Una vez más

José Ramón García Hernández


¡Cuánto daría por comerme un hornazo!

04/04/2021

Hoy día en que Jesucristo ha resucitado, en Ávila lo celebramos de una forma muy tradicional y especial. En esta Semana, después de haber procesionado en acompañamiento a Nuestro Señor con mi cofradía del Cristo de las Batallas, y después de asistir a esa dulzaina que  toca el himno nacional en el Encuentro entre la Madre y el Hijo enfrente de la Iglesia Sagrada Familia, aparece en el horizonte el campo del Pradillo y el tradicional hornazo que la última vez que lo tomé, como si siempre pudiera repetirlo, por eso no me afané en repetir como cuando iba con mi abuelo Santiago a desgastarme mis primeros dientes con lo que antes denominamos almendras garrapiñadas cuyo olor y sabor son de los que te acompañan toda la vida , fue con dos familias muy queridas, con Ruth y Raúl y con Sonsoles y Jesús Manuel. 
Y hablo de los recuerdos en presente porque esta pandemia y todas las medidas que la siguen están consiguiendo algo perverso que a mi no me gusta nada y además de lo que no se puede echar la culpa a nadie que pase al lado o que resida en cualquier atalaya. No estamos desarrollando vivencias comunes, si no individuales o familiares a lo sumo. Matamos el tiempo más que vivirlo. Como no tenemos cosas comunes, como animales sociales que somos, tenemos dos opciones. O preguntar por la salud, lo que siempre es un riesgo en si mismo, porque el bicho ha golpeado a muchos y otros viven en el miedo o en la duda o la esperanza de la vacuna. 
O intentar en muchas de las saludables conversaciones revivir hechos del pasado. Volver a recrear esos momentos que, sin darnos cuenta, eran tan únicos que no los podemos repetir con la libertad y liberalidad que disfrutábamos y a la que no prestábamos atención. Nos habíamos acostumbrado a tal sucesión de comuniones, bodas, bautizos, partidos históricos, comidas familiares, estrenos de películas, quedadas o tomar una simple copa o cerveza, que pensábamos que eran pequeños elementos de nuestras vidas, y sin embargo ahora vemos qué grandes eran. Por eso cualquier oportunidad para hacer el bien a los que nos rodean, o perdonar a los que nos hicieron mal o pedir perdón a los que se lo hicimos, nunca es menor. Es como un hornazo, hay que meter todo lo que tienes para hacer algo consistente y si eres de Ávila, vas y te lo comes el día del Resucitado.
Y por eso echo de menos el hornazo de Ávila en un día como hoy, porque aquí en Noruega tengo que esforzarme en que los míos sepan de generación en generación lo que celebrábamos cada día, lo que comíamos cada día. Hacer torrijas con pan de espelta tiene lo suyo, ya se lo digo, pero no pueden renunciar mis hijos a que tengan recuerdos ellos que apenas pueden tirar de experiencias comunes, no pueden renunciar a que les hable del hornazo o a que revivamos las tradiciones, incluidas películas que hemos visto hasta la saciedad, para que sepan que existe algo que hemos construido entre todos a través de los siglos, que se llama civilización y cultura y que la única forma de preservarla es entregarla en la mano, con mucho cuidado, de forma artesanal.
No quiero citar ese pasaje de Shakespeare de sucesión de errores que lleva a exclamar a Ricardo III “mi reino por un caballo” y pedir a toda costa un hornazo que es de lo poco de seguro no me puede traer aquí nadie que no sea un amigo, no una empresa de puntocom. Eso es lo de menos en un momento en que la impar frase que resuena en mis oídos es la de “Mi Reino no es de este mundo” que es la única que puede dar sentido a la existencia que a todos nos queda por delante, saber que todo lo que construyamos con los nuestros, sus infancias primordialmente son las que configuran sus particulares reinos de sueños, sentimientos y vida.