Héroes de la paz

M.R.Y. (SPC)
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El valiente anuncio de De Klerk de liberar a Mandela dio el pistoletazo de salida a la transición de Sudáfrica, un país que recuperó la democracia hace ahora 30 años

Héroes de la paz

Sudáfrica no sería lo que es hoy sin Nelson Mandela. Pero Madiba no hubiera logrado acabar con el apartheid en su país si no hubiera contado con el respaldo de Frederik Willem de Klerk, el último presidente blanco de la nación y el dirigente valiente que decidió dar un giro total a un Estado donde la segregación racial contra los negros campaba a sus anchas durante casi medio siglo.
Esa colaboración necesaria dio su primer paso el 2 de febrero de 1990, cuando el mandatario, que apenas llevaba unos meses en el cargo tras la dimisión de Pier Botha en agosto del año anterior, dio un histórico discurso en el Parlamento suprimiendo la prohibición que pesaba sobre el Congreso Nacional Africano (CNA), un grupo nacionalista negro de Sudáfrica, y sobre otros partidos de la oposición. Una medida que tuvo como inmediata consecuencia la liberación de varios presos políticos, entre ellos Mandela, y que suponía un cambio de rumbo radical en la nación.
Para muchos, el día para la Historia en Sudáfrica está fechado en el 11 de febrero de 1990, cuando Madiba abandonó la prisión después de 27 años recluido. Pero, nuevamente, sin De Klerk hubiera sido completamente imposible.


Adiós al apartheid

Aquel 2 de febrero, el presidente fue más allá. Hizo un llamamiento para la creación de una nueva Constitución que acabara con la polarización y la posición dominante de los blancos sobre los negros, y comenzó un proyecto para crear un Estado democrático que seguiría el modelo de «una persona, un voto». Una decisión que tuvo una respuesta desigual y que generó el miedo a una guerra civil que pudo apaciguar el mandatario justificando que su postura era la única posible para salvar a un país en decadencia y aislado de la comunidad internacional.
Esta osadía solo pudo llegar a buen puerto con la inestimable colaboración de Mandela, que también supo aunar a la población negra para respaldar los pasos del Gobierno y apaciguar cualquier ánimo de revancha contra los supremacistas, un gesto que frenó los recelos de quienes, hasta entonces, habían sido abanderados del apartheid.
De Klerk contó que, cuando le comunicó a Madiba la fecha de su liberación, a este le pareció «demasiado pronto». «Señor Mandela», le respondió, «¿cómo puede decir que es demasiado pronto? ¡Ya ha estado mucho tiempo ahí dentro». «Vamos a negociar muchas cosas en el futuro, pero no sobre su fecha de liberación», agregó. Y el reo no pudo hacer otra cosa que «sonreírme y aceptarlo».
Esa sintonía se mantuvo en los momentos políticos más complicados de Sudáfrica. Como previó el mandatario, fue necesario mucho consenso para que el proceso de transición pudiese llegar a buen puerto, pasando de un sistema racista y opresivo a una democracia. 
A partir de ahí, de sobra es conocido lo que ocurrió. Ambos recibieron el Nobel de la Paz en 1993 y un año más tarde, Mandela ganó las primeras elecciones libres de la nación, en las que votaron negros y blancos, y De Klerk se convirtió en su vicepresidente, dirigiendo un Ejecutivo de unidad que consiguió, precisamente, unidad en un país hasta entonces dividido.