Con el rabillo del ojo

Elena Rodríguez


Maestros

25/03/2021

Recuerdo con un inmenso cariño mis años de colegio. De mi primer colegio, en el que no sé por qué pienso mucho últimamente. Aquel en el que pasé once años de mi vida, hasta octavo de EGB, con prácticamente los mismos compañeros, en el B, de los que sigo recordando sus nombres y apellidos. Las Esclavas del Rollo, así se conocía popularmente mi cole. Allí pasé una etapa inolvidable. Finales de los 80 y años 90 plagados de buenos recuerdos. Supongo que también habría ratos malos, pero me cuesta encontrar algo que me evoque malas sensaciones. 
Volvería sin dudarlo a aquellos días una y mil veces. Al día de la operación bocata, en febrero, en rojo en nuestro calendario para poner en escena los bailes que llevábamos meses preparando. Qué gran año aquel del Wannabi de las Spice Girls, con aquellos pantalones militares de bolsillos que arrasaron. Volvería a la semana de mayo de las fiestas del colegio, en honor a santa Rafaela María y a aquella canción cuyo estribillo podría cantarles sin titubeos. Volvería a recorrer los infinitos rincones del patio del colegio, envidia de toda Salamanca porque era un patio gigantesco. Tres pistas, varios bosquecillos (nos encantaba jugar en el de las lilas), pequeñas montañas que escalar y unas ruedas enormes de colores que nos encantaba saltar de todas las formas posibles. 
Volvería, pagaría por volver, a las excursiones a Nava de Francia o a El Cabaco, a pesar de las ampollas que me hicieron aquellas preciosas zapatillas rosas que mi madre me compró para estrenar ese día. A los viajes de autobús descubriendo y enganchándonos a Camela ‘forever’ desde el walkman más codiciado, el que tenía altavoz. A los lunes a mediodía saliendo en tropa hasta el quiosco para comprar el nuevo número de la Súper Pop (lunes sí, lunes no). Volvería a aquellos partidos de fútbol entre el A y el B que siempre perdíamos y para los que ya teníamos el himno de clausura “hemos perdido, pero nos hemos divertido”.  A los test de Cooper anotando con tiza en el suelo las vueltas del compañero al que controlabas.  A las exploraciones clandestinas por las zonas prohibidas del colegio, cruzando puertas que no debían abrirse, y que solían acabar en carreras cuando aparecía alguna monja de repente. 
Volvería a sentarme, hoy mismo, en aquellos pupitres donde tanto aprendimos. Las cajas de Loli para el análisis sintáctico de las oraciones. Los semáforos de Esperanza (rojo y verde) en las ecuaciones. Las historias del pueblo de Clemente y su eterna sonrisa. Las clases de pretecnología de Emilia en las que chicos y chicas hicimos punto de cruz. El respeto por la educación física que nos inculcó Ventura. Más allá de todo eso, de aquellas aulas me llevé dos grandes lecciones que me han acompañado desde entonces: no le hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti y tu libertad termina donde empieza la del otro. 
La primera máxima es obra de la señorita Josefina. Cómo aquella mujer podía aguantar una hora entera de clase dictando apuntes clavada en el suelo sin moverse un centímetro de su posición inicial. Recuerdo su voz, sus gafas oscuras, su peinado y el cariño con el que años después de dejar el colegio me saludaba por la calle. No le hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti. Qué simple suena, ¿verdad? Se llama empatía y se practica poco. Después de ser nuestra tutora en tercero y cuarto de EGB, cuando te estrellas de golpe con la rutina del estudio y los exámenes, en quinto llegó la hermana Angelina, con fama de sargento de hierro (justamente atribuida), pero con un fondo acolchado. La segunda lección nos la dio ella: tu libertad acaba donde empieza la del otro. Confieso que me costó entenderlo. Uno oye libertad y le parece un concepto infinito. Pero si el del lado piensa lo mismo que yo… choque. Pues ahí lo tienes.  
Esas dos frases las he llevado siempre conmigo. Creo que una sociedad no necesita mucho más para vivir en armonía. Son solo dos de las muchas lecciones que aprendí aquellos años; aquellos maravilloso años con aquellos inolvidables maestros.