El pésimo estado de las esculturas de la Catedral hace peligrar su reubicación

E.Rodríguez (Ical)
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Estado en que se encuentra la fachada occidental de la Catedral de Ávila. - Foto: ICAL

El estudio petrológico, constructivo y de consolidación preventiva de la fachada occidental del templo lo muestra y de ser así podrían ser sustituidas por réplicas y reservar las originales

Las siete esculturas que se han apeado de la fachada occidental de la Catedral de Ávila esperan en la capilla de la Cueva como quien espera en una sala de urgencias un diagnóstico médico, a sabiendas de que su estado es crítico y de que eso reduce al mínimo las opciones para poner remedio. Estas figuras han estado expuestas a la más absoluta intemperie desde siglo XVIII y en los últimos 150 años han sufrido una «degradación terrible», en palabras del director de la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, Ramón Álvarez.
«Su estado es crítico, de máxima fragilidad» precisa en declaraciones a Ical. Álvarez explica que el deterioro se ha producido además en un periodo de tiempo breve ya que entre la documentación fotográfica que se ha recabado se observan instantáneas que datan de 1853 en las que las piezas estaban en buen estado.
El director de la FPH establece tres causas para esta rápida degradación. La primera de ellas es que tanto el retablo como las esculturas que lo componen se han realizado en una piedra caliza con una elevada composición de yeso que las hace tremendamente vulnerables. El agua las disuelve, literalmente, tal y como puede observarse ya que aparecen desfiguradas, sobre todo las dos de los extremos.
Ramón Álvarez apunta también que la construcción de la fachada adolece de algunos «vicios» ya que fue realizada por un artista especializado en retablos de madera –Ceferino Enríquez de la Serna– que aplicó técnicas más propias de la carpintería que del tallado en piedra. «Esto se nota en fallos como el de las aristas que presenta la fachada y que se rompen fácilmente, además de dejar pasar la humedad», subraya.
La restauradora Elena Saúco añade que quien ideó la portada no incorporó ningún elemento de protección que pudiera salvaguardarla de las inclemencias meteorológicas. A los procesos naturales hay que sumar el mal estado de la terraza de la planta superior que evacua mucha agua que resbala por la fachada y agrava los daños.
Por todo ello, las posibilidades de actuación son más bien escasas. Entre ellas está la de restaurar y consolidar las esculturas originales, aunque como reconoce Ramón Álvarez «ni siquiera hay una base sólida sobre la que actuar». Un recurso podría ser el de «reinventar» las piezas, esto es, completarlas agregando las partes destruidas. El problema es que no es un criterio viable en restauración porque se caería en el peligro del «falso histórico», prohibido por la mayor parte de las convenciones de la Unesco, advierte el director de la Fundación.
También existe otra opción: dejarlas como están y no volver a colocarlas en la fachada ya que esto supondría su degradación definitiva, además del peligro de desprendimiento. En las esculturas se observan multitud de huecos y hasta partes sueltas que ya estuvieron a punto de caer. Si finalmente se decide no reincorporarlas, los huecos podrían suplirse con réplicas y dejar las piezas originales para su exposición museística.
No obstante, la actuación está en plena fase de estudio y el debate sigue abierto hasta que se redacte el proyecto definitivo que según las estimaciones de Ramón Álvarez se terminará a principios de 2013. Hasta entonces no se puede extraer ninguna conclusión, tan sólo el estado crítico de las figuras que hacen que los técnicos sean muy “pesimistas” sobre su recuperación.
Para esa decisión final, además de tener en cuenta el diagnóstico de restauradores, petrólogos e historiadores, se buscará el consenso con el Cabildo Catedralicio y será la Comisión de Patrimonio de la Junta de Castilla y León la que tenga la última palabra sobre esta actuación tan delicada. «En los quince años que llevamos de andadura en la Fundación, no hemos encontrado en una fachada elementos en un estado peor que estos», manifiesta Álvarez.

Intervención preventiva. El trabajo con las esculturas constituye la intervención preventiva y de urgencia que se enmarca en la restauración de la fachada y que se puso en marcha ante el alarmante deterioro de las figuras y otros elementos decorativos de la portada, que hacían evidente el riesgo de desprendimientos, como alertó el propio Cabildo, según puntualizó el director de la FPH.
La inspección que se llevó a cabo hace unos meses permitió comprobar que el estado era pésimo y su manipulación fue muy peligrosa. «Prácticamente te quedabas con la piedra en la mano», subraya Ramón Álvarez. De hecho, una de las piezas tenía su base totalmente desprendida. Todas las figuras estaban puestas a peso, algunas reforzadas con un poco de mortero en la parte de atrás, pero sin más sujeción.

Actuación. Además de la solución que se dé a las esculturas, la Fundación busca fórmulas para proteger la fachada del agua, principal causa de la degradación, sin olvidar que las palomas también provocan problemas. Se procederá a reparar la terraza superior y además se intentará articular un sistema que facilite el mantenimiento de la portada y todos sus elementos.
Por el momento se trabaja en el estudio petrológico con el objetivo de consolidar las partes que no se han podido apear donde existe un mayor peligro de desprendimientos. En principio, los andamios permanecerán hasta el 23 de agosto y después se mantendrá la malla protectora hasta que se determine la solución para las esculturas.
La Fundación del Patrimonio plantea también investigar las capas de enlucido del atrio y la cara interna de la fachada, original de Juan Guas, para comprender la evolución histórica de esta parte de la catedral y favorecer una contemplación mejor del interior de la fachada, del siglo XV.
Esta portada de Juan Guas se deteriora de tal manera que debe reformarse en el siglo XVIII. Así hoy, en la fachada occidental, entre los dos contrafuertes de granito el cuerpo central se divide en la portada del XVIII; el retablo superior, aún de Juan Guas, del XV; y la vidriera, incorporada en el siglo XX.