La mentira, el cimiento de nuestro futuro

Antonio Pérez Henares
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La impostura de los políticos es hoy «valor de ley» y el activo más importante, si con ella se logra engañar a los ciudadanos

La mentira, el cimiento de nuestro futuro - Foto: EUROPA PRESS

Todas las campañas electorales han estado desde siempre llenas de mentiras -aquel gran cínico, tan querido por los madrileños, Tierno Galván, lo dejó dicho: «las promesas se hacen para incumplirlas- pero esta que vivimos es ya, en sí misma, una mentira completa. Es más, ha hecho de la mentira, ahora llamada fake para disimular su fetidez con un inglesado, el instrumento definitivo, el arma letal de combate para acabar con el rival y conseguir la victoria al precio que sea. Aunque suponga ir entregando España a cachos.
La degradación de la política, tan solo superada por la de la comunicación de masas, un tándem tóxico y en estrecha alianza que está llevando a la sociedad española a una degeneración de valores éticos y democráticos cada vez más acelerado, está alcanzando cuotas cada vez más delirantes. Que, al ser reiteradas de continuo, terminan por parecer «normales» y aceptables. Pero que están dañando los pilares mismos de nuestro sistema de convivencia.
La impostura de los políticos es hoy «valor de ley» y el activo más importante si con ella se logra engañar a los ciudadanos. El arrastrar por el fango al contrario tergiversando o inventándose sus palabras o sus hechos, destruirlo civilmente, es la manera de actuar predominante y aplaudida. Dirán que ambas cosas estuvieron siempre ahí, que son inherentes casi a la actividad política. Y sí, es cierto. Pero, es que ahora, eso, es aplaudido como virtud y se considera a quien lo ejerce como un ejemplo a seguir. Igual sucede con la comunicación. Siempre ha habido tendenciosidad y sesgos interesados. Pero, actualmente, ya se ha decidido que la veracidad, el contraste, el rigor, el análisis y la objetividad son desperdicios que estorban en lo que es el objeto del deseo, la audiencia. ¿Qué importa que lo que se cocina y emplata apeste si se consigue que se lo traguen masivamente como el más exquisito y limpio y de los platos?
Cuando pasen tan solo unos años, pues el deterioro avanza a velocidad vertiginosa, y se haya conseguido el derrumbe y la demolición del edificio democrático y territorial español, tal y como se soñó generosamente en 1978, es posible que los responsables de tal hazaña y las generaciones a quien tras jalearlos les caigan los escombros encima comiencen a entender que cualquier tiempo futuro no tiene porque ser mejor. Que ello no está escrito ni es así por puro correr del tiempo. Que puede ser peor y hasta volverse tenebroso si quienes lo tenían delante lo que hicieron fue dilapidar lo anterior, despreciar lo que tan duramente se había conseguido y pretender ser beneficiarios exclusivos de derechos y libertades sin entender que estas van unidas indefectiblemente a deberes y al respeto de las de los demás, que es donde las nuestras acaban. 
Lo que hoy está sucediendo caerá sobre todo sobre las espaldas de quienes lo están propiciando. Más que nadie quienes ahora son los protagonistas de estos tiempos y más aún las gentes abducidas por estos impulsos serán quienes habrán de pagar en propias carnes el porvenir que ellos mismos se están labrando. Porque esa es la cuestión olvidada. Que el futuro de una generación es ella quien ha de labrarlo. Y estos surcos de ahora cada vez van más torcidos, por mucho griterío mediático, conducen a un escenario de confrontación, desguace y  ruptura. La de la convivencia, que ya llega a las gentes de a pie, que con el continuo aventar el odio, sobre todo el del pasado como vara de medir y de separar ya se malmiran, está cada vez más en serio riesgo. 

 

Pesimismo. No pinta bien lo que viene. No lo pinta en el bolsillo, ni tampoco en el alma colectiva. En lo primero, este 2019 suena cada vez más, hasta ya se utilizan las mismas palabras -«desaceleración» decían para ocultarla a aquella ruina que venía- a aquel 2008 y como a aquel se saluda. Con demagogia, con despilfarro, con decretazos, con Viernes de Romanones y duros por votos, con planes E que ahora son de Sánchez, o sea gastando lo que no se tiene y endeudándose hasta las cejas que ya lo pagará quien venga. Nos salvamos, ya nadie se acuerda, hace nada de un precipicio y nadie parece querer recordar ni quién lo logró. ¡Que va!, se jalea como héroe a quien de manera cada vez más insensata nos lleva a uña de caballo hacia el siguiente. 
Pero es aún peor que esa tormenta económica, que de nuevo nos llevara a la angustia y a muchos de nuevo al paro, lo que puede pasar con nuestra propia vertebración y convivencia. Los abrazos con quienes quieren destruirla, los arrumacos, incluso con quienes fueron cómplices de la siembra de terror y muerte, ya parece que no tengan relevancia alguna. 
Que sean parte de esta «normalidad» que se pretende instalar como progreso y como futuro lo que señala es como va a ser este. El que va a caernos encima y más que a nadie a quienes están arrasando el suyo. La mentira, de continuo televisada, jaleada en red, retuiteada a millones, es la constructora hoy del futuro de mañana y el argumento de nuestros políticos. ¡Menudos cimientos!