Cosmorama

Juan Carlos Huerta


Lo insondable y el guano

18/02/2021

Uno de los placeres que nos deja el confinamiento hogareño es poder asomarse a la ventana después de cenar, en una noche clara y serena, con los codos apoyados en el alféizar, sin otro bozal que la propia mano sosteniendo el rostro, como un pensador de Rodin, con fragancia entre gel hidroalcóholico y cobertura de croqueta. Ese instante para mirar al espacio, a esas superlunas del milenio y reflexionar con fruición acerca de qué hubo antes del Big Bang, ¿cómo se forma la Luna? ¿de dónde vino tanta agua? ¿Será posible algún día viajar por un Universo que se expande a 70 km por segundo? ¿Hay depósito de gasolina que lo que soporte? ¿Qué bulle bajo la corteza terrestre? ¿Y en el cerebro de un youtuber? Grandes misterios, fenómenos complejos que cuesta comprender, como las piedras de Stonehenge, los cráteres de Siberia o los cribados de Confae. 

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Considerar que el progreso humano es lineal e inexorable es adolecer de una inocencia cándida. El progreso material no es una fuerza incontenible. Qué se lo pregunten a los ninis. Qué se lo pregunten a los wannabes... Sin embargo, y sin ánimo de instituir un consuelo a vuelapluma, me parece a mí que el progreso del conocimiento humano es otra cosa. Éste sí que no se detiene. Es el estado natural de las cosas. No solo de la experiencia colectiva, sino también de nuestra existencia individual.

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Hay misterios que forman parte del relato mítico de las civilizaciones, como los dioses solares y las fertilizaciones divinas de mujeres vírgenes. Y hay otros que van camino de serlo, como el misterio de los billetes de 500. Un día tuve uno y no me dio más que problemas. Decidí cambiarlo en una tasca de Los Ancares y comprar varios décimos de lotería. El paisano ni tenía máquina certificadora, ni lo tanteó con pesquisa policial, ni tampoco lo mordió: se lo guardó en el bolsillo como quien se guarda el clínex tras enjugarse las comisuras de los labios. Eran otros tiempos. ¿Qué fue de ellos? ¿Qué fue de aquellos años en que los billetes compartían bolsillo con los papelillos del azucarillo del café? El dinero tendría que tener caducidad, como los yogures. Por ejemplo, los billetes de 500 podrían caducar en mayo de 2021, por situar una fecha al azar. ¿Se imaginan qué cantidad de dinero afloraría y cuánto empleo crearía Hacienda para recoger a paladas tanta estampita púrpura ilustrada con puentes y arcos? Y si el dinero tendría que tener consumo preferente y  fecha de caducidad, los sueldos y las pensiones deberían pagarse en función de los vicios que tiene cada uno. Estoy totalmente de acuerdo con Marx: «De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades».

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Qué lindo es el espacio, ese insondable lienzo oscuro que se pliega sobre sí mismo creando agujeros negros del tamaño de una siesta. Observar el universo sin mascarilla, sumergido en el silencio de la queda institucional, es una experiencia única, incomparable, sencilla y barata. Una paloma acaba de cagarme encima, como a 25 grados suroeste de lo que un día fue la tonsura. ¿Cómo puede un organismo desprenderse de sus propios desechos a la vez que vuela, planea y se torbellina? ¿Tienen infancia las palomas? ¿Ha visto alguien... ha fotografiado alguien un cachorro de paloma?... Cuántos misterios. Qué paz.