El coronavirus en primera persona

M.M.G.
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Dos enfermeras del Hospital de Nuestra Señora de Sonsoles, un sacerdote, una madre de familia y el hijo de un mayor aislado en una residencia nos cuentan cómo se vive cuando estás afectado por el COVID-19 y te conviertes en el rostro tras las cifras

Hospital Nuestra Señora de Sonsoles durante el coronavirus. - Foto: Isabel García

En estos días en los que estamos sobreexpuestos a noticias cargadas de datos de personas afectadas por el COVID-19, ingresadas o recuperadas se puede caer en el riesgo de olvidar que detrás de cada una de esas cifras se esconden personas. Rostros que aunque no acompañen en forma de fotografía estas líneas protagonizan historias que hablan de  incertidumbre, preocupación, esperanza y tristeza a partes iguales. Historias que han querido compartir con los lectores de Diario de Ávila y que nosotros les trasladamos en este artículo.
Como la de Sara, una enfermera del Hospital de Nuestra Señora de Sonsoles y que se encuentra entre los más de 70 profesionales sanitarios de Ávila que han dado positivos en el test del COVID-19.
Sara ejerce su labor en la plata séptima del hospital abulense, una de las más críticas en lo que a enfermedades infecciosas se refiere. En realidad lo correcto sería decir que ejercía su labor en la séptima, porque ahora se encuentra aislada en su domicilio.
Nos cuenta Sara que comenzó con síntomas la semana pasada. Unas décimas de fiebre le hicieron sospechar, «pero con el estrés y como al día siguiente no tuve fiebre lo dejé estar». Pero un día más tarde, Sara perdió de golpe los sentidos del gusto y del olfato. Y el domingo pasado su marido y uno de sus cuatro hijos amanecieron también con fiebre. «El lunes (por el día 23) me hicieron la prueba y di positivo», cuenta Sara, a la que por ser personal sanitario sí que se le ha realizado ese análisis, no así al resto de su familia.
«En su caso hemos llamado al centro de salud», apunta, aunque tiene claro que también están contagiados. «Los niños están con tos, lo están pasando también», habla avalada por sus conocimientos sanitarios.
Sobre dónde, cuándo y cómo se ha podido contagiar Sara prefiere no hacer muchas conjeturas. Todo apunta a que ha sido en el hospital, ya que está en primera línea. Y es consciente de que en las últimas semanas han estado atendiendo a  personas afectadas pero no diagnosticadas. Y eso, además, sin la mejor protección posible. 
En este mismo caso se encuentra María, otra enfermera del hospital abulense. «La verdad es que me encuentro bien, mi sintomatología es leve», nos tranquiliza por teléfono y nos relata su historia. Ella comenzó la semana pasada con cefaleas y dolor de cuello pero lo achacó a no salir a la calle y a la tensión acumulada por el trabajo. «Pero el fin de semana perdí por completo el sentido del olfato», coincide con Sara en uno de los síntomas más particulares causados por el virus. 
Fue entonces cuando llamó al hospital y le realizaron la prueba. Resultado: positivo. «Pero yo no he tenido fiebre, ni tos o diarrea», plantea la manera en la que el virus le está afectando a ella.
Pero eso no quiere decir que deba relajarse. Lejos de eso, María extrema las medidas de aislamiento y de higiene para no contagiar ni a su marido ni a su pequeña hija. «Estoy aislada en una habitación, con un baño solo para mí, mi ropa se lava a parte y a 60 grados...», relata algunos de los cambios que se han visto obligados a introducir en sus rutinas domésticas.
«Si me ha contagiado un paciente, una compañera o mi misma hija, que hace unos días estuvo con fiebre y tos, es algo que no sabremos», reflexiona sobre la posible vía de contagio en su caso.
Lo que sí sabe es que el poder de transmisión del virus es «brutal» y «súper rápido».
Hablamos también con un joven sacerdote abulense afectado por la enfermedad. Prefiere no desvelar su identidad, llamémosle Jesús. Pero sí que ha querido compartir su experiencia para, sobre todo, mandar un mensaje de ánimo y esperanza a todos los afectados y para agradecer «de todo corazón a las personas que me cuidaron en el hospital. Lo hicieron con total dedicación y entrega, aportando además siempre una sonrisa. Es un honor tener profesionales sanitarios de tal calidad profesional y humana».
Nos cuenta el sacerdote que en su caso los síntomas comenzaron el miércoles 11 de marzo.Fiebre (38 grados) y tos fueron sus primeras sensaciones.
«Al principio me acompañaron telefónicamente. A los 11 días de aislamiento y tratamiento con paracetamol, tuve una crisis respiratorias. Subí a urgencias y allí decidieron ingresarme», recuerda.
«El punto de inflexión fue el decimosegundo día desde que comencé los síntomas, que fue el segundo de mi hospitalización», comparte con nosotros su historia médica. Hasta entonces iba a peor, tosía mucho, se mantenía la fiebre... Pero desde ese momento, comenzó la mejoría», expone.
Él, como sacerdote, vive esta experiencia de una manera muy espiritual. «Nunca estamos solos. Dios siempre nos acompaña. En estos días estoy sintiendo especialmente su presencia a mi lado, en cada momento. Para mí está siendo fundamental intensificar el diálogo con el Señor», comparte con nuestros lectores. « Y como decía la Santa, me parece que está siempre a mi lado Jesucristo. También la compañía de los Santos, especialmente de María y San José. No me faltan llamadas y mensajes de muchos amigos», abunda. Y considera, además, que «nada sucede sin razón. Preguntemos al Señor, con humildad y confianza, qué podemos aprender de esta tragedia».
No muy lejos de este sacerdote vive Belén, una madre de familia que afronta la enfermedad de otra manera. Para empezar, porque ella, al no ser personal sanitario o ejerciente de una de esas profesiones catalogadas de las de ‘en primera línea’ no tiene un diagnóstico oficial. En su caso, ese diagnóstico llegó vía telefónica y después de muchas intentonas, porque le costó mucho que la atendieran.
«Me dijeron que me observara y que estuviera aislada», recuerda de una llamada que tuvo lugar hace ahora más de diez días y que es, de momento, su único contacto oficial con el estamento médico. Al no encontrarse grave a Belén no se le ha hecho análisis alguno, así que afrontó de esta manera sus síntomas. «Fueron muy repentinos», recuerda. Mucha fiebre, mucho dolor de cabeza, de garganta, escalofríos, mucho dolor muscular... «Mucho más intenso de lo que podría ser una gripe», pone como ejemplo.
Belén ha perdio algo el gusto, pero no de manera tan acusada como Sara o María.
Nos cuenta que ya se  encuentra mucho mejor y va descontando días para volver a retomar su rutina en casa con sus dos hijos pequeños.
Y no queremos despedirnos sin hablar de otros rostros de esta crisis: los de los mayores afectados y los de sus familiares. En este sentido hablamos con Miguel, cuyo padre, José, se encuentra en la Casa de la Misericordia, aislado al haber presentado síntomas. «Nos llamaron ayer (por el miércoles) para informarnos», comparte con nosotros Miguel, que sólo tiene buenas palabras para la gestión que se está realizando en la residencia a pesar de que, asegura, «la situación es catastrófica». Sabe que a su padre no le van a llevar al hospital.En estos casos, se recomienda mantener al mayor aislado. Y eso es lo que se está haciendo en la Casa de la Misericordia donde, por cierto, también hay casos de trabajadores afectados y donde se lucha cada día para hacer más llevadera la situación a todos sus residentes.