Fernando el Católico no murió de lujuria

Javier Villahizán (SPC)
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Un exhaustivo estudio clínico desmonta la teoría de que la defunción del monarca el 23 de enero de 1516 estuviera relacionada con la ingesta de brebajes afrodisíacos y sostiene que fue debido a un fallo cardíaco

El soberano aragonés fue el artífice, junto a su primera esposa Isabel, del descubrimiento de América y de la creación de España.

Los mitos son ese tipo de leyendas extraordinarias que además de perdurar en el tiempo sirven de explicación a un acontecimiento asombroso y suelen estar protagonizados por una persona magnífica, llámese un rey, un dios -sobre todo en la Grecia clásica- o alguien poderoso. Eso es precisamente lo que le sucedió al rey Midas, que todo lo que tocaba se convertía en oro, al Cid Campeador, que ganó una batalla después de muerto, o incluso al mismísimo Fernando el Católico, que se creía, hasta ahora, que había muerto por la ingesta de potentes afrodisiacos para poder satisfacer a su joven esposa. Nada más lejos de la realidad.  
Tras la muerte de Isabel la Católica en 1504, probablemente por un cáncer de útero, su marido, Fernando (Sos, 1452-Madrigalejo, 1516), tardó apenas un año en contraer matrimonio en segundas nupcias con la francesa Germana de Foix, sobrina del Luis XII. Con 53 años, el soberano aragonés se desposó con esta adolescente, de tan solo 18, y se vio obligado, según recoge la literatura histórica, a recurrir a diversos brebajes para procurar tener descendencia con ella.
No hay que olvidar que el monarca aragonés está considerado como uno de los reyes más importantes de la Historia de España. Fue el artífice, junto a su esposa Isabel, de unificar los reinos de Castilla y Aragón y de sentar las bases del actual país. Además, durante su reinado se conquistó Granada, que supuso la unificación de España, y se descubrió América.
Pero la fábula y la leyenda se cruzaron en uno de los momentos más importantes de un ser humano: el instante de su muerte. Su fallecimiento se atribuyó en la época al empleo abusivo de brebajes afrodisíacos con el objeto de dejar encinta a su joven esposa y tener un heredero. Por eso, Fernando solía recurrir a pócimas a base  de testículos de toro y cantárida, un escarabajo verde y brillante que una vez muerto, seco y reducido a polvo posee un efecto vasodilatador muy parecido al que produce la viagra. 
Esta explicación, que la historiografía posterior no cuestionó a lo largo de los siglos, se ha mantenido hasta el presente. Ahora, cinco siglos después, un estudio apunta al fallo cardíaco como hipótesis «más plausible» del deterioro físico que acabó con la vida del monarca.
Detrás de esa investigación se encuentran el historiador Jaime Elipe y la médico Beatriz Villagrasa, que son los autores del estudio El fin de un mito: causas clínicas de la muerte de Fernando el Católico, que acaban de publicar en Studium, revista de Humanidades de la Universidad de Zaragoza.
Todos los datos e informaciones que han llegado hasta hoy sobre la salud de Fernando el Católico apuntan a un deterioro progresivo del anciano rey. 
Así, desde el 10 de marzo de 1513, el día en que cumplía 61 años, el monarca «nunca más volvió a sentirse en salud». Poco después tuvo un cuadro de vómitos, al que siguió en abril una «fiebre desconocida» por la que tuvo que tomar «una medicina y tuvo delirios». Así lo describe en su Epistolario el humanista lombardo Pedro Mártir de Anglería, miembro de la Corte desde 1487. 

 

El fin del mito

Tras más de tres años marcados por un deterioro físico y anímico, Fernando II moría el 23 de enero de 1516.
Según explica Elipe, «se sabía que había muerto por tomar un brebaje que le había arruinado la salud, pero nadie se había parado a ver si era cierto o no. Es bastante más jugoso que muriera de afrodisíacos. Nosotros hemos visto que no se sostiene. Es una invención, un mito, son anécdotas inventadas que se van transmitiendo».
Para trazar su cuadro clínico, los dos especialistas han analizado las cartas del citado humanista lombardo, que recoge hasta 20 noticias sobre el estado de salud de Fernando el Católico en los últimos tres años de su vida, desde problemas respiratorios por los que tenía «horror a vivir bajo techado» hasta molestias gástricas y un cuadro de disnea aguda la noche del 18 de julio de 1515, que casi le causa la muerte.
A partir de ahí, la información ofrecida por el Epistolario se «limita a reseñar su empeoramiento y la sensación de muerte inminente».
Con este desarrollo clínico, Villagrasa y Elipe abordan las hipótesis diagnósticas entre las que se descarta una muerte por abusos de afrodisíacos. En su estudio, señalan que no está demostrado que los testículos de toro que tomaba ocasionen tal deterioro en la salud.
Respecto a la cantárida indican que carece «de cualquier base empírica», la intoxicación no es muy frecuente y la mayor parte de sus efectos tóxicos «están relacionados con su propiedad vesicante, al producir ampollas en piel y mucosas».
Para la doctora Villagrasa, la hipótesis «más plausible» es que Fernando II muriera por un fallo cardíaco. Y explica que «la dificultad respiratoria es lo primero que aparece, y año y medio más tarde, los edemas. Con esos dos síntomas guías y la evolución que había tenido, cuadra con un fallo cardíaco.
Cree que «empezaría a fallarle el corazón y cuando eso ocurre, aparecen esos síntomas. Las causas de por qué falla pueden ser miles: una anemia, que tuviera un problema de válvulas. Los monarcas tenían dietas muy ricas en carne y podría tener colesterol y ser hipertenso».