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José Ramón García Hernández

Una vez más

José Ramón García Hernández


Palabras anodinas

12/12/2021

A juicio de muchos parece que vivimos en una de esas épocas anodinas de la historia donde navegamos sin rumbo cierto entre una época de esplendores pasados y de unas incertidumbres futuras que vienen precedidas por muchos signos que nos resultan por difíciles de comprender y encuadrar, precisamente por eso, porque son nuevos, como portadores de la incertidumbre máxima que podría desequilibrar todo o dejar que todo se quede como esté.  Soy de los que sospecha que los signos se vuelven evidentes y que puede alumbrarse una nueva época para la humanidad en su conjunto y que además se presenta con todos los ingredientes necesarios para que así ocurra. Sin más dramatismo. Desde el cambio militar, al económico, al tecnológico o al de la pandemia. Otros podrán argumentar, tal vez con más razón y lucidez que yo, que no es eso donde estamos y tal vez así me convenzan y nos convenzan a todos.
Por eso palabras como las que se han pronunciado estas últimas semanas en relación a grandes temas, para mi, por pertenecer a una generación que no cree en las palabras anodinas, me entren unos escalofríos compatibles con mi ADN abulense. Cuando veo lo que se dice sobre Taiwan y la presión China, o cuando en la misma semana el Presidente Biden llama al Presidente Putin sobre Ucrania, se denuncia el movimiento de tropas, o las tensiones en la frontera entre Polonia y Bielorrusia pues no se ya si las palabras significan lo que quieren o a dónde apuntan. Una reunión de urgencia del G-7 en formato inglés en la que se hacen tres PCR cada día. Todo ello regado con un cambio tecnológico que no permite visualizar el futuro para los que creemos a pies juntillas que cuando amanece no es poco. No se me despisten porque ya me han escuchado que cambios históricos no son los que se dan en la Champions ni en las series de Neflix, son los que se operan en nuestro tiempo, mientras nosotros vivimos o intentamos vivir nuestras apacibles existencias, que eso tampoco es poco. 
En la genial película de Jose Luis Cuerda veíamos como con asombro, el amor y los problemas crecían de la tierra casi a la par, sin que nadie pudiera anticiparlos, y que cuando se les arrancaba demasiado pronto, sin el tiempo suficiente para madurar, quedaban para siempre cojos, enamorados pero cojos. Por eso creo que debemos dar tiempo al tiempo y mantenernos siempre alerta para no despistarnos que cuando aparece algo en el periódico ya es demasiado real como para dar marcha atrás. Eso ya es historia que tu hiciste. Eso ya ha pasado y entonces tenemos que ver dónde nos encontramos. Es como quien conoce un novio italiano en verano, le empieza a divertir la lengua, se va a Roma para ser guía de españoles, y al cabo de varios años acaba viviendo para siempre en el país hermano siguiendo las cuitas de Romina y Albano en busca de la felicidad. Y si le hubieran preguntado hace quince años si le gustaba el dúo probablemente ni supiera quienes eran y podría jurar que nunca viviría en Italia, con lo bien que se vive en España. Un verano puede operar más cambios en nuestras vidas de los que pensamos.
Por eso, y más en esta época en la que estamos, para mi las palabras se vuelven llenas de significado y no existen palabras pronunciadas con frialdad ni sin intención. Me sigue gustando mucho cuando la gente es amable con sus semejantes y detesto las faltas de respeto. Sigo siendo como Oscar Wilde y su célebre frase que es la que afirma que siempre desconfiaba de las conversaciones anodinas, porque «cuando me hablan del tiempo, siempre pienso que me quieren decir otra cosa».