El Picasso poeta

Javier Villahizán (SPC)
-

La faceta literaria del artista malagueño es uno de sus secretos mejor guardados, sin embargo, es a través de sus textos y garabatos donde el autor del 'Guernica' muestra sus pasiones más obsesivas y donde se exhibe como un creador salvaje

Picasso, poeta

Pablo Picasso convertía en arte todo lo que tocaba, ya fuese pintura, escultura, cerámica, dibujo, grabado, ilustración, diseño de escenografía y vestuario, cualquier cosa... incluso literatura, porque el creador andaluz poseía ese extraño talento que solo unos pocos poseen.
A pesar de tratarse de una de sus facetas menos conocidas, casi secreta, el malagueño estaba casi todo el día escribiendo, desde listas dibujadas a textos poéticos. Hasta los dibujos y bocetos previos de sus grandes cuadros se teñían de  letras y garabatos que después servían para dar forma a sus creaciones pictóricas.
Ahora, el Museo Picasso de Barcelona desentierra esos manuscritos inéditos y los muestra al mundo hasta el próximo marzo con el objeto de exhibir el trazo más lírico del pintor andaluz. Es en la escritura donde laten con más fuerza las pasiones y las visiones más obsesivas de Picasso y donde se percibe, en todo su esplendor, su lado descarriado y salvaje.
El autor del Guernica expresa en sus textos desde lo más frívolo, como puede ser una lista de la compra o un garabato, hasta lo más profundo, la esencia misma del dibujo, sin olvidar sus pasiones más eróticas, aquellas que le hacen sentir como hombre.
«Si fuera chino no sería pintor sino escritor, escribiría mis pinturas. Después de todo, todas las artes son una sola. Se puede escribir una pintura con palabras, como se pueden pintar sensaciones en un poema», llegó a anotar a mediados de la década de los 30, cuando comenzó a escribir de forma habitual, casi compulsiva, a los 54 años.
Empezó a escribir porque atravesaba un período de crisis personal y profesional, como artista. En esa etapa, Picasso dibuja poco, apenas pintaba cuadros ambiciosos y estaba dispuesto a dejar el arte temporalmente, al menos eso fue lo que le trasladó a su secretario personal Jaime Sabartés, quien lo anotaba todo. 
Eran tiempos difíciles, momentos de guerra y de preconflicto mundial y eso afectaba de manera intensa en la personalidad del artista, hasta tal punto que Picasso solía pintar deprimido en tiempos de guerra, mientras que dibujaba cálidas escenas y alegres alegorías en momentos de paz.
A finales de los 30 llega la era expresionista del creador, que a diferencia de su etapa anterior, la surrealista, Picasso se centra en temas angustiosos, tristes y relacionados con la guerra y el sufrimiento. Un buen ejemplo de ello se encuentra en La mujer llorando (1937), además de otros muchos cuadros como Naturaleza muerta con cráneo de toro (1942), Gato devorando a pájaro (1939) o su obra más famosa, el Guernica (1937).
Fue en ese trayecto vital cuando el artista escribe poemas, con tal intensidad que lo hace casi a diario, hasta prácticamente 1959, fecha de su último verso. Fruto de esa fértil actividad hoy se conocen más de 350 poemas y tres obras de teatro.
Picasso escribía en español y francés, combinando incluso las dos lenguas e interactuando con ellas de forma muy diversa. Solía elegir el castellano cuando realizaba textos largos o quería expresar ideas complejas, pero Picasso seleccionaba la lengua de Molière para dar rienda suelta a su creatividad y experimentación.
El alma poeta del malagueño no se suscribe, al igual que sucede con su pintura, a una única modalidad de escritura. Los poemas del andaluz son textos y reflexiones anotados de una vez, hechos a toda velocidad, en donde las palabras se amontonan y se golpean unas con otras.
Pero no todos sus escritos son chorros de palabras sin clasificar, otros poemas son reajustes de versos o variaciones de textos ya realizados en prosa. En estos casos, la estructura es más coherente tanto en la forma como en contenido, además de ser más comprensibles.
Sin embargo, la experimentación de Picasso llega al extremo en aquellos formatos en donde el artista mezcla juegos de palabras, distintos idiomas, jeroglíficos, colores  y hasta pintura. Cualquier permutación y vanguardia es posible cuando Picasso combina palabras, números y notas musicales en una especie de collage.
Otro de los rasgos de su escritura es la acumulación. Por lo general, ponía negro sobre blanco de golpe en una primera versión, pero luego al pasarla a limpio, volvía a reescribirla, lo que suponía nuevos añadidos, tachones y otra versión de una misma idea. En ocasiones, el ansia de escribir era tan excesivo que el creador llegaba a repetir hasta en 20 ocasiones el primer original, con sus correspondientes apuntes en cada reinterpretación. El resultado final era un texto poético plagado de numerosos surcos que se bifurcan y se vuelven a encontrar.
En el universo creativo de Picasso no existían compartimentos estancos, no era únicamente un pintor, un escultor o un ceramista. El malagueño concebía el arte como un conjunto, tan pronto estaba dibujando sobre una lámina, que pintando sobre un lienzo o escribiendo a vuela pluma sobre cualquier soporte: le servía un trozo de periódico, un sobre o la propia mesa. Picasso era un monstruo creativo que podía con todo.