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Álvaro Mateos

El Valtravieso

Álvaro Mateos


Más papistas que Francisco

13/12/2021

Hace cuatro días, en un viaje de trabajo por tierras americanas, me impresionaron los murales sencillos y los grafitis del papa Francisco en los barrios de Buenos Aires, que se daban la mano con los de Maradona, iconos sinceros de admiración. Sin ir más lejos, apenas a unos metros de un entorno bien urbanizado con torres de oficinas y lujosos hoteles, se alza una invasión de chabolas que rodea una de las vías de circunvalación y protagoniza la historia del famoso Elefante Blanco, la Ciudad Oculta de Ricardo Darín. Unos suburbios que, en su etapa de arzobispo de la capital argentina, frecuentó Bergoglio, consciente de estar junto a quienes le necesitaban. 
La opción preferencial, que no siempre se ha mostrado a las claras desde la doctrina social de la Iglesia, es la que lleva a algunos pobres ignorantes a encasillar al Papa en una u otra ideología, incluso situándole en las antípodas del cristianismo. De ahí, que iluminados que en otro tiempo bien se acercaron a la Conferencia Episcopal, siendo sus principales líderes de opinión en la cadena COPE, ahora se dediquen a insultar al santo padre o a los obispos; es cierto que algunos, especialmente en su actitud nacionalista, fomentando la división entre fieles, y no siempre claros en la defensa de la vida frente al terrorismo bien lo tenían merecido. 
A quienes hagan esto, les invitaría a detenerse en la instantánea que refleja la cara que se le quedó a Francisco al recibir un presente de dudoso gusto y oportunidad de manos de Evo Morales, la imagen del Crucificado, eterna liberación, sobre el símbolo de la hoz y el martillo, icono de la opresión y esclavismo que sigue destrozando proyectos de vida por todo el mundo; ideal de dictaduras que financian partidos bisagra de origen morado o tapaderas de supuestas minas áureas de expresidentes. 
En los últimos treinta años, hemos visto esa tendencia a ubicar a los pontífices en una u otra postura política, como se comprobó en los modelos de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. Tal vez, víctimas de oportunismos de Netflix o teorías extrañas, olvidamos que los tres defendieron la vida desde su inicio hasta su última expresión, alzaron la voz contra las guerras, el terrorismo y las dictaduras de todo signo, derribaron muros y sufrieron en sus propias carnes los muchos pecados de una Iglesia ambiciosa que no siempre ha estado a la altura.   
Clamar ahora y antes contra Francisco me parece una crítica barata, infundada y egoísta, ignorante de lo que representa el Papa. Es evidente que hay determinadas políticas que intentan acogerse a sagrado, con una vicepresidencia que "gbien vale una misa"h, seguidores de la imagen de falsedad de un ex presidente de Castilla-La Mancha aparentemente amable o políticos de doble cara, ante los cuales debiera estar atenta la jerarquía. 
Es cierto que Cristo era acusado por los fariseos de rodearse de cobradores de impuestos, prostitutas y gente de mal vivir. Indudablemente, la Iglesia ha de estar ahí: cerca de las necesidades sociales y sin dejarse utilizar por quienes quieren blanquear su imagen a su lado. Francisco alerta en su última encíclica contra el inmediatismo, las políticas públicas vinculadas al rédito electoral y al populismo, y no se va a dejar utilizar por quienes lo pretendan; tampoco va a dirigir sus visitas pastorales a quienes quieran servirse de su imagen, y hará bien. 
El Evangelio deja clara la distinción entre los asuntos del César y los divinos y, tanto la política como la Iglesia se suelen ocupar de mezclarlos. Si ambos caminan en esa dirección, dejándose de privilegios y palios, primeros puestos, bulas y exenciones, seguro que nos ayudarán a los pobres fieles de poca fe a estar más cerca de las realidades ante las que la Iglesia ha de estar presente.