Impresionismo fotográfico

Javier Villahizán (SPC)
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La fugacidad y el espíritu realista de la imagen estimuló de tal forma a los pintores del siglo XIX que estos acabaron mostrando un mundo lleno de luz y precisión subjetiva

‘El bosque de Marly’, de Camille Pissarro.

Quién no se ha detenido alguna vez delante de un cuadro y le ha recordado una fotografía y viceversa. Pues esa simbiosis entre imagen y óleo es lo que sucedió a mediados del siglo XIX cuando una incipiente técnica de la imagen se cruzó en el tiempo y en el espacio con la escuela impresionista. En ese momento, la fotografía adoptó el punto de vista y el encuadre de la pintura, mientras que los artistas pictóricos hicieron suyo el espíritu de la fugacidad y del aquí y ahora. 
De esa unión surgieron obras que fusionan ambos conceptos en artistas de la talla de Monet, Degás y Pissaro, junto a nombres importantes de la fotografía como Baldus y Bazille. Ese legado puede contemplarse ahora en el Museo Thyssen en una muestra titulada Los impresionistas y la fotografía, en la que se exhiben hasta el próximo 26 de enero 66 óleos y un centenar de instantáneas. En la exposición se entremezclan ambos estilos creando un poderoso paísaje creativo que retrae al espectador a siglos atrás.
Desde el primer procedimiento fotográfico anunciado y difundido a finales de la década de 1830, conocido como daguerrotipos, y tras el descubrimiento posteriormente de las técnicas de impresión fotográfica en papel, la relación entre esta disciplina y la pintura ha sido muy estrecha. 
El ojo artificial de la cámara de profesionales como Le Gray, Cuvelier, Nadar o Disderi estimuló en Manet, Degas y en los jóvenes impresionistas de la época el desarrollo de un nuevo modo de mirar el mundo. La fotografía le valió al impresionismo no solo como fuente iconográfica sino también como inspiración técnica, tanto en la observación científica de la luminosidad o en la representación de un espacio asimétrico como en la exploración de la espontaneidad y la ambigüedad visual. 
Los impresionistas, además de su espíritu de ruptura artística en cuanto a técnica se refiere, se fijaron en la imagen como algo que detiene el tiempo. Es decir, los pintores pertenecientes a esta corriente estaban en la necesidad de captar el instante antes de que se escapase, al igual que les sucedía a sus compañeros fotógrafos.
Además del aquí y ahora, los artistas se interesaron en incorporar la imagen fragmentada porque pensaron que la realidad ya no podía representarse como una totalidad absoluta y había que apostar por una mirada selectiva y subjetiva.
Asimismo, los vasos comunicantes entre ambas disciplinas artísticas sirvieron de reflujo para que la fotográfica se dejase influir, a su vez, por la corriente impresionista. De tal manera que algunos profesionales comenzaron a preocuparse por la materialidad de sus instantáneas y a buscar fórmulas para hacer que sus imágenes fueran menos precisas y con un efecto más pictórico.

Un mundo de sensaciones 

Los impresionistas y la fotografía repasa el universo creativo de pintores y fotógrafos en torno a nueve apartados temáticos: el bosque, figuras en el paisaje, el agua, en el campo, los monumentos, la ciudad, el retrato, el cuerpo y el archivo. Se trata de un conjunto de tramas comunes en donde ambas escuelas ahondan en su manera de ver y sentir el mundo en el que viven.
Es el bosque el género dominante en la pintura francesa del momento y uno de los motivos preferidos de los fotógrafos artistas. Por eso, el visitante puede recorrer los pasillos del Palacio de Villahermosa entre obras de preculsores del campo impresionista como Courbet, Corot, Rosseau y Daubigny junto a imágenes de Le Gray, Cuvelier y Henri Le Secq.
El espectador puede continuar la muestra con la pintura al aire libre a través de ejemplos tan destacados como son los retratos exteriores de los familiares de Frédéric Bazille y las estampas fotográficas del grupo de Édouard Baldus.
Precisamente, uno de los escenarios que más interés suscitó entre los impresionistas es el de las imágenes que varios fotógrafos tomaron a monumentos históricos de Francia. Los pintores, atraídos por las espléndidas vistas de los edificios góticos, empezaron a reproducir estas construcciones en sus pinturas, como es el caso de la serie que Monet realizó a la catedral de Ruán.
El Thyssen se detiene en esta muestra en un momento artístico en el que la tecnología se fusiona con la pintura, como sucede en la actualidad, casi dos siglos después, con la influencia del movil e internet en la producción del creador. La exposición plantea precisamente una reflexión crítica sobre las afinidades e influencias mutuas entre fotografía y pintura, sin olvidar la fructífera polémica entre críticos y artistas. Un mundo apasionante lleno de preguntas mutuas que llega hasta el momento actual.