El viento en la lumbre

Fernando Romera


¿Y si la normalidad era esto?

22/09/2020

Pasa el verano y aquí seguimos, otoñándonos un septiembre más. Tampoco el verano ha sido muy diferente de otros, salvo por la mascarilla y las noticias continuas sobre el virus. Libros, como cada año; unos mejores y otros menos. Como vamos apartándonos cada vez más de las novedades editoriales, que sorprenden poco, y paseamos por las librerías más por los estantes de lo estancado que por las mesas de nuevo, terminamos por leer mucho clásico. Nada nuevo últimamente. Este año le ha tocado a Joseph Roth, del que habíamos leído no suficiente y con el que teníamos una deuda. Este año ha sido de gran lectura gracias al confinamiento. Para que luego hablen de la inutilidad de la literatura. Recuerdo que Don Víctor García de la Concha, que fue mi profesor de literatura contemporánea en la Universidad, hablaba del lujo de que los libros fueran nuestro trabajo. Treinta años después sigue siendo igual de cierto. No hubiese podido entender el confinamiento sin libros. La suerte ha sido doble: tener muchos libros en casa y tener librerías en internet. Entre los momentos dulces del día estaba la llegada del repartidor, algo a lo que ya nos habíamos acostumbrado antes del virus. Ahora, claro, tiene uno un serio problema de espacio para tanto libro nuevo; la biblioteca se ha quedado pequeña y hay que acomodar a los recién llegados que están apilados en las esquinas del despacho, en la mesa y en donde pueden, pobres, vivir con holgura. Podría elegir los que han de salir, pero va llegando un momento en que el escrutinio se va haciendo más y más difícil por los muchos que ya se han hecho y que ya han ido dejando la colección en su esencia. También durante estos meses nos hemos acostumbrado a ver tertulianos, expertos y no tan expertos hablando con sus libros de fondo, publicitando los propios cuando podían y sacando pecho con su colección. La mayoría eran preciosas estanterías muy funcionales con la selección básica para dar buena imagen: un poquito de novela, un tanto de ensayo, unos títulos de poesía (pocos, que tampoco dan hoy mucho lustre) y, por supuesto, lomos de editoriales amigas y que no pueden faltar en una exposición televisiva. Todo muy medido y muy bien puesto para la ocasión, como la mesa para los invitados. En resumidas cuentas, estos meses han tenido mucho de puesta en escena, de trabajo de asesores de comunicación, más que de asesores médicos o epidemiólogos y nos ha parecido de lo más normal. Lo de las bibliotecas valga como ejemplo. Así que, a todo ello le ha seguido el cansancio y la necesidad de cambio. Pero, sobre todo, le ha seguido el agotamiento. Varios meses de sentarse a buscar nuevas fórmulas de hacer lo de siempre, pero de otra manera, tomar vinos con los amigos por skype, cotillear por los balcones, pasear sin pasear, ir al gimnasio en casa, ver cine en el sofá, ver tele en cualquier dispositivo, ir al restaurante en tu salón, salir al campo en visitas virtuales, ir al teatro en la tele… Lo normal es algo inexistente; varía de manera constante con las modas y hasta con los cambios de tiempo. No hay antiguas normalidades a las que volver ni nuevas normalidades a las que ir. Lo normal no es más que un punto de vista y nuestra capacidad de adaptarnos a ella es muy grande, tanto que creamos normalidades cada día. Como levantarnos durante tres meses a seguir rutinas que hemos normalizado como mirar las bibliotecas de los demás o ampliar las nuestras y, por qué no, mostrarlas. Y aquí estamos, en una segunda ola, surfeando, más o menos, como podemos. También se ha terminado la nueva normalidad y ahora tendrá que venir otra, a la que nos adaptaremos. Todo es tan viejo que ya se nos olvida. La historia nos dice que todo cambia, eso es lo único normal. A ver si nos vamos dejando de trampas de asesores de comunicación. Decía que me he dedicado a leer buena parte de las obras de Joseph Roth, el gran narrador del final de la Europa de entreguerras, un mundo que parecía un espejismo entre dos horrores. Una época en la que no había asesores de comunicación que midiesen cada pequeña forma de entrar en nuestras casas por la tele, ni expertos en propaganda, que esos también son tan antiguos como todos sabemos. A lo mejor, también nosotros habíamos vivido en nuestro espejismo y la normalidad, lo habíamos olvidado, quizás era esto.