El Día D será el día después

Antonio Pérez Henares
-

Lo que nos espera será un paisaje desolado, sobre el que se estarán batiendo los 'jinetes' del paro, la recesión, la angustia de las familias y la ruina de empresarios

El COVID-19 va a cambiar la vida de millones de seres humanos, de lo que el mundo era y lo que saldrá después de aquí. - Foto: ABEDIN TAHERKENAREH

Tarde, no nos prepararon para lo que se abatía sobre nosotros sino que lo minimizaron y hasta se lo tomaron a broma pero, al final, ya comenzamos a ser conscientes de la magnitud e impacto que esto va a tener sobre nuestras vidas. Ya lo sentimos en nuestras carnes y, de manera cada vez más dolorosa, en aquellos que nos rodean y han sucumbido a la enfermedad. Ya muchos, ya casi todos tenemos algún familiar, cercano, conocido, próximo, en cualquier caso, que se ha visto afectado e, incluso, ha muerto. Todos tendremos al menos uno que recordar.
Da pudor y hasta miedo decirlo, pero sabemos que cuando esto pase, cuando pase aunque no sabemos el tiempo en que veremos luz, todos tendremos nuestros muertos y también hay que decirlo, cualquiera de nosotros, nadie está a salvo, podemos ser uno de ellos. Esto es así y ahora nos damos cuenta. Y, por ello, dentro algo nuestro se desgarra y, al tiempo, también se subleva y nos llena por un momento de ira. De justa ira. Nos debieron haber avisado, nos debieron preparar, nos debieron prevenir, nos debieron meter miedo, sí, para que empezáramos a protegernos. Debieron actuar y no lo hicieron. Ya está. Que no se nos olvide, que no nos cuenten luego un cuento, pero ya tocará.
Estamos, esperamos estar en el momento más terrible del huracán, con los vientos desatados, con la tempestad azotando con cifras terribles cada mañana, aupados ya casi a lo más alto del podio de la muerte, ese donde nadie, ningún país quisiera jamás estar. Y nosotros estamos ahí. Cada día la cifra es peor, y cada vez más alguna de ellas empiezan a tener cara y recuerdos. La que parece que nunca se iba a alcanzar se queda vertiginosamente atrás, para asomarnos a otro abismo en el que tras caer ya estamos deslizándonos hacía otro más hondo y feroz. 
Dicen los expertos, ¡ay los expertos que salen por televisión!, que no sé si nos mintieron a sabiendas, pero que nos engañaron sí, que estamos a punto de alcanzar el pico, y que, una vez allí, ya se vislumbrará, el camino de comenzar a bajar. Dicen que tal vez haya ya algún síntoma de ello al final de esta semana, pero cuando esto escribo la desolación de un día, queda tapada de inmediato por la mayor desolación del siguiente.
Solo nos queda a nosotros, es la única opción, aguantar, resistir e intentar no contagiarse y así no contagiar. Es lo único que podemos hacer y, además, lo que debemos hacer. Pero también en esa resistencia ha de haber un espacio, y este ya no para la ira ni el ¡ya te las ajustaré ya!, sino para la reflexión. Y una llega de inmediato. Cuantas cosas, incluso ridículas y vacuas, nos han estado obsesionando, nos corroen, nos enfrentan, las convertimos en gran causa y ahora resultan, a la luz de algo como esto, ser lo que en verdad son. Nada en verdad que importe, que trascienda, que nos es necesario y vital. Porque eso es lo que ahora sí sabemos de verdad y a la fuerza lo que es.
Aprendamos la lección, es lo primero que sale decir. Pero, saben ustedes: la más importante lección de la historia es que los hombres jamás quieren aprender de la historia. Tanto es así, que observen los días que hemos llamado históricos de unos años acá y resulta que él que en verdad lo era ni lo vimos, ni lo hemos motejado como tal. Y ese sí que es un día histórico de verdad.
Porque va a a cambiar nuestras vidas, las nuestras y la de muchos cientos y miles de millones de seres humanos, porque esto va a cambiar mucha de nuestra percepción de lo que el mundo era y lo que saldrá de aquí.
En lo que a nosotros respecta mejor será que ya, quienes deben y todos y cada uno comencemos a meditar, en ese día siguiente. Porque ese va a ser un día también crucial. Lo que nos espera cuando salgamos al exterior de nuestras cuevas, tras la glaciación del virus, va a ser un paisaje desolado, sobre el que se estarán abatiendo los jinetes del paro, la recesión, la crisis mas dura, y dura fue de la que ayer apenas salimos, la angustia de las familias y la ruina de empresarios y trabajadores.
En ese día siguiente, en el que hay que pensar y ahí es dónde, más incluso que hoy es cuando los españoles deberemos estar a la altura de la situación. Porque esto, terrible sí, desesperante en su longitud, un día, ese día, pasará. Y ese día será el trascendental. El que va a marcar nuestro futuro, nuestras vidas y, posiblemente, hasta las de quienes nos releven. 
Ese día D no será el final, será el principio y es cuando nos la vamos a jugar. Porque lo que espera ahí es un reto tremendo, donde un pueblo ha de dar de sí todo y lo mejor que tiene para levantarse y remontar. Pero no será posible sin líderes y será cosa de ver entonces si en verdad tenemos líderes o que es lo que estos que nos dirigen y representan son.

 

La clave

Nuestros dirigentes habrán de entender y atender, ante, sobre todo y por encima de todo, hasta de ellos mismos, a la necesidad de España. Y ello, será la gran clave de si la esperanza se puede abrir paso o, por el contrario, de la sima del virus caeremos a una aún peor. ¿Serán capaces, sobre todo quienes ahora tienen la capacidad por su puesto y Gobierno de serlo, de hacer si es preciso borrón y cuenta nueva y coger el rumbo necesario e imprescindible que hay que coger, el del acuerdo y la unidad en ese acuerdo y pacto nacional? ¿Lo será el uno? ¿Será capaz de dar ese giro y hacer esa propuesta a sus rivales? ¿Lo serán los otros si se produjera, de aceptar, sin ambage alguno, el reto? ¿O, incluso, ser ellos quienes con generosidad hagan esa oferta sin trampa ni cartón?
Lo dudo, como no lo voy y lo vamos a dudar. Pero ojalá. Demostrarían que son dignos de estar ahí y que con ello quizás reencontremos la sensación perdida de que la política es algo digno y necesario y que ellos tienen razón de ser.