Para toda la vida

Maricruz Sánchez (SPC)
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Las 'irrompibles' vajillas francesas de Duralex cumplen 75 años con presencia en más de 100 países y convertidas en un objeto 'vintage'

Para toda la vida

Transparentes, verdes y color caramelo, la vajillas de Duralex llevan décadas presentes en las casas de millones de familias del mundo. Concretamente, en España, entre los años 60 y 80, el menaje de la firma francesa se adueñó de las alacenas de prácticamente todos los hogares del país, con peculiares anécdotas que ahora, que la empresa cumple su 75 aniversario, resurgen del olvido con la misma resistencia de la que alardean sus piezas. 
En los orígenes de la marca en el territorio nacional, tener una vajilla de Duralex era un imperativo casi tan necesario como lo es hoy en día contar con televisión, nevera y microondas en la vivienda. En aquellos incipientes años 60, las celebraciones sociales, tales como bodas, bautizos y comuniones, se festejaban de manera casera. Y no solo la comida se elaboraba entre todos, sino que se aportaban también vasos, platos, fuentes y tazas para degustarla. Así, las mujeres marcaban con laca de uñas, cada una de un color distinto, las piezas que llevaban de sus casas, para identificarlas después.
Otra curiosidad de las vajillas de Duralex servía para entretener a los niños con un sencillo juego, muy extendido en los comedores escolares durante un tiempo. Consistía en responder a la pregunta ¿cuántos años tengo?, sirviéndose de la cifra que aparecía grabada en el fondo de los vasos. La edad variaba entre el 1, el 10, el 15, el 26, el 32 o el 48, pero jamás se podía superar este ultimo número. 
En el fondo de los vasos modelo Gigogne estaba grabada una cifra del 1 al 48. Era el número del molde con el que se había producido.
Las anécdotas en torno a la firma gala se multiplican, y son tantas como personas han hecho uso de sus productos. Tan numerosas y perdurables en el tiempo como la historia de la propia Duralex, una empresa que se niega a quebrar a pesar de los múltiples accidentes económicos que le ha tocado vivir. Porque la marca está llamada a durar, igual que sus piezas, famosas por ser indestructibles. De hecho, su publicidad presumía de ello. «Utilícelo como un martillo, déjelo caer, golpéelo, hágalo pasar del hielo al agua hirviendo», anunciaba. «Y si se rompe, no hay peligro. Lo hará en una nube de trocitos», remarcaba como estrategia de marketing.
Historia de una revolución. Saint-Gobain, el fundador de Duralex, no soñaba con vender menaje de hogar. Su proyecto era otro bien distinto cuando, en 1934, compró una cristalería en la comuna de La Chapelle-Saint Mesmin. Quería fabricar lunas de automóviles. Para ello desarrolló un vidrio templado que se modelaba a 700 grados, luego pasaba a 550 grados y se enfriaba a temperatura ambiente. 
El inicio de la Segunda Guerra Mundial truncó la posibilidad de mejorar la seguridad vial. La contienda hizo nacer, sin embargo, una idea visionaria: vajillas resistentes que ayudasen a combatir la penuria de las familias francesas. 
En 1945, el industrial galo registró finalmente la marca Duralex, destinada a la fabricación de objetos de vidrio de uso culinario. El nombre se originó en un juego verbal basado en su duración y en la cita latina dura lex sed lex (la ley es dura, pero es la ley).
Un año más tarde, la compañía lanzó al mercado su primer vaso, el Gigogne -barrigón y con una raya recta en el medio-, que sigue vendiéndose en la actualidad. En 1954 verá la luz su hermano más conocido, la línea Picardie, un modelo más estrecho y biselado. Se iniciaban así los 30 años gloriosos de la casa. Tanto, que en los 60 se inauguró una segunda fábrica en la comuna de Rive-de-Gier.
En su etapa de apogeo, en los 60 y 70, empleaba a 1.500 personas; de estas, 1.300 eran obreros que trabajaban sen la producción de los vasos, platos y bandejas. Necesitaban muchas manos. En 1964 habían alcanzado una producción de 133 millones de estos objetos.
A finales de la década de los 60 la compañía entró en declive. Comenzó a quedarse anticuada para los consumidores y ha de hacer frente a la competencia, fruto de los inicios de un mundo globalizado. Duralex no se recuperó de ello y entró en caída libre. Saint-Gobain vendió la compañía en 1997 allos italianos Bormioli Rocco & Figlio, que no lograron remontarla. En 2002 registró números rojos. 
Apareció entonces el mayorista turco Sinan Solmaz. Su gestión fue desastrosa. En 2007 cerró la fábrica de Rive-de-Gier y un año más tarde  la sociedad entró en fase de liquidación.
A su rescate llegaron André y Antoine Ioannides. El primero, ya ligado a la marca al encargarse desde Atenas de su distribución en Oriente Próximo, convenció a su hermano Antoine, empresario agroalimentario en Estados Unidos, de comprar lo que él consideraba su bebé. Un tercer hermano se unió a la aventura. Cinco años después, su cifra de negocio ascendía a 30 millones de euros, con una fábrica que produce 24 horas al día, siete días a la semana y en la que se da empleo a unas 200 personas.