¿Dejo a mi madre en la residencia o me la traigo a casa?

Susana Rodríguez (EFE)
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Muchas familias afrontan el terrible dilema de si sus seres queridos deben seguir en los geriátricos a los que ya ha llegado el Covid-19

¿Dejo a mi madre en la residencia o me la traigo a casa? - Foto: Quique García

Tienen a sus padres ingresados en residencias donde se han confirmado muertes por coronavirus y se enfrentan al dilema de dejarlos en el centro o llevarlos a casa sin disponer de protección, sin saber si son portadores del virus y con la dificultad de atender a un dependiente. Es el caso de Pablo Peinado y sus tres hermanas, que hace seis meses ingresaron a su madre, de 97 años, en una residencia en San Fernando de Henares (Madrid), tras el agravamiento de su dependencia y después de 10 años atendiéndola entre los cuatro.
Desde que comenzó la emergencia, la familia ha estado recibiendo mails del centro, donde les decían que la situación estaba «controlada». Pero la gran preocupación comenzó cuando, a través de una persona ajena a la institución, se enteraron de que se habían registrado varios contagios y «decenas» de fallecimientos.
Según denuncia, tras contactar con el director de la residencia privada -del Grupo Orpea-, no se le facilitó otra información que no tuviera que ver estrictamente con la salud de su familiar.
El portavoz de la firma, Ricardo Buchó, confirma que en este centro ha habido positivos por COVID-19 y muertes, pero las cifras solo las facilitan a la Comunidad de Madrid como fija la ley. «No queremos que se crea una alarma innecesaria».
Para Peinado, lo que le indigna es que «en medio de una pandemia, la residencia se niegue a darme información sobre salubridad; es como si los ancianos fueran de su propiedad, están vulnerando nuestro derecho a saber».
Esta familia, como tantas otras en su misma situación, se plantea cuál es la mejor opción para preservar la salud de su madre.
Han barajado la posibilidad de llevársela a vivir con uno de ellos, pero surgen más dudas que certezas: como saber si son portadores del virus, dado que ninguno ha podido someterse a las pruebas.
Asumir la posibilidad de que su madre no se haya contagiado en la residencia y que uno de los hijos pueda transmitirle la enfermedad en casa es otro gran dilema. A esto se añade el problema de falta de equipos de protección, pues no disponen de mascarillas, guantes ni otros elementos que podrían evitar un posible contagio y que siguen sin encontrar en las farmacias. Todo ello agravado por el grado de dependencia de la anciana: «Aun teniendo la posibilidad de llevarla a una casa con una habitación, cómo mueves a una paciente que necesita dos personas para acostarla o bañarla».
Al final decidieron dejarla en el geriátrico. Y eso les hace sentirse, de algún modo, culpables. 
También están enfadados porque la residencia les dijo que si se iba debían seguir pagando la cuota de 2.400 euros al mes. En este punto, el portavoz del centro argumenta que es el modo de proceder de todas las residencias. 
En lo que sí coinciden ambas partes es en cuestionar que durante las primeras semanas de la pandemia a las residencias no se les permitiera derivar ancianos a los hospitales por la situación de colapso. «Ahora se está diciendo que no se discrimine a los ancianos, pero al principio las directrices eran tratarlos en las residencias y no acudir a los centros de salud. Era como dejarles morir; no se les ha tratado igual que al resto de los pacientes», denuncia este familiar.
«Nosotros cuidamos pero no curamos, para eso están los hospitales. Pero ante la imposibilidad de derivar a los residentes, hemos curado a varios gracias a que contamos con médicos y enfermeros», señala Buchó.
cambio de modelo. A la espera de la cifra exacta de residentes muertos, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, declaró recientemente que habrá que sacar «muchas lecciones» de la pandemia y que una de ellas será revisar cómo están funcionando las residencias.
Un llamamiento al que se suma la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, cuyo presidente, José Augusto García Navarro, reclama la necesidad de hacer «una reflexión colectiva» cuando se haya superado la emergencia.
Pero diversas asociaciones siguen demandando una mejora en la gestión desde ahora mismo, como Médicos Sin Fronteras, «extremadamente preocupada» por la situación que están viendo durante sus labores de voluntariado. La ONG pide a las autoridades que se «humanicen» los cuidados y se faciliten «despedidas dignas» entre residentes y familiares.
Con el debate social abierto desde hace semanas, las familias esperan cada día con comprensible angustia la información que llega de los centros.
«Nuestro gran temor es que un día nos llamen y nos digan que nuestra madre ha fallecido», expresa con enorme dolor Pablo Peinado, uno de los muchos hijos de ancianos para quienes mantener o sacar a sus progenitores de los centros sigue siendo un dilema sin respuesta.