este contexto, la preocupación por la incidencia del coronavirus y su gran capacidad de propagación ha sembrado la duda de tal forma que unas cuantas clientas ni siquiera se acercan al visitante, aunque sigan comprando alimentos cada semana. “Hay algunas que me dicen lo que quieren a distancia y me piden que le deje las bolsas en el suelo, a la puerta de casa. Me preguntan cuánto es y me tiran el dinero. Le dejo la mercancía y la vuelta y, cuando vuelvo a la semana siguiente, ahí sigue el dinero, en el suelo. No lo han tocado. Hay mucho miedo”, relata.

El comerciante conduce desde hace años un camión Peugeot de 3.500 kilos aunque tiene muy vívidos los recuerdos de sus inicios en la venta ambulante, cuando compró un furgón Fiat Ducato de segunda mano. “Estaba la cosa complicada y había que tirar por algún lado. Antes trabajé en invernaderos y hubo un momento en el que tuve que escoger una cosa o la otra y opté por esto”, explica. “Antes de todo esto, hablabas un rato con la gente y te contaban muchas cosas pero ahora la cosa va mucho más rápida. Y eso que en estos pueblos no ha habido casos de personas enfermas. Oyes de alguno que se ha muerto pero que estaban fuera”, agrega.

Los lunes acude a Pueblica de Valverde; los martes, a Friera de Valverde; los miércoles, a Milles de la Polvorosa; los jueves, descansa; los viernes, Moreruela de Tábara; el sábado, a Santa Eulalia de Tábara y Pozuelo de Tábara, y el domingo, vuelve a Friera, que ha sido “de los pueblos más potentes” y que todavía ofrece una buena clientela, aunque, según insiste, “mucha menos que hace años”.

Por el momento, Antonio no ha tenido casos de personas cercanas que se hayan visto afectados por la Covid-19 y toca madera para que siga siendo así, mientras intenta alejar de sí las dudas sobre el futuro cercano, una vez se supere la crisis sanitaria y la crisis económica se deje sentir con fuerza. “Ese es un tema que nos preocupa a todos. Es el comentario del día. Con lo que estamos oyendo, nadie sabe por dónde tirar. Oyes de todo y no sabes con qué quedarte. La cosa es que luchemos todos e intentemos sacar esto adelante”, sentencia.

En cualquier caso, el modelo de negocio que desarrolla un vendedor ambulante se antoja más estable, ya que “la gente tiene que comer” y alguien tiene que traerle la comida. “A ver qué pasa en verano. Solía venir mucha gente a los pueblos pero no sabemos qué pasará en estos meses. Espero que las cosas mejoren”, desea.