Patada a la Corona en el culo del Emérito

Carlos Dávila
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El acoso y derribo a la Monarquía española es el objetivo de Podemos para acabar con la democracia liberal de la nación

Patada a la Corona en el culo del Emérito

Me ensucian los términos coloquiales aunque, como en el que figura en el titular, posea una adecuada precisión anatómica y escatológica. Es el caso de lo que aquí quiero decir. Así que empiezo esta crónica por advertir que ahora mismo, en España, la pieza que se intenta cazar no es Don Juan Carlos de Borbón; la pieza es la Corona misma. Y con ella, la democracia liberal.
 Recuerdo una larga conversación con el que fue, sin duda alguna, el mejor jefe de la Casa del Rey: el general Sabino Fernández Campo. Corrían los tiempos en que ya se habían declarado disidencias entre el Monarca y su más cercano y colaborador y éste se callaba pocas cosas. Me recibió en la Zarzuela un día en que Don Juan Carlos de Borbón había regresado de un viaje incógnito, y entre otras confesiones, que aún no son del caso, me realizó esta: «El Rey tiene grandísimas virtudes y solo dos grandes defectos: que es caprichoso y le gusta todo lo bueno, y que es muy sociable, indiscreto sobre todo». Puso algunos ejemplos, como aquel en que el Monarca, alentado por su cuñado Constantino, quiso recibir unas comisiones a cuenta de un paquete de coches blindados que el griego representaba. No hubo tal: la Guardia Civil probó la protección y la chapa se comportó como el papel de celofán: una estafa. Habló el jefe de la Casa de otros episodios y, casi como sentencia y adelanto, añadió: «Tendremos, ya lo verás, un buen disgusto con esto».
Y aquí está no ya el disgusto, que de esos últimamente nos ha deparado unos cuantos, sino el enorme tormento actual. La Corinna, que no es princesa ni nada que se le parezca, ha sido el antojo de nuestro hombre
La encontró en una cacería y casi se mata en otra. Tal fue su querencia que se la llevó a vivir en una de las pocas casas que existen en los madrileños montes de El Pardo. Es una edificación que utilizó el pintor Sorolla en los segundos años 20 del pasado siglo porque en ese lugar su hija, que padecía una grave tuberculosis, podía respirar un aire serrano recomendable. 
En ese chalet vivió Corinna con la complacencia y la escolta del director del Centro Nacional de Inteligencia, el general ya retirado Félix Sanz Roldán. El resto de la historia, accidente de Botswana incluido, es conocido. A este citado general le preguntamos en un conciliábulo de periodistas de la capital si la relación de la bella alemana interferiría el futuro de la Monarquía española. Tengo anotada exactamente la respuesta: «A la Corona no le agita ninguna acción exterior». Suficientemente clara la contestación y bastante estulta la seguridad del que entonces era jefe de los espías españoles. ¡Vaya si ha afectado!
Tanto que Podemos ya prepara el documento -que está listo a falta del «placet» de Iglesias, Monedero y Echenique- toda una campaña para que el Rey padre se someta a una investigación en el Parlamento. O sea, sesiones y sesiones de agobio que, esperemos de la sensatez de Sánchez, no termine por cumplimentarse. Sería una tragedia para España. Pero, al margen de esto, la cosa se encuentra ahora mismo más o menos así: la falsa noble parece dispuesta a declarar ante el fiscal Campos, colega, amigo y correligionario de la izquierda de la fiscal general del Estado, Dolores Delgado, la íntima camarada del exjuez Baltasar Garzón. 
La comparecencia en el Supremo solo se puede producir o porque la susodicha lo requiera o porque aún no se hayan iniciado actuaciones judiciales; en ese caso, únicamente el juez instructor de la Sala II del Supremo puede decidir una investigación como ésta. Por eso, Delgado, sabedora, ella es jurista al fin y al cabo, de que el procedimiento no es más que el descrito, se ha saltado los trabajos que sobre el caso estaba realizando la Audiencia Nacional y ha derivado el caso al Supremo, primero, porque allí goza de la complicidad de Campos y, segundo, porque así se agranda el escándalo político, social y mediático que ya ha estallado. Delgado ha elegido un fiscal a la carta que ha agradado absolutamente a la facción comunista del Gobierno.
En el Supremo la preocupación es máxima. Un magistrado del Tribunal me ha dicho: «En un caso como éste y teniendo en cuenta que, según vamos sabiendo, las pruebas de comisiones ilegales cobradas por Don Juan Carlos son muy inconcretas, lo más adecuado sería iniciar la investigación para luego archivarla como ya sucedió con otras dos causas que se sustanciaron en la Audiencia Nacional». 
Pero este drama nacional (¿o no lo es que todo un Rey se siente en el banquillo como un comisionista sin filtro?) no va a terminar así: la izquierda de Podemos se ha topado con un pretexto, con una excusa, para soliviantar el escenario democrático de la nación. Y ni siquiera disimulan su propósito. 
Iglesias lo proclama desde el sillón del Consejo de Ministros y su portavoz Echenique, brama contra la Corona desde el Parlamento. Y Sánchez no defiende a la institución. 
Días antes del confinamiento general a que nos ha tenido sometidos el presidente, desde la Casa del Rey me transmitían el siguiente mensaje: «Nuestro papel es no apartarnos ni un centímetro de la Constitución, lo hacemos así y fíjate la que nos cae de vez en cuando, si nos metiéramos en concreciones lo que nos pasaría». Más allá de cualquier off the record la queja, que nunca harán pública desde la Jefatura del Estado, es ésta: «No podemos defendernos».
En realidad, es un milagro que un país como el nuestro que aplaude tanto al Rey cuando llega como cuando se le echa (narración popular) la Monarquía siga subsistiendo. Un prodigio de la política nacional que en este momento está a punto de marcharse al garete. 
Les puedo avanzar algo más: me cuentan dos antiguos jueces del Supremo que los magistrados del Alto Tribunal están en su mayoría al tanto de un operación brutal. Esta: los podemitas más furiosos intentan ahora mismo relacionarse con gente con problemas judiciales de orden internacional (evasión de divisas, cobros de comisiones…) para ofrecerles la posibilidad de un perdón a cambio de un cante generalizado, de testimonios, más o menos ciertos, sobre las actividades financieras del Rey Emérito. No recogería en esta crónica esta especie sin mis relatores, jueces de alto prestigio, no me la tacharan de absolutamente verídica. Tan cierta como que uno de ellos se espanta y me dice: «No falta mucho tiempo para tener noticias de estos individuos». De uno, los compradores, y de otros, los vendedores.
El Rey que nos condujo a la libertad no es más que una coartada para los dinamiteros. Aquí lo que está en juego es la Constitución del 78. En España hay riesgo de tensión liberticida y en muchos lugares del mundo también. 


Antifascistas

Probablemente no nos estemos enterando de la misa la media, pero el asesinato del pobre Floyd en Minneapolis está siendo aprovechado por un movimiento universal, el «Antifas», los presuntos antifascistas, para poner en solfa la organización democrática universal. 
El acoso y derribo a la Monarquía española puede que no sea más que un hito en el propósito de estos barreneros. Don Juan Carlos supo siempre que su trabajo era difícil de justificar desde el ámbito de la razón, pero comprensible desde el punto de vista de la eficacia y el ejemplo. 
Una vez, en conversación telefónica con Jordi Pujol que éste se encargó rápidamente de desvelar, le dijo: «Lo mismo podemos ver a gente que viene a ofrecerme la Corona sobre un cojín, que a la Guardia Civil con orden de arrestarme». Me aterra pensar que esta afirmación pueda confirmase alguna vez como predictiva.