No es tan fiero el hemiciclo como lo pintan

Agencias
-

La primera sesión de control al Gobierno de coalición no levanta las 'pasiones' de otras legislaturas, con un Pablo Iglesias sentado en la bancada azul y un prudente Gabriel Rufían

No es tan fiero el hemiciclo como lo pintan - Foto: Ballesteros

Solo  Venezuela elevó ayer el tono de la primera sesión de control de la investidura, el primer examen en el Congreso que ha pasado el Gobierno de coalición en un ambiente mucho menos bronco del que se esperaba y mucho menos crispado que en la investidura. Al menos ayer, el Hemiciclo no fue tan fiero como lo pintan.
Tan solo unas horas después del duro debate sobre la eutanasia, los diputados llegaron al Congreso aparentemente más sosegados y solo los gritos de dimisión hacia el ministro José Luis Ábalos por su reunión en Barajas con la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, perturbaron esta jornada de estrenos.
La mañana empezaba al modo tradicional, con el líder de la oposición preguntando al presidente. Tan tradicional fue que no hubo sorpresa alguna.
Y mientras Pablo Casado recurría a un reproche narcisista para colar Venezuela  -«por mucho que se mire al espejo, no es Kennedy, pero a tiempo está de no seguir los pasos de Maduro», le dijo a Sánchez-, el jefe del Ejecutivo le respondía con el reproche de siempre, el de que el líder del PP es el «eco de la ultraderecha».
Con este primer cara a cara, pero sobre todo con el que enfrentó a Sánchez con el líder de Vox, Santiago Abascal, se vio el primer aplauso unísono al presidente por parte de la coalición, ministros y diputados de Podemos incluidos.
Fue Abascal el primer líder en pedir dimisiones en esta legislatura, cuando le apuntó a presidente que deje el cargo si fue él quien ordenó a Ábalos ir a hablar con Rodríguez, o que se vaya Iglesias por ser «delegado» de Maduro o que lo haga Ábalos si actuó por su cuenta. En resumen, el primer «váyanse» a los miembros del Gobierno.
Poco sufrió Sánchez, porque tras estas dos preguntas llegaba la de Gabriel Rufián. Y si en la última sesión de control de la pasada investidura el portavoz de ERC preguntó al socialista qué proyecto político tenía para Cataluña, en esta ocasión solo le ofreció «ideas» para luchar contra todos los tipos de fascismo, incluido el «chusco» de Vox.
Ni una palabra sobre Cataluña, la búsqueda de soluciones al conflicto político, la situación de los presos o la mesa de diálogo que ERC y el PSOE han pactado poner en marcha: Nada que ver este Rufián con el que en septiembre, a las puertas de una segunda campaña, auguraba a los socialistas clamando por un nuevo 155.
Nada que ver tampoco este Sánchez, que prometía a Rufián seguir con los compromisos de memoria histórica, con el que en septiembre advertía al portavoz de Esquerra de que volvería a aplicar «cualquier artículo» de la Constitución si vulneraban de nuevo la ley.
Supuso la muestra más clara de que el momento político es bien distinto. Pero no ha sido la única: Hubo algunos que asumían un rol muy diferente al que habían tenido hasta la fecha en este Hemiciclo.
Y es que Pablo Iglesias respondió por primera vez como vicepresidente del Gobierno y se metió de lleno en el papel, al ceñirse a la pregunta que figuraba en el orden del día y no entrar en las provocaciones o críticas que coló el secretario general del PP, Teodoro García Egea.
Qué lejos ha quedado también para Iglesias aquella última sesión de control de la anterior legislatura en la que no preguntó a Sánchez pero sí se llevó los reproches de su ahora compañera de Gabinete Carmen Calvo por haber «roto la baraja» del acuerdo con el PSOE.
Porque ya nada es como antes, y ahora Iglesias y Calvo se sientan juntos en la bancada azul de un Gobierno que estuvo casi al completo.
Y ni Sánchez ni ninguno de los ministros que vinieron a la Cámara Baja se levantaron de sus asientos cuando le tocaba a Ábalos pasar el trago de responder a la oposición las tres preguntas seguidas sobre su encuentro con Delcy Rodríguez. No estuvieron, sin embargo, durante la interpelación de la portavoz del PP, Cayetana Álvarez de Toledo.
Las preguntas a Ábalos trajeron el momento más tenso, con los gritos pidiendo la dimisión del ministro. Pero el socialista contó con el aplauso de sus compañeros y del propio presidente.