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José Ramón García Hernández


Lo que el virus se llevó

14/06/2020

Es imposible esta semana sustraerse al hecho de que HBO la haya emprendido contra la famosa película ‘Lo que el viento se llevó’. Han rectificado, pero juzgar con ojos de hoy algo fuera de su historia parece la más inútil de las censuras y a la vez la más malvada de las mentiras.
La historia de Estados Unidos es lo que les hace ser lo que son. Convivir con una pretensión infantil y vacua de que no existen vicios, excesos, errores y crímenes en la historia de los países, eso que denominamos sombras, y que cohabitan con las luces, como en todas las personas, es simplemente un intento que subraya el narcisismo de cada nuevo Adán que cree que el mundo empieza con él. Cada generación tiene lo suyo.
Nada es perfecto porque todo es humano, demasiado humano a veces. La dictadura de la perfección paraliza a generaciones enteras advirtiendo que hasta que no seas perfecto, no hagas, no tomes decisiones, rompiendo el derecho al error y al perdón. Si reflexionan un poco, verán cuántos les prometen un paraíso en la tierra para ser ellos la solución. No cuela, pero algunos se lo tragan.
Esto pone en solfa la verdadera noción de progreso y ese es el verdadero problema de ‘Lo que el viento se llevó’ con todo lo que nos agrada y lo políticamente incorrecto que conviven en la película. Si no nadie la vería y todos sabrían quien es Wilbeforce sin ir a Wikipedia. No permitan que les dicten sus gustos, si no ya estamos viviendo en el infierno prometido ¡Ya sabemos que los zombies de las películas no son de verdad!
Lo más inaguantable es la pretensión que tilda a nuestros abuelos y bisabuelos de primates sin evolucionar, sujetos a no se sabe qué pensamiento mágico. Desde luego que yo cuando pienso en los míos, revisito la anécdota de Churchill cuando se fue de casa criticando y dando un portazo a los 18 años y cuando regresó tres años más tarde, lo primero que dijo «hay que ver lo que han aprendido mis padres en los últimos años». Eso es la reconciliación con nuestra naturaleza humana y con los intentos de todos los que nos precedieron de dejarnos un mundo mejor y más justo. El progreso no es sólo el iphone.
Si se rompe la necesaria solidaridad entre generaciones, se nos priva de una comunidad, de un pueblo vaciado o de una familia. Uno de los escarmientos más lacerantes y duros que he soportado fue ver a dos niños de 7 y 9 años que vivían en un contenedor de basura en cierto país. De estas cicatrices que te quedan en el alma. Eran dos niños duros, pero lo que más me dolía era ver que sólo tenían esta vida para hacer, no podían ir a pedir consejo, ni ayuda, ni querían valorar la experiencia. Esta es la ruptura elevada al máximo exponente. Otro día les cuento esta historia y quién ayudó.
Los fines en una sociedad, por ejemplo construir un puente, no se puede realizar por una persona sola, ni esa persona puede en toda su vida generar todo el conocimiento para realizarlo. Se basa en el conocimiento de las anteriores generaciones y de la comunidad entera, con sus errores y aciertos. Por eso todos somos necesarios, de lo contrario cada generación se tiene que reinventar y pierde el criterio. Esto ofrece una grandísima fragilidad, que nos convierte en una expresión que tanto gusta a mi admirado Graciano ‘en moscas de verano’, muy fáciles de manipular ¡Y muy fáciles de espantar! Esto es lo que pasa en España con el tema de la bandera. Cada uno se inventa la suya, no existe comunión histórica. En mi generación la guay era la americana y si te parecía imperialista, la japonesa. Los siguientes compraban Minis con el Union Jack de Inglaterra. No se trata de enterrar las cosas y que se preserven para gusto de los arqueólogos si no de adaptarlas entre todos y entrenarse en defenderlas. De otro modo, las ovejas y los corderos acabarán siendo una especie superior.