Diario de Ávila
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22 de abril de 2019

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LA PALABRA DADA

LA PALABRA DADA
A D. Ángel Almeida, propietario-gerente de la “Galeria de Arte Espacio 36”, de Zamora.
A todos nos gusta que se cumpla la “palabra dada”; es decir, que lo que nos digan los demás que van a cumplir sobre un determinado asunto, lo cumplan, salvo causas de fuerza mayor; y, si así ocurriere, traten de solucionarlo, de hacerlo, etc., cuando las circunstancias se lo permitan. Y es que suele existir una necesidad, y surgir la confianza, en los destinatarios del quehacer de quien se compromete, por ejemplo, a venderte un automóvil, a “representarte” ante un organismo público, a prestarte un servicio, a mantenerte el precio de un producto, etc., etc., etc., pues hay que ser un auténtico sinvergüenza, por decirlo suavemente y sin acordarnos de su progenitora, para no cumplir la palabra dada, con los perjuicios que de ello se deriva en quien, con buena fe, se confió en el/la que otorgó su compromiso de cumplir lo dicho; y “ por la cual quedan moralmente obligados a su cumplimiento quienes lo dan”.
Y ello es aplicable a todo tipo de relaciones humanas; especialmente y fundamentalmente, cuando hay una vinculación contractual, laboral, familiar, política, sindical, etc., pues, en estos supuestos, se trataría de cumplir lo pactado, las obligaciones previstas en el Código Civil, el de Comercio, etc., o en los estatutos del partido político u organización sindical, etc; no obstante lo cual, también en estos ámbitos, y como su regulación no puede prever todo lo con ello relacionado, existen compromisos personales que deben cumplirse cuando voluntariamente, y sin coacción, se han adquirido.
La importancia que en la vida diaria tiene la “palabra dada”, para conseguir una buena convivencia entre las personas, queda reflejada en las numerosas acepciones que el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española contempla, como son, entre otras, “6. f. Promesa u oferta.”, “palabra de rey 1. f. coloq. U. para encarecer o ponderar la seguridad y certeza de la palabra que se da o de la oferta que se hace”, “dar alguien palabra, o su palabra 1. locs. verbs. Prometer hacer una cosa.”, “faltar alguien a la, o a su, palabra 1. locs. verbs. Dejar de hacer lo que ha prometido u ofrecido; etc.
Y es que, como alguien ha escrito muy acertadamente, la palabra dada es ”nuestra principal tarjeta de presentación. El valor que doy a mi palabra es mi identidad, define lo que soy, quién soy y cómo me relaciono con los demás. Define mi credibilidad, mi moralidad, establece si soy o no digno de confianza no sólo en lo personal sino en lo profesional. Mi palabra soy yo”.
Y esa palabra dada cobra especial relevancia en las relaciones comerciales, cuando, por ejemplo, se establece el precio de un producto por el vendedor, que obliga a mantenerlo, aunque posteriormente tenga un “despiste” sobre él al comunicárselo al cliente. Esta forma de proceder, aceptándolo, pone de manifiesto la hombría de bien, el alto sentido de su proceder comercial, etc., lo que contribuye a incrementar su prestigio personal como el de su establecimiento mercantil, a lograr la fidelidad de la clientela, a la difusión de su recto proceder, al incremento de la clientela y negocio, pues el boca-oreja, las redes sociales, los medios de comunicación, etc., suelen poner de manifiesto la recia personalidad y seriedad del buen empresario.
Y es que el Real Decreto de 22 de agosto de 1885, de observancia desde el 1 de enero de 1886, por el que se publica el Código de Comercio, en su LIBRO PRIMERO. “De los comerciantes y del comercio en general, TÍTULO PRIMERO. De los comerciantes y de los actos de comercio”; prevé en el artículo 2º que “Los actos de comercio,…, se regirán por las disposiciones contenidas en él; en su defecto, por los usos del comercio observados generalmente en cada plaza, y, a falta de ambas reglas, por las del Derecho común.”; que, de alguna manera, obligan a “cumplir la palabra dada”, que no deja de ser, de alguna forma, un “contrato verbal”. Es decir, actuar como un buen “pater familias”.
Y además, tengamos presente, que del buen hacer del comercio de una capital y provincia, se deriva su prestigio, su “buen nombre”, su reputación, su atracción de potenciales clientes de otros territorios, de contribuir al fomento del turismo de compras, cultural, gastronómico, etc.
Ángel Almeida, eres un buen ejemplo de lo que debe ser una buena persona, comerciante, galerista y, sobre todo, amigo. Un abrazo.
MARCELINO DE ZAMORA

MARCELINO DE ZAMORA | 10/02/2019
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