"El 80% de las encinas afectadas no han sobrevivido"

Mayte Rodríguez
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El estudio encargado por la Diputación descarta que una enfermedad sea la causa de la sequedad de «cientos» de encinas de la provincia el pasado año y apunta a los efectos del cambio climático

"El 80% de las encinas afectadas no han sobrevivido" - Foto: David Castro

La encina es el árbol que marca el paisaje abulense, el que lo domina por encima de cualquier otra especie arbórea. Los encinares se extienden a lo largo y ancho de buena parte de la geografía de la provincia y la encina ha llegado a alcanzar la categoría de símbolo. Prueba de ello es que está presente en el escudo de algunos municipios abulenses. Pero sobre ese árbol totémico que ha sido testigo del paso de los siglos se cierne un peligro real que empezó a dar la cara a comienzos del verano pasado, cuando masas de encinas cada vez más amplias, algunas muy cercanas a la capital abulense, empezaron a teñirse de color corinto. Las alarmas saltaron y los expertos barajaron dos hipótesis: podía ser fruto de la seca, un hongo mortífero para los encinares, o bien podía ser estrés hídrico a consecuencia de la tremenda sequía que sufrió la provincia de Ávila en 2019.
Un año después, en muchos de esos encinares no se aprecian a simple vista rastros de aquella devastación y sus hojas lucen verdes, igual que la exuberante vegetación que ha dejado esta primavera generosa en lluvias. La pregunta que cabe hacerse es si, a la vista de su aspecto actual, las encinas afectadas han sobrevivido y cuál fue el origen de esa sequedad inusitada y desconocida.
Precisamente para dar respuesta a la causa de un fenómeno tan excepcional la Diputación Provincial de Ávila encargó en su momento un estudio a una empresa especializada cuyos resultados avalan la hipótesis del estrés hídrico y descartan que las encinas hayan sufrido cualquier tipo de enfermedad. «Ni las enfermedades más terribles de la encina hubieran causado esta mortalidad», afirma Enrique Fernández Villamor, jefe del Área de Desarrollo Rural de la institución provincial y técnico superior en Medio Ambiente.
Desde su punto de vista y a la luz del citado estudio, detrás de este fenómeno está el cambio climático. «Nuestras encinas están en un sitio extremo para la especie, entre 1.000 y 1.200 metros de altitud», a lo que se sumaron las condiciones excepcionales del pasado año: una «hidrología casi a cero» porque «no llovió nada en ocho meses», tiempo en el que, además, subieron un grado de media tanto las temperaturas mínimas como las máximas, revela Fernández Villamor. La consecuencia de «un período tan largo, tan seco y tan caluroso» es que «las encinas que estaban en los sitios con menos suelo, directamente se han muerto», asegura, cifrando en «cientos» los ejemplares que no han sobrevivido.  «Eran condiciones límite y han acabado secándose», abunda.
Él estima que han muerto el 80% de las encinas que se secaron el pasado año y pone como ejemplo los encinares en los que hizo el seguimiento la citada empresa, situados en fincas como Bascarrabal o La Serna, donde «incluso se las puso inyecciones para ver si reaccionaban, pero no lo han hecho», apunta. También en las cercanías de la estación de Guimorcondo pueden verse hoy encinas de color marrón, aunque Enrique Fernández Villamor advierte que «a muchas, las lluvias tan persistentes de esta primavera las han dejado sin las hojas de color corinto, pero siguen muertas». Además, sostiene, la gran gran cantidad de hierba que nos regala esta primavera hace que el verde que todo lo cubre haga pasar desapercibidas esas encinas «que han quedado desarboladas», aclara.

Sí hay encinas que han logrado sobrevivir, principalmente aquellas que estaban «en mejores suelos», ya que las que crecían en zonas altas y sobre subsuelos con mucha piedra -muy habitual en determinadas zonas de la provincia de Ávila- han encontrado mayores dificultades para que sus raíces hallaran agua y nutrientes. «Alrededor de un 20% de las que se secaron se han recuperado, pero en un estado de salud malísimo», precisa el responsable de Desarrollo Rural de la Diputación, para el que la precaria situación en la que han quedadado las que han sobrevivido se refleja en que «las pocas hojas que les salen ni siquiera brotan de las puntas, sino de la cruz del árbol», indica. «Para encinas grandes como las nuestras, tener un 5% de hojas representa muy poco si tenemos en cuenta que las necesitan para alimentarse de la luz del sol, así que el alimento que reciben es mínimo, están muertas de hambre aunque este año haya muchísima agua», explica, situándonos así en el presente de esta primavera tan generosa en lluvias. «Igual que a los humanos, a la naturaleza no le vale no beber nada en tres meses y que luego nos tiren a un lago porque antes de eso ya nos hemos muerto de sed».
Y el futuro tampoco resulta alentador. «Para las encinas que han sobrevivido en estas condiciones, a partir de ahora cualquier cosa que venga, ya sea plaga o sequía, va a ser su final», augura Fernández Villamor. 
Los devastadores efectos del cambio climático no solo afectan a los encinares abulenses, también las setas y los hongos se han visto alterados. «En mayo del año pasado vi setas de primavera que se habían quedado negras como el carbón debido a la falta de agua, algo que yo no había visto jamás», nos cuenta. Y donde las encinas se secaron, con ellas también murieron arbustos y plantas como la jara, el tomillo o el cantueso.
Su conclusión es que Ávila es una provincia muy vulnerable ante el cambio climático por su altitud, su orografía y su climatología. «La seca, el hongo asesino de las encinas que en Extremadura las mata de cinco en cinco o de diez en diez» resulta menos mortífero que el fenómeno vivido hace un año aquí, donde «han muerto de cien en cien», lamenta.