Situación desesperada pero no grave

Carlos Dávila
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España se está olvidando de la letalidad de la COVID-19 y ya se ocupa de qué pasará con la economía cuando vuelva la normalidad

Situación desesperada pero no grave - Foto: TATYANA ZENKOVICH

Hace muchos años, comienzo de los 80, un diputado liberal de UCD, Joaquín Garrigues, ya muy enfermo de una brutal leucemia, apostillaba con ironía la intervención de su colega de Gobierno, Rodolfo Martín Villa, que había realizado una intervención curiosa reconociendo que las cosas no estaban nada bien, pero que, tampoco se cargaran las tintas, porque siempre (también utilizó el medido sarcasmo) eran susceptibles de empeorar. Garrigues dijo: «O sea, que lo que he entendido es que la situación es desesperada». La frase no era suya; pertenecía al parecer a un almirante inglés del XIX que, viendo como su flota se encharcaba en el fondo del mar, se acogió a la susodicha sentencia más que nada para acreditar que un británico echa mano de su peculiar sentido del humor incluso en las situaciones límite. 
El episodio parece pintiparado para un país como España que sufre, en su proporción, los peores datos de fallecidos en el mundo por el maldito virus, y tiene también al mayor número de sanitarios contagiados. Esto en una nación que, en opinión de muchos expertos en atención clínica, se está olvidando de la destrucción letal de la COVID- 19, y ya se ocupa, sobre todo, de qué va a ser de su economía al día siguiente de que nos dejen abandonar normalmente nuestras casas. Estos expertos no hablan a humo de pajas; el miércoles pasado, al término del Pleno en que se aprobó la cuarta prórroga del asfixiante estado de alarma que padecemos, un diputado salmantino del PP, José Antonio Bermúdez de Castro, me hacía recaer en la siguiente evidencia: «¿Te ha has dado cuenta de lo poco que se ha hablado de la tragedia mortal que nos traído la pandemia?».
Y es una tragedia que ni ha terminado, ni parece que vaya a terminar en poco tiempo. Y, por cierto: quien crea que la prórroga cuarta finalizará el próximo 24 de mayo, está errado. Sánchez, que tantas dificultades tiene para separar la verdad del embeleco, tiene decidido -escribo decidido- ampliar estos plazos hasta un punto que muy bien podría coincidir con la última semana de junio. Se encontrará con obstáculos, alguno que no esperaba. El Tribunal Constitucional ha empezado a estudiar, porque el recurso de amparo de Vox ha sido admitido a trámite, no ya una, sino todas las prórrogas habidas hasta el momento. El Constitucional, hay que recordarlo, no es un fielato cualquiera; si se aviene a analizar una ley es porque sus letrados encuentran elementos suficientes de duda. En todo caso es más importante la tragedia que la política que se hace de la tragedia. Y de las medias verdades que se hacen con ella. Fíjense: ahora mismo ya se sabe que los números oficiales que está ofreciendo el Gobierno de la nación son menguados o, literalmente, distan de la verdad. 
Un ejemplo clamoroso: la misma institución que ampara los datos diarios del doctor Simón, tiene sobre su mesa un estudio de expertos que se contrapone a la cifra oficial. Este estudio, que se denomina Exceso de mortalidad por el coronavirus 19 y está realizado por tres técnicos madrileños que han trabajado con la contabilidad del sistema de monitorización gestionado por el Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III, concluye con la siguiente apreciación: «Se puede estimar que el día 29 de abril (día en que se cerró el estudio) el exceso de mortalidad se puede calcular en 42.803 fallecidos». En esa fecha, el doctor Simón, nada atribulado a la sazón, anunciaba que en España habían fallecido hasta el día anterior 24.275 personas, es decir, 18.528 menos. No se entiende demasiado bien que el instituto que parece conocer la realidad estadística, esté amparando otros datos diferentes.
Quizá no se ha perdido el miedo al maldito virus, pero la población sí parece que, en contra de los que afirman los políticos del poder, sí le ha dejado de tener respeto. Un intensivista, que se ha dejado la piel salvando vidas desde hace dos meses en condiciones de perentoriedad insultantes, reprochaba esta semana al cronista que nosotros, los periodistas, transmitamos ahora mismo más desasosiego por el euro (mejor dicho, por la falta de él) que por la COVID-19. Y tenía razón, pero es que el público en general, el ciudadano de infantería, está despistado. Tanto es visible el dilema entre la mentira y la certeza, que masivamente, los españoles no saben a qué atenerse. Y los jóvenes menos; estos mismos días en una cadena de radio nacional, se preguntaba a varios muchachos de no más de 20 años qué opinaban de la gestión política de la pandemia; pues bien, una estudiante denunciaba su juicio con esta denuncia: «Nosotros no escuchamos otros verbos que confinar, vigilar, perseguir, mentir, rectificar, amenazar, pelear y atemorizar, ¿qué pretenden que pensemos en consecuencia?».


Una sanidad de Franco

Los gobernantes que auscultan, o debieran hacerlo, el parecer de los jóvenes que ahora mismo tienen el porvenir más que comprometido, no están dispuestos a desproveerse de estos verbos. No está el horno para bollos. Ellos se mesan los cabellos al comprobar que la mortal crisis sanitaria que nos acosa tiene menos peso en la inquietud general que la económica que ya hemos empezado a soportar. En los ambientes sanitarios más clásicos digamos, el temor es que este tremendo horror se aproveche para cambar de raíz un sistema, un modelo sanitario, que ha resistido como ningún otro en Europa y que, en contra de lo que asegura un muy mal informado y precipitado Pachi López, no se debe a la eficacia socialdemócrata de su partido, el socialista, sino a la decisión de un ministro inicial de Franco: Girón de Velasco. Pese a todo, Pachi López ha sido recompensado con la Presidencia de la Comisión para la Transición-al-no-sé-que que Inés Arrimadas reclamó para su partido en la negociación que le llevó al Sí en la cuarta prórroga. El PSOE no entiende de favores, ya se ve.
 La historia es así y no hay que cambiarla por más que no nos gusten sus protagonistas. Los sanitarios más independientes recelan de que, de tapadillo, lo que se esté haciendo es contraponer la sanidad pública con la privada para, con toda seguridad, volar esta última. Curiosamente, el gerente de un gran hospital público madrileño coincidía también en esta pasada semana con el presidente de una red hospitalaria concertada, en que, sin la colaboración y complemento de las dos formas de entender la aplicación médica, el ataque y la victoria, aún pendiente, contra el maldito virus, no hubiera sido posible. Una apreciación que hay que tener en cuenta. Hay gente que tiene la impresión, además, de que el combate contra la pandemia y el encare del drama económico que profetiza la ruina, se debate y se decide de madrugada, con luz tan artificial como los pactos que luego se firman. Ciudadanos ha logrado solo una promesa de que «nos veremos semanalmente», pero el PNV, siempre más listo, se ha llevado a Vitoria un nuevo logro a favor de   la nueva independencia vasca acordada entre los peneuvistas y un Gobierno que solo tiene la urgencia de aprobar lo que sea por los pelos y al coste que sea. La situación no es desesperada y grave al mismo tiempo, pero es una tragedia. Una histórica calamidad, que nadie nos engañe, no vaya a ser que nos suceda como a aquel humorista francés, Jean Louis Ferain, que se estaba yendo a chorros al otro barrio mientras su médico, caritativo, le consolaba diciendo que no estaba mal del todo. El moribundo levantó la cabeza en su postrer hálito de vida y musitó: «Lo comprendo, doctor, muero sano». Pues eso.