Venecia herida

EFE
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Las inundaciones y la alerta por el coronavirus paralizan las reservas hoteleras mientras la Ciudad de los Canales se desangra por el turismo de poca calidad y la despoblación

Venecia herida

Un gondolero canta indolente mientras pasea a un grupo de turistas por un Gran Canal vacío. Venecia presenta un aire enrarecido en este febrero, el mes de su emblemático carnaval. Las terrazas están casi vacías y las colas han desaparecido de sus museos.
La pesadilla comenzó el pasado 12 de noviembre. Aquella mañana los técnicos del centro de previsiones de la marea notaron algo extraño en sus datos. Al caer la noche, lo confirmaron: una marea extraordinaria entró en la laguna e inundó la isla. El agua del Adriático llegó a los 187 centímetros, un nivel que no se veía desde 1966.
La ciudad quedó anegada y los daños para la población fueron cuantiosos. El agua entró incluso en la cripta de la basílica de San Marcos, donde reposan los restos de los patriarcas de esta ciudad histórica, a través de una pequeña ventana de madera que da a la calle.
El procurador del templo, Pierpaolo Campostrini, se chupa la mano al tocar los cimientos en la cripta. «Está salado», exclama. El agua alcanzó los 70 centímetros ahí abajo y después se drenó, pero la sal corrosiva del mar permanece impregnada.
Para evitar que la basílica sufra más daños, Venecia estudia un proyecto para instalar un muro impermeable a su alrededor de cristal. La idea es comenzar la obra en abril y terminarla el próximo otoño.
La ciudad de los canales es especial no solo por su morfología, construida sobre palos de madera sumergidos en el agua, sino porque se encuentra en el centro de una laguna costera separada del mar Adriático por una estrecha franja de islas alargadas, pero con tres salidas. Para protegerla, el Gobierno italiano empezó a construir en 2003 una barrera mecánica que debería aislar la laguna cerrando, en caso de necesidad, esas tres bocas de puerto que dan al mar.
La obra, que ha costado unos 5.000 millones de euros y estuvo salpicada por la corrupción, estará lista para ser accionada en junio para mareas de hasta 140 centímetros, y en 2021 entrará plenamente en funcionamiento, según las previsiones oficiales.


Fuerza y al mismo tiempo debilidad

Pero los problemas de Venecia no son únicamente las mareas y su frágil condición, sino cómo gestionar el turismo en una ciudad que recibe cada año 20 millones de visitantes. Las inundaciones lo han contenido y las reservas han caído también debido al coronavirus de Wuhan, pues el Gobierno italiano ha cerrado el tráfico aéreo con China. 
El alcalde, Luigi Brugnaro, resta importancia a este frenazo. Su intención es hacer la guerra al que considera el gran mal de Venecia: el turismo de poca calidad, el que no pernocta, los visitantes que llegan para pasar el día sin apenas dejar dinero en sus cajas, casi siempre a bordo de cruceros.
Contra esto, Brugnaro ha introducido un nuevo impuesto bautizado como contribución de entrada por el que todo visitante que no se quede a dormir deberá pagar tres euros junto al billete del medio de transporte que use para llegar a Venecia.
Entre oleadas de turistas, la ciudad se desangra a pasos agigantados por la pérdida de población autóctona, y muchos alertan de que puede quedar reducida a un parque temático. A los pocos más de 50.000 habitantes que quedan les pesan la falta de oportunidades laborales o la dificultad de acceder a una vivienda, encarecida por la preferencia de muchos propietarios por los alquileres turísticos.
Otro de los debates es qué hacer con los gigantescos cruceros que cada día cruzan el canal de la Giudecca hasta el puerto. El principal problema que causan es la erosión de su fondo, la base en la que se asienta la ciudad, además de la contaminación.
Mientras, la vida discurre en dos planos diferentes: el del trajín del turismo y el de los vecinos, en un mundo paralelo. Sus calles están bien pavimentadas, hay papeleras en cada esquina y sus jardines lucen cuidados. Cada mañana decenas de trabajadores barren a mano la ciudad, pues solo usan escobas eléctricas en las plazas más amplias.
Y sus canales, además, son limpiados frecuentemente por las grúas municipales. A esta misión se ha unido un grupo de gondoleros que han dejado los remos para ponerse el traje de buzo y recuperar la basura que se acumula en el fondo.
Todo para que la ciudad, que en 2021 celebrará los 1.600 años de su fundación, siga siendo habitable y continúe sorprendiendo al mundo del futuro, tal y como lo hizo antes con Tiziano, Canaletto o Vivaldi.