El Covid-19 desde la clausura

M.M.G.
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Alrededor de 230 religiosas de los 15 conventos de vida contemplativa con los que cuenta Ávila y su provincia viven con preocupación y pegadas a la actualidad la crisis que asola a nuestro país

El Covid-19 desde la clausura

Podría pensarse que viven ajenas a la crisis del coronavirus. Que ellas, dado su situación de clausura y su falta de contacto físico con el mundo exterior, podrían abstraerse de lo que ocurre fuera de los muros de sus (en la mayoría de los casos) centenarios hogares. Pero nada más lejos de realidad. Las alrededor de 230 religiosas de vida contemplativa que viven y rezan en los 15 conventos repartidos por nuestra provincia están, como todos, muy preocupadas por el desarrollo de los acontecimientos.
Preocupadas  y bien informadas. Su clausura no les impide estar al tanto de lo que ocurre en el exterior. De hecho, a alguno incluso le podría sorprender escucharlas hablar de crisis económica, ertes y reducciones de jornada. Pero lo hacen. Porque no están ajenas a una realidad que afecta a millones de personas. También a sus seres queridos.
Charlar con ellas por teléfono (lo hicimos, aclaramos, antes de conocer el ingreso del obispo) es una inyección de vida y optimismo. Algunas, incluso, bromean cuando les planteamos que ahora todos (y siempre salvando las distancias) vivimos en clausura como ellas. «Bueno, cuando la clausura es forzosa se vive con ansiedad, y ése no es nuestro caso», comienza así nuestra conversación telefónica con la Hermana María, del Convento de las Clarisas de Ávila.
«Nosotras, aunque estamos habituadas a no salir, compartimos el sentimiento de preocupación», reconoce. Y nos da la clave de lo que está siendo la vida en las clausuras durante estos días: «hemos intensificado la oración».
Las religiosas piden por el fin de la pandemia, por las personas que han fallecido, por sus familiares,  por aquellos que se encuentran enfermos y por las personas que trabajan en sus cuidados. «Y pedimos también para que el Gobierno acierte con las medidas que está tomando», plantea otro de los aspectos que no se olvidan en los conventos. Como tampoco se olvidan de las consecuencias económicas que traerá la crisis. «Esto va a tener para muchos trabajadores consecuencias muy graves, como ertes, reducciones de jornada, despidos... es una situación muy angustiosa». Así, la Hermana María demuestra que incluso en una clausura se puede conocer la realidad del siglo XXI.
En el caso de las Clarisas, además, el estado de alarma les afecta en la medida en que nadie acude al torno a comprar sus ricos dulces. «Tenemos una producción que no sabemos si va a salir», asegura, «pero que sigue a la venta a través del torno».
A las afueras de la ciudad se encuentra el Monasterio Cisterciense de Santa Ana. Allí, la Hermana María Luisa, natural de San Pedro del Arroyo, nos traslada la preocupación que les embarga aunque, eso sí, «sin perder la paz» que marca el día a día de su casa. «Nuestra vocación es la soledad, pero estamos sintiéndonos muy solidarias con todos los afectados, y estamos rezando muchísimo», nos dice vía telefónica y nos habla de la «pena y el interés» con el que están siguiendo todas las noticias relacionadas con la crisis.
Una crisis que, en su caso, les ha obligado a modificar su rutina, ya que han tenido que suspender la eucaristía diaria y sustituirla por la televisada.
No les ha ocurrido lo mismo a las religiosas del Monasterio de San José, en Ávila capital. Estas carmelitas, a cuyo frente está la Hermana María José, han podido mantener a misa aunque, eso sí, ahora la celebran a puerta cerrada.
Desde esta casa, como ocurre también en todas las clausuras, «vuelan las campanas a la hora del Ángelus» por la resolución de la crisis tal y como el obispo, José María Gil Tamayo pidió a templos y conventos.
«De forma muy especial estamos pidiendo para que la situación acabe cuanto antes», habla la Hermana María José, para lo que «lo importante es que esta situación tan difícil nos sirva como un momento de parón y de reflexión, así como para ahondar en la vida de familia. Vamos a intensificar nuestras relaciones familiares, que ahora era más necesario que nunca».
Desde el Convento de la Encarnación es su capellán, el Padre Arturo Díaz, el que ejerce de portavoz de las religiosas. «Ellas están haciendo oraciones especiales en la liturgia de las horas», nos dice el sacerdote, que celebra misa a diario a puerta cerrada con ellas. «Y es muy extraño, porque siempre nos acompañan muchos fieles», lamenta.
Es el Padre Arturo el que menciona otra de las circunstancias que afectan a  las religiosas directamente. Y es que esta cuarentena está coincidiendo en el tiempo con la celebración de la Cuaresma. «El tiempo de Cuaresma es tiempo de sacrificio y oración, y ellas lo están encauzando a ofrecer sus sacrificios por esa intención», asegura.
Nuestras conversaciones telefónicas nos llevan también a Arévalo, donde se encientra la Abadía Cisterciense de Santa María la Real. Hablamos con su superiora, la Madre Esther Muñoz que nos recuerda que su misión dentro de la Iglesia es rezar. Y eso hacen a todas horas, en una época en la que, considera, «hemos pasado de un momento en el que la gente rechazaba ser cristiana a abrazarnos a los que viven en Cristo».
«Nosotras seguimos las noticias y estamos con todos. Yofrecemos nuestra soledad, aunque no estamos solas en realidad, sino unidas a todos», continúa su reflexión la Madre, que apunta otros dos de los motivos de sus rezos: aquellos que trabajan por encontrar un remedio a la enfermedad y aquellos que tienen niños pequeños en casa y no pueden salir con ellos.