Una mesa redonda virtual con Miguel Delibes

P.R.
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Con motivo del centenario del escritor vallisoletano, la asociación 'La Sombra del ciprés' organizó este acto en el que intervinieron su hija Elisa, sus nietos Ángeles y Germán y el periodista y poeta Carlos Aganzo

Una Mesa redonda virtual con Miguel Delibes

La Asociación de escritores abulenses ‘La sombra del ciprés’ rindió ayer homenaje al ilustre escritor vallisoletano Miguel Delibes, con motivo del centenario del literato y coincidiendo con el Día del Libro. Y lo hicieron de la mejor manera posible: Hablando del autor de la novela     de la que han tomado prestado su nombre, ‘La sombra del ciprés es alargada’. Para ello organizaron una mesa redonda virtual en la que participaron la hija del escritor, Elisa y dos de sus nietos, Germán Delibes y Ángeles Corzo, además del poeta y escritor Carlos Aganzo. La mesa fue moderada por el periodista y escritor abulense, miembro de la asociación organizadora, Pablo Garcinuño. La experiencia resultó todo un éxito pues fueron algo más de medio centenar de personas las que participaron en este acto telemático en el que todos los participantes se encontraban en sus casas.
Elisa Delibes reconoció  ante este periódico antes del debate que Miguel Delibes fue un padre típico de su tiempo en el sentido de que a «él le correspondía ganar el dinero necesario para sustentar a una familia numerosísima y trabajó para ello como un negro: catedrático en la Escuela de Comercio, periodista en El Norte de Castilla y escritor en los pocos ratos libres. Entonces es difícil imaginar un papá que te bañara, que te contara cuentos, que te ayudará a hacer los deberes... esos son los padres de ahora cuando la mamá trabaja tanto o más que ellos. Mi padre fue un buen buen padre y si quería ganar dinero era para que su mujer, sus hijos  y él mismo pudieran vivir mejor. Pero para él, vivir mejor, no era tener TV, ni joyas, ni mansiones... era simplemente poder disfrutar a tope de la naturaleza. Y eso si lo logró». La nieta del escritor, Ángeles Corzo  recordó  en su intervención dos anécdotas que tenían que ver con el libro ‘ 5 horas con Mario’.  Reconoció que lleva su nombre gracias al abuelo. «El día que nací, apareció en el hospital con la versión teatral de Cinco horas con Mario bajo el brazo, estaba dedicada: “A mis hijos Elisa y Pancho y a sus hijos Panchito y Can, este libro que nació el mismo día que mi nieta Ángeles».  Otra anécdota que contó Ángeles Corzo también tenía que ver con este libro. Le llevó un ejemplar a su abuelo para que se lo dedicara,  porque se lo había encargado un amigo, que además también se llamaba Mario. En la dedicatoria Delibes puso: «Sospecho, querido Mario, que tú y yo vamos a pasar más de cinco horas juntos»’. Después  este amigo reconoce Ángeles que se convirtió en su marido.
Su otro nieto, Germán Delibes,  recordó ante este periódico que su abuelo dijo en su momento que para escribir una novela hacía falta «un hombre, un paisaje y una pasión. Dudo seriamente que esté capacitado para un reto tan complejo, pero puedo considerarme un privilegiado al haber conocido al hombre, haber disfrutado de los paisajes que marcaron a Delibes y sobre todo haber sido, en muchos casos, partícipe, junto al abuelo de muchas de esas pasiones que refleja en algunas de sus novelas».
El periodista y poeta Carlos Aganzo que, como Delibes, fue también director de El Norte de Castilla, recordó como fue su primer encuentro con el escritor, en febrero de 1989. «Él tenía 68 y yo 25 años y era, junto con Camilo José Cela, el único autor español del que me había leído todo, absolutamente todo lo publicado. Propuse hacerle una entrevista para el Dominical del ‘Ya’, donde yo trabajaba entonces, y mi redactor jefe no dudó en enviarme a Valladolid, junto con la fotógrafa Alicia Ruiz. La entrevista resultó maravillosa, Delibes estaba en plenitud y hablamos largo y tendido antes de irnos a comer a un restaurante que ahora no identifico, pero que entonces presentaba una novedad extraordinaria que recuerdo perfectamente: el plato caliente para poder tomar la carne al punto deseado sin que se enfriase. Todo iba bien… hasta que, a la mañana siguiente, me di cuenta de que me había vuelto con la mitad de la entrevista sin grabar. Al darle la vuelta a la cinta magnetofónica, se me olvidó darle al ‘play’ de la casete. ¡Qué vergüenza! Eso mismo me había ocurrido un tiempo antes con la actriz Analía Gadé. En aquella ocasión, trascribí la entrevista de memoria, la llamé por teléfono y todo quedó resuelto. Pero con Delibes, ¿cómo atreverme? Así que antes de decírselo a mi jefe, preferí volver a llamar a don Miguel después de la siesta, como era preceptivo, y contarle lo ocurrido. Se rió mucho y me ofreció volver al día siguiente para rematar la faena...»