El mayor desafío de la democracia

Agencias
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El coronavirus marcará la Presidencia de un Sánchez que ha pasado de la negación de la pandemia a la defensa a ultranza de su gestión

El mayor desafío de la democracia - Foto: Sergio Perez

Dos meses han pasado desde el primer caso de coronavirus en España y mucho más lejos parecen quedar los mensajes de tranquilidad que Pedro Sánchez enviaba entonces. La propagación del virus ha desbordado cualquier previsión y ha colocado al presidente al frente de la mayor crisis de la democracia. Dos meses muy diferentes entre sí también, con un febrero con cifras aún bajas marcado por la confianza del Gobierno en que el COVID-19 no azotaría sobremanera a España y un marzo negro, con una propagación imposible de contener.
El 1 de febrero, el líder del Ejecutivo asiste en Beja (Portugal) a la reunión de los países «amigos de la cohesión» que defienden estos fondos en el presupuesto europeo. Pocas horas antes, la noche del 31 de enero, se acababa de conocer el primer infectado en España, un turista alemán en la isla de La Gomera. «Preocupar preocupa, pero tenemos un sistema nacional de salud fantástico», apuntó entonces el socialista, mientras pedía «confianza» en los expertos.
Aquella frase resume la tónica del Gobierno durante casi todo ese mes. Sánchez vuelve a dar un mensaje parecido el 21 de febrero tras conocerse el primer muerto en Italia y cuatro días después, cuando preside la primera reunión de la Comisión Interministerial sobre el COVID-19, insiste en transmitir tranquilidad. El último día del mes y con medio centenar de casos registrados, Sanidad descartaba tomar medidas adicionales para evitar la propagación.


El marzo más negro   

El 1 de marzo, el presidente interviene en Vitoria en un mitin del PSE -todavía no se habían anulado las elecciones vascas y gallegas del 5 de abril-, y reitera su confianza en el sistema público de salud. Pero el mas empieza mal. Los casos aumentan a mayor velocidad y el día 3 se conoció el primer fallecido en España, un paciente que había muerto muchos días atrás, el 13 de febrero, en Valencia. Comienzan a saltar las alarmas.
Pese a todo, el domingo 8 se celebran en toda España las concentraciones y manifestaciones por el Día de la Mujer, con miles de asistentes. El mantenimiento de aquella cita - a la que el Ejecutivo animó a asistir- ha sido uno de los principales frentes de ataque de la oposición tras estallar la pandemia.
Un día después empiezan a conocerse datos más preocupantes. Los casos se han multiplicado, superan el millar y hay 28 fallecidos.  Sánchez vuelve a aparecer en escena, y anuncia un plan de choque con medidas para hacer frente a los efectos económicos de la epidemia.
A partir de ese momento, todo se precipita. El martes 10, el líder socialista comparece de forma extraordinaria y promete hacer «lo que haga falta» para superar la crisis. Tendrían que pasar aún cuatro días para que se decretase el estado de alarma. 
división interna. Precisamente, la aprobación de esa situación excepcional, recogida en la Constitución, saca a la luz las fuertes fricciones en la coalición de Gobierno sobre las medidas económicas que hay que tomar. Divisiones internas que no han cesado desde entonces con más o menos ruido, con los ministros de Podemos, con Pablo Iglesias a la cabeza, reclamando y presumiendo de impulsar las medidas más valientes y los socialistas molestos, por entender que no es este, precisamente, el momento de atizar una crisis interna. Se llegó a rumorear, incluso, la dimensión de la vicepresidenta económica, Nadia Calviño, que fue quien con más tenacidad, aseguran, se enfrentó a sos compañeros morados.
Más allá de esa división interna, desde su comparecencia extraordinaria en La Moncloa la noche del 10 de marzo,  Sánchez ha tenido nueve intervenciones públicas -siete ante los medios y dos en el Congreso- en las que ha defendido su gestión, las medidas adoptadas y el momento en que se decidió tomarlas. Una estrategia política y de comunicación con la que ha querido dejar claro que está al frente de esta crisis. Para bien o para mal. Siempre con semblante muy serio, a veces con aspecto cansado, el líder socialista ha defendido que todas y cada una de las medidas tomadas por su Gobierno responden a la recomendación científica, de los expertos epidemiológicos y sanitarios.


Sin autocrítica

Unas intervenciones en las que no ha dejado espacio a la autocrítica. El 18 de marzo, cuando defendió el estado de alarma en el Congreso admitía que tras la crisis habrá que revisar el sistema sanitario para corregir sus fallos. Pero insistía, entonces y después, en defender su gestión, subrayaba que la pandemia es global y que ha sobrepasado a todos los países, no solo a España. Únicamente un miembro del Gabinete, la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, ha pedido disculpas durante estas semanas. En su caso fue por la «tardanza» en publicar el BOE en el que se recogía la paralización de todas las actividades no esenciales.
Y aunque la maquinaria del Gobierno no ha parado de tomar medidas -decretos, órdenes ministeriales, compras (incluidas las fallidas) de material y despliegue de las fuerzas y cuerpos de seguridad- a mucha mayor velocidad ha ido la propagación del virus, con más de 100.000 contagiados detectados y más de 10.000 muertos. Por ello, es difícil imaginar que el debate político vuelva a las cuestiones que antes lo copaban. El balance de esta crisis, la rendición de cuentas o la petición de responsabilidades centrarán la discusión más inmediata. Así, Y el coronavirus no será solo lo que defina esta legislatura. Definirá toda la Presidencia de Pedro Sánchez.