El Valtravieso

Álvaro Mateos


Protagonistas de nuestra historia

12/10/2020

“El nombre de mi calle me da miedo”: ese era el título de un artículo que escribí hace ya más de veinte años, cuando algunos empezaban a enredar con los cambios de los nombres heredados de la postguerra. Entonces, movido por la necesaria reconciliación que nos dimos los españoles en la siempre alabada y reconocida Transición, se me ocurría que, para evitar terminar con nuestra historia, con nombres que, desde una posición u otra, trazaron los destinos del siglo XX, prescindiéramos de alegorías como las de “Caídos por la Patria”, o similares, porque lo que es caer, cayeron muchos y no sabemos por qué patria, por qué ideales, por qué convicciones.

Aludiendo a aquel escrito, recuerdo perfectamente cómo defendía que una avenida con el nombre de un jefe de Estado anterior, republicano, pudiera cruzarse con otra de un general sublevado en julio del 36. Seguro que ambos cometieron aciertos, errores, despropósitos, abusos de poder y todo lo que ustedes quieran pero, al fin y al cabo, son figuras de la historia, de nuestra historia; tantos y tantos nombres de periodistas, militares, escritores, sacerdotes, etc.

El problema es que más tarde vinieron las leyes de memoria histórica y democrática, en virtud de las cuales se ha reabierto la polémica al prescindir ahora de los nombres en dos calles de Madrid dedicadas a Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto. Un absurdo, sí, … pero gracias a la ley que alentó el Ejecutivo del talante.

Al margen del conocimiento de nuestra historia, ya que el primero colaboró como consejero de Estado con la Dictadura de Primo de Rivera y el segundo se lanzó a un golpe contra la República, es momento de recordar dónde han quedado tantos nombres de militares, escritores y periodistas. Siempre aludo a la frase de nuestro filósofo abulense: “Quien olvida su historia está condenado a repetirla”

Esta polémica se reabre cuantas veces haga falta como perfecta cortina de humo que parece sonar ya a marcha militar: Franco, aborto y eutanasia. Pero, yendo al grano y más, hoy Día de la Fiesta Nacional, se me ocurre pensar más en todo lo que nos une que lo que nos separa.

Aludir a la Guerra Civil y sus terribles consecuencias no es hablar de una guerra civil, es hablar de las más de 100.000 guerras civiles que sufrieron nuestros padres y abuelos, cada uno con sus propias circunstancias, a veces víctimas de odios exacerbados y enfrentamientos muy localizados. Solo por eso, deberíamos quedarnos en los abrazos de finales de los setenta, ya con el dictador enterrado bajo una losa que yo no habría movido y prefiero ni siquiera pensar en lo que algunos harían con la Cruz del Valle.

Es necesario encontrar y dar un enterramiento digno a quienes están repartidos en fosas, pero no volver a enaltecimientos pasados de unos y de otros con banderas desfasadas. Ya nos hemos encontrado todos en una Constitución, en una bandera y una forma de Estado. “Paz, piedad y perdón”, dijo Manuel Azaña en un famoso discurso, así como llamó a una política que dejase el lado “tabernario, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta".

Siempre aludiré a medidas como las que llevó a cabo el Ayuntamiento de Peñafiel, que contiene placas de calles con los distintos nombres que han recibido a lo largo de su historia: así se construye un relato. Una calle Real que pasó a llamarse de Fermín Galán, más adelante Francisco Franco y hoy de La Constitución. Ese mismo mensaje dejó resumido Adolfo Suárez en otro pensamiento en torno a la Carta Magna que “no resolvería todos nuestros problemas, pero todos seremos protagonistas de nuestra historia”. Es el momento de no dejar caer en el olvido a quienes la hicieron, porque olvidaremos la historia.