Lola, la transgresora

Maricruz Sánchez (SPC)
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Hace 25 años que un cáncer se llevó a 'La Faraona', pero no su arte y la leyenda de una personalidad única que aún mantienen en lo más alto el legado del clan de los Flores

Lola, la trasngresora

No era la que mejor cantaba, ni la que mejor bailaba, pero nadie era como ella, según publicó el mismísimo The New York Times en 1979. Un torbellino incontrolable, un torrente de energía arrollador sobre el escenario y en la intimidad, la Lola de España, La Faraona. Y ante todo, como mantiene su nieta Alba, hija de su adorado Antonio, una mujer transgresora. Hace un cuarto de siglo que un cáncer de pecho se llevó a la matriarca del clan de los Flores, pero su arte aún sigue sujetando su cetro de reina; perpetuando un legado que, como ella misma vaticinó, le sobreviviría durante años. 
Lola Flores vivió como quiso y murió tranquila el 16 de mayo de 1995. Según las crónicas de la época, por su capilla ardiente pasaron más de 150.000 personas. Llevaba dos décadas luchando contra un tumor en una mama, a base de operaciones y tratamientos, pero negándose a que le amputaran el seno para no perjudicar su carrera. Un gesto más de la rebeldía que la caracterizaba. Fue sepultada un día después en el cementerio de la Almudena, entierro que fue retransmitido en directo por televisión.
Se había ido la mujer, pero no la leyenda. La de una artista reconocida en vida como pocas, querida por sus compañeros y amigos, muchos de ellos estrellas únicas también, como Rocío Jurado, Carmen Sevilla, Paco de Lucía y Francisco Rabal. Quizá porque trabajó hasta el final, grabando actuaciones rebosante de una energía que ya la había abandonado en realidad. 
María Dolores Flores Ruiz nació en enero de 1923 en Jerez de la Frontera (Cádiz), en el emblemático barrio de San Miguel. Allí, con apenas 10 años, la niña pizpireta de ojos grandes ya cantaba en las tabernas. Con 15 buscaba su público en pueblos cercanos y con 16 llegó su debut, la confirmación de que lo mejor del flamenco corría por sus venas, en octubre de 1939.
Gracias a pequeños papeles en el cine que fueron surgiéndole desde entonces, la joven Lola se afincó en Madrid y acudió a la escuela de artistas del maestro Quiroga, que le consiguió contratos como telonera que apenas le daban para comer. Hasta que en 1944 se cruzó en su camino uno de los mitos de la época, Manolo Caracol. Junto a él depuró su arte, aprendió a ser estrella y vivió un tortuoso romance prohibido (estaba casado).
El amor se acabó, y una Lola ya mujer famosa e independiente hizo las Américas ganando cifras elevadísimas. Eran los años 50, un período definitivo en la construcción del mito de La Faraona en España y el extranjero, con una actividad artística imparable y de gran agitación sentimental. Tras mantener algunos idilios sonados con famosos futbolistas, se casó en 1957 con el guitarrista y compositor Antonio González El Pescaílla (1925-1999), convirtiéndose en la cabeza visible de una saga de artistas. El enlace se realizó en secreto, con la novia embarazada y el novio amenazado de muerte por la familia de su mujer por el rito calé, con la que tenía una hija. Además, Antonio tenía un hijo con otra mujer.
De esta unión nacieron Lolita Flores (1958), Antonio Flores (1961-1995) y Rosario Flores (1963). Ellos perpetuaron el legado familiar, a su vez, con nietos: Elena y Guillermo Furiase (hijos de Lolita), Alba Flores (hija de Antonio) y Lola Orellana y Pedro Antonio Lazaga (hijos de Rosario).


El personaje

Más allá de la irrepetible cantante, bailarina y actriz que fue, Lola Flores demostró ser una mujer inteligente y adelantada a su tiempo. Construyó un personaje público, la figura de lo que hoy en día se conocería como una influencer, que nunca dejó de alimentar hasta el final. Un papel de coplera salerosa no falto de las contradicciones propias de una diva, pues alcanzó su máximo apogeo en plena dictadura franquista y, a pesar de ello, opinó libremente de cuestiones tabú entonces como la sexualidad, la prostitución y las drogas.
Prueba de ello, algunas de sus frases más míticas, inolvidables: «Si me queréis algo, irse»; «¿Quién no se ha dado el pipazo con una amiga?»; «Si una peseta me diera cada español…»; «Muchas gracias, pero el pendiente no lo quiero perder»; «A lo mejor pido que en la caja me la metan… la bata de cola». Porque, como ella misma decía, «aún no ha nacido nadie que sea como Lola Flores».