«Prepotentes llamas» en 1913

David Casillas
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El 30 de junio de hace un siglo Ávila vivió un incendio que durante 72 horas quemó varias casas junto al Grande

Calle San Segundo durante los trabajos de exintición del grave incendio del año 1913.

Toda ciudad tiene en su historia un incendio que de alguna manera la marcó ‘a fuego’, nunca mejor dicho, y significó un antes y un después en la forma y los medios para luchar contra ese tipo de siniestros. En el caso de Ávila ese mal momento tuvo lugar hace justo un siglo, el 30 de junio de 1913, cuando fueron pasto de las llamas numerosas viviendas del entorno del Mercado Grande, situadas en la fachada sur de la plaza del Alcázar (hoy Adolfo Suárez) y entre las calles San Segundo, Leales y Estrada.
Las llamas, nacidas «al haberse arrojado imprudentemente la punta de un cigarro en un montón de virutas» y avivadas por el calor del verano, la yesca en que se convirtieron las viejas estructuras de madera de las viviendas, el fuerte viento reinante, la escasez de lugares donde abastecerse de agua y la deficiente organización de los bomberos (formados por albañiles y otros obreros voluntarios), se mantuvieron activas durante más de 72 horas, provocando una catástrofe de alcance nacional que obligó al Ayuntamiento a plantearse la urgente mejora del servicio de bomberos hasta entonces existente.
La única buena noticia de aquella catástrofe fue que no hubo que lamentar víctimas mortales, aunque sí varios «lesionados» y algunos actos de pillaje. Heridos de gravedad resultaron el bombero Pablo Sagarra y el carpintero Pablo García; heridos leves lo fueron los vecinos abulenses Cándido Canalmar y Felipe Pascual, el corneta Indalecio Cora Toledo y los bomberos de Madrid Ángel Gómez, Francisco Arroyo y Horario Salmerón
Aquel «descomunal incendio» de «prepotentes llamas», que hizo necesaria la venida hasta Ávila de dos grupos de bomberos de Madrid (los de los distritos de Congresos y Chamberí) para los que se dispuso un tres especial en el que transportar todo su equipamiento, puso dolorosamente de manifiesto la precaria dotación del parque abulense y su deficiente organización, evidencia que hizo más doloroso el enorme alcance de la catástrofe y que movió al Ayuntamiento a paliar tan graves deficiencias.
Seis meses después, el 12 de diciembre, se hizo entrega a los bomberos de Ávila del nuevo material de lucha contra el fuego recién adquirido, tecnología de ‘última generación’ que, tal y como detallaba con profusión El Diario de Ávila, era la siguiente: «una escalera mecánica de salvamento de 14 metros, modelo Linares; un carro con dos devanaderas para 250 metros de manguera, arrollables en dos direcciones; 400 tubos de lona de 52 mm de diámetro interior; 42 uniones para las mangueras; dos reflectores de acetileno de 250 bujías; dos escaleras plegables de tres metros de largo y otra de cuatro metros; una escalera de ocho metros en dos piezas; dos extintores de 15 litros; doce hachas-pico; trece hachas-martillo; 40 cinturones con cuerda y ganchos para la herramienta; 40 cascos para los bomberos; ocho linternas con cubierta doble y cristal biselado; cuatro con cristal de color para los capataces; una lona de salvamento de 18 metros; una bomba de mano Excelsior sobre carro y otra Terror». Todo aquel material fue sometido a pruebas, «que dieron excelente resultado».
Cuando el día 4 de julio dio noticia El Diario de Ávila de la definitiva extinción del «fuego destructor», aprovechó la ocasión para criticar «lo imposible que se ha hecho combatir» el siniestro por no contar el Ayuntamiento «con el material de incendios apropiado, material que en el extranjero ya poseen no las capitales de importancia de la nuestra sino cualquier pueblo inferior»; y aventuraba el periodista que «esto se repetirá si inmediatamente no se pone remedio y el vecindario de Ávila no se preocupa más de la defensa de sus propiedades que no de la ayuda oficial».
Buena parte de la solución al problema de los incendios, se afirmaba, estaba «en la defensa individual», que bien podía hacerse, como ya ocurría en otros países, con el auxilio de «unos aparatos rojos, adosados a la pared, con forma de embudo, que no son otra cosa que extintores de incendios».
Otros incendios destacados ocurridos en la capital abulense tuvieron lugar en marzo de 1949, cuando se quemó parte de la zona conventual del monasterio de Santo Tomás; en agosto de 1981, cuando ardieron varias casas situadas en la plaza de Pedro Dávila; en la madrugada del 26 de junio de 1980 una rayo cayó sobre la cúpula de la iglesia de San Antonio, convirtiéndola en una «gigantesca antorcha» y provocando no pocos daños patrimoniales.