Mingote, 100 años de arte

Javier Villahizán (SPC)
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Mingote, 100 años de arte

Un libro con viñetas inéditas del artista recuerda la trayectoria de un humorista que creó un paisaje nacional cargado de ironía y sutileza

Considerado el Picasso del humor gráfico, Antonio Mingote (Sitges, 1919-Madrid, 2012) supo representar a la perfección la vida cotidiana española del siglo XX.
Con más de 90 años a sus espaldas, este madrileño nacido en Cataluña pero de origen aragonés se despidió del mundo un tres de abril de 2012, donando a la humanidad lo más importante de su existencia: su legado gráfico.
«Papel, lápiz, tinta y acuarela, no necesitaba otra cosa para realizar su milagro», detalla Julio Rey, director del Instituto Quevedo de las Artes del Humor, quien describe al dibujante como una persona elegante y limpia en el trazo y con una capacidad asombrosa para describir personajes, escenarios y circunstancias como ningún otro. «En el momento en que al Maestro se le encendía la bombilla, esa espada de Damocles que todos los viñetistas llevamos de sombrero pellizcaba de nuevo nuestro alma», narra Rey.
Cuando se conmemora el centenario del nacimiento del artista, la Fundación Antonio Mingote acaba de publicar un nuevo libro de viñetas, El arte de Mingote, en el que se muestra una escogida selección de sus numerosos dibujos, entre los que se encuentran algunos bocetos inéditos y de carcácter social realizados a lo largo de su trayectoria.
Precisamente, uno de los aspectos más atractivos y sugerentes de la obra del ilustrador es su faceta más popular, es decir, aquella en la que da rienda suelta a su arte y a sus emociones y se aleja del corsé político, tan presente en la mayoría de sus dibujos periodísticos.
Por eso, hablar de Antonio Mingote es referirse a la Historia reciente de España, al pasado de un país escrito en forma de ilustración y de tira cómica, en donde los imaginarios populares del autor -sus pobres, sus galanes quijotescos, sus políticos o sus damas de la alta burguesía- toman forma en el papel y se transforman en personajes típicos del paisanaje nacional. 
Su estilo, entre gráfico y literario, se caracterizaba por la sutileza y la mordacidad, la rápida y acertada pintura de líneas y la descripción de caracteres e ideologías, además de por cierta sensibilidad social.
El maestro de la línea y del color creó escenografías y figuras teatrales, pintó cuadros, decoró murales y vallas callejeras y hasta colaboró en la realización de programas radiofónicos y televisivos.
Aunque es autor de cuentos y de algunas novelas, como Las palmeras de cartón (1948), Los revólveres hablan de sus cosas (1953) o Adelita en su desván (1991) y de una obra teatral El oso y el madrileño (1973), su fama procede principalmente de un amplísima actividad en el terreno del humor gráfico.


Su Madrid 

Mingote estuvo tan unido a la capital de España que le era imposible extraer a sus personajes de Madrid, ora poblachón manchego ora urbe cosmopolita y moderna.
Sus ilustraciones sobre los nuevos burgueses, sus ciudadanos de a pie y sus políticos de segunda acaparaban con ironía los escenarios más castizos de un Madrid al que amó con toda su alma. Un afecto que le fue correspondido por una ciudad que ansiaba nuevos aires y grandes dosis de humor. «Muchas de las cosas que he hecho se las he dedicado a Madrid», declaró en una entrevista a finales de los años 90. 
El catalán se atrevió con todo, incluso quiso dar vida a El Quijote a través de sus ilustraciones en 2005, con motivo del cuarto centenario de la publicación de la obra de Cervantes.
Este académico de la Lengua y Premio Nacional de Periodismo aportó su ingenio en su ilustración diaria, pero donde diseccionó a la persona, desde el punto de vista antropológico y filosófico, fue en sus libros de viñetas, unas obras de arte para no perderse. 
Entre sus ejemplares cabe destacar, Pequeño planeta (1957); Historia de Madrid (1961); Historia del traje (1963); Hombre solo (1970 y 1988); Este señor de negro (1975); Hombre atómico (1976); Al cielo iremos los de siempre (1985); Solo pobres (1995); El Mus (1995) y Mingote, punto y aparte.
Uno de sus últimos trabajos fue el cartel para la película de José Luis García Sánchez Los muertos no se tocan, nene, estrenada en 2011. Era una adaptación de una novela de su amigo Azcona vetada por la censura franquista. Cada viñeta de Mingote era un espejo en el que mirarse cada día. 
Para él, el arte era como perseguir a la belleza. «Eso es la creación», solía decir, «buscar la belleza y reflejarla de alguna forma, pero, claro, la belleza figúrate la cantidad de interpretaciones que puede tener una cosa, si es bella o no es bella; para muchos es bella, para otros no, ¡yo qué sé!».
Para todos nosotros, belleza es lo que hacía Mingote y arte también, por eso sus dibujos perdurarán en el tiempo para arrancar una sonrisa irónica pero también franca a todos sus lectores.