Investigación al ralentí

Carla Aliño (EFE)
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La actual pandemia del Covid-19 está causando que los laboratorios se centren en esta enfermedad, dejando de lado la investigación en otros campos como el cáncer, la EPOC o la enfermedad de Huntington

Varias empleadas de un laboratorio trabajan en una vacuna. - Foto: THILO SCHMUELGEN

Entre los daños colaterales que está provocando el coronavirus está el de la investigación médica, una actividad ya de por sí precaria que estos días ve cómo se paralizan o ralentizan aquellos proyectos que no tienen relación directa con esta pandemia. Así lo reconocen varios investigadores, entre ellos el catedrático de Farmacología de la Universitat de Valencia (UV) y farmacólogo clínico del Hospital La Fe de Valencia, Salvador Aliño, quien tiene en marcha varios proyectos, como la búsqueda de una vacuna contra el cáncer o de terapia génica en trasplantes hepáticos.
Todos ellos se han quedado prácticamente aparcados, pues los laboratorios, tanto de la Universidad como del Hospital, están cerrados salvo para tareas de mantenimiento, aunque Aliño y su equipo aprovechan el confinamiento para «procesar datos, buscar nuevos diseños o replantear algunos problemas».
«Nosotros no estamos parados, pero las investigaciones de laboratorio sí», señala este farmacólogo, que alerta de la precaria situación en que se halla la investigación médica, y se muestra poco optimista de que esta pandemia ayude a visualizar la importancia de esta actividad.
Aliño, quien en noviembre cumplirá 70 años y sigue en activo, no cree que vaya a perder las investigaciones que tiene en marcha, ya que pudo dejarlas en suspenso sin perder prácticamente ningún experimento, pero advierte de que recuperar el tiempo perdido en los laboratorios será «muy difícil».
Lo mismo le ocurre a Rafael Vázquez, investigador del Instituto de Investigación Sanitaria de La Fe, que tiene en marcha varios proyectos relacionados con la enfermedad de Huntington, que están en estos momentos «al ralentí», afirma.
Los experimentos de laboratorio sí están parados y él solo se acerca a este espacio «en momentos puntuales» para mantener la cepas de gusanos con las que trabajan. El resto del tiempo, Vázquez y su equipo tratan de avanzar otras tareas, como la redacción de tesis y artículos o una revisión bibliográfica que les ha pedido una revista.
«Tengo miedo por mí, por mis proyectos y por los pacientes de la enfermedad de Huntington», asegura este investigador, quien cree que los proyectos «corren mucho peligro, no solo por el coronavirus» sino también por la situación en que está la actividad investigadora.
Algo diferente es la situación de Antonio Galiana, investigador de la Fundación para el Fomento de la Investigación Sanitaria y Biomédica (Fisabio) en el Hospital General Universitario de Elche, cuya labor forma parte de los «servicios esenciales» decretados por el Gobierno y eso le permite acceder a los laboratorios del hospital. Esto le está permitiendo avanzar en algunos de sus proyectos e incluso le cunde más el trabajo, al haber menos interrupciones en los laboratorios, debido a que algunos de sus compañeros han tenido que dejar en suspenso proyectos, según reconoce. Otros, sin embargo, sí se han visto afectados por esta pandemia, como uno relacionado con la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), que implicaba la recogida de muestras de pacientes, algo que se ha suspendido con la llegada del coronavirus.

 

Profesionalización

Los tres investigadores defienden la importancia que tiene la actividad investigadora y lamentan la precariedad a la que se ven sometidos aquellos que quieren dedicarse a ella. 
Rafael Vázquez forma parte de la élite de la biomedicina en España y cuenta con un contrato Miguel Servet del Instituto de Salud Carlos III, pero su situación laboral es completamente «precaria», pues este se le termina a finales de mayo. Después de ocho años de trabajo en La Fe, «produciendo mucho» y trayendo «mucho dinero al sistema valenciano de salud», este investigador no sabe qué pasará con su carrera y qué será de su futuro.
Salvador Aliño, por su parte, critica que con la investigación existe la sensación de que «es algo que hace la gente porque le gusta y disfruta», por lo que los investigadores siempre dependen de proyectos o becas de instituciones, que deben ir revalidando cada cierto tiempo. A su juicio, la única manera de que la investigación sea reconocida como una actividad imprescindible y necesaria en la propia sociedad es que haya «una carrera profesional», al igual que tiene el resto de sanitarios.
«Hay gente que llega a los 50 años y aún no se ha podido estabilizar», advierte, y asegura que esto «no se resolverá si no se entiende que la investigación tiene que estar profesionalizada», recalca.