«La sensación al entrar en Chernóbil fue aterradora»

Óscar Fraile
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Los cuatro vallisoletanos de la empresa Tinlohi que trabajaron en la construcción del segundo sarcófago que selló el reactor cuatro de la central nuclear.

Cuatro vallisoletanos de la empresa Tinlohi trabajaron en la construcción del segundo sarcófago que selló el reactor cuatro de la central nuclear. Pese a la incertidumbre inicial, la experiencia fue «enriquecedora» para ellos.

El 25 de abril de 2016 cuatro vallisoletanos, trabajadores de la empresa de grúas Tinlohi, aterrizaron en Slavutich para incorporarse unos días después a las labores de construcción del segundo sarcófago que cerraría el reactor cuatro de la central nuclear de Chernóbil. Esta ciudad, situada en el norte de Ucrania, se construyó justo después del accidente nuclear para alojar allí a los afectados, procedentes, sobre todo, de Prípiat.
Aunque los vallisoletanos iban a alojarse en un hotel propiedad de Novarka, el consorcio francés que les había contratado, al final no fue posible porque no había ninguna cama libre en la ciudad, toda vez que al día siguiente se conmemoraba el 30 aniversario de la tragedia. Así, los cuatro acabaron en un antiguo colegio ruso, sin ninguna de las comodidades prometidas y compartiendo estancia con otras muchas personas. «La sensación era terrible», reconoce Florencio Alonso, uno de estos trabajadores, que estuvo acompañado por Javier Fernández, Iván del Tío y Diego López.
Los primeros días los dedicaron a recibir formación y a hacerse infinidad de pruebas médicas en el hospital central de Slavutich. No fue hasta la cuarta jornada cuando les trasladaron en tren al corazón de la central para iniciar el trabajo para el que habían ido: colaborar en la construcción de un sarcófago sobre el reactor número cuatro para sellar los residuos nucleares. 
Alonso no olvidará fácilmente la sensación que tuvo al llegar a la central. «Subimos por unas escaleras con un plástico amarillo que sale en la serie, y todo era aterrador porque no sabíamos qué nos íbamos a encontrar», recuerda. El escenario avivaba el temor, toda vez que se trataba de unas instalaciones de 1976 que casi no se habían tocado desde entonces. «Accedimos, después de estrictas medidas de seguridad, al vestuario ‘limpio’, y desde ahí llegabas, a través de un pasillo, en ropa interior y con unas chanclas que te daban, al vestuario sucio», señala. Allí se ponían la ropa de trabajo antes de ir a la ‘zona cero’, donde trabajaban unas 4.000 personas día y noche.
Controles de salud

Todos llevaban colgado del cuello un dosímetro que mostraba en tiempo real el nivel de radiación al que estaban sometidos. «Por órdenes de Novarka, nosotros solo podíamos estar expuestos a cien milisieverts (unidad que mide la dosis de radiación absorbida por la materia viva) al día», asegura. Cuando el nivel llegaba a 85, el dosímetro empezaba a pitar, con un sonido que se hacía más intenso al llegar a 90 y continuo a los 95. Si llegaba a cien, tenían orden de dirigirse a su coordinador de seguridad para que les subiese a un autobús y les sacase de la central. Y ese escenario se presentó en varias ocasiones. «Los valores cambiaban en función de la zona en la que estuvieras; por ejemplo, cuando estabas más al sur, a unos cien metros del reactor que explotó, subían, y también cuando estabas a mayor altura», asegura Alonso. También tomaron otras medidas de seguridad. Por ejemplo, firmaron un contrato antes de ir en virtud del cual el consorcio francés les tenía que poner en 24 horas en España en el caso de que se produjeses cualquier imprevisto grave, fuera de la naturaleza que fuera.
Florencio Alonso fue el trabajador que más tiempo estuvo allí: unos siete meses. En todo ese tiempo no tuvo ningún problema de salud, ni los ha tenido después. En Ucrania se sometía a controles cada 15 días para analizar la radiación en sus órganos. «En siete meses acumulé 2,5 sieverts, y otros compañeros llegaron a 3,5, pero no es una cantidad que dé miedo porque la Organización Mundial de la Salud dice que puedes llegar hasta 18.
Alimentación equilibrada

Bien es cierto que, por ejemplo, la alimentación que les daban durante su estancia allí era «muy equilibrada». «No querían que engordáramos y nos daban muchas ensaladas y un zumo que hacían los ucranianos que era una cocción de frutas que decían que era muy bueno», señala. Este nivel de control contrastaba con el de la población local que vivía más próxima a la central, mucho menos preocupada por lo que les pudiera pasar. Alonso tenía un compañero ucraniano que hablaba un poco de castellano, porque estuvo en España de pequeño en un programa de acogida estival para niños afectados por Chernóbil. «Él me decía que no tenían miedo a la radioactividad porque esta población, que es muy pobre, no teme a lo que no se ve», asevera.
Con la perspectiva que da el tiempo, Alonso señala que la experiencia fue muy buena para todos, en lo personal y lo profesional.
La serie de HBO ha devuelto a la actualidad una tragedia que enmudeció al mundo hace 33 años. Un trabajo audiovisual que denuncia el oscurantismo con el que se gestionó todo el proceso posterior a la explosión, algo que pudieron comprobar en su propia piel estos trabajadores: «Todos los días se analizaban las máquinas, pero nos decían que, si había algún problema, se lo comunicáramos a los técnicos, pero que en ningún caso lo apuntáramos en los libros... tienen en los genes eso de ocultar las cosas».