De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


¡Mañana, cumpleaños!

16/10/2020

A lo largo de la vida celebramos los cumpleaños de nuestros seres queridos: la venida al mundo de esposos, abuelos, padres, hermanos, hijos, nietos. Recuerdos de alegrías, de comienzos, salpicados de regalos. Pero cuando alguien falta, cierta pesimista tradición occidental que no comprendo impele a dejar de hacerlo y rememorar solo el día de su ausencia. Quizá estropee con esta columna la sorpresa, maestro —cualquiera que ose juntar dos palabras escritas y publicarlas y no le llame maestro proclama su ignorancia y falta de gusto— pero me consta que su múltiple prole es más de mantener el optimismo; andan todos afanosos y apresurados por tenerlo todo a punto mañana, aniversario redondo. Brincan de acá para allá cual manada de lebratos, tropezando y atolondrándose en su desvelo por pergeñar el mejor presente, la sorpresa más inesperada, el recuerdo más emotivo.

Está Pedro, el primogénito, empaquetando su asombro de niño ante el paisaje nevado de ciudad de pétreas murallas plateadas de luna llena. Después vendrán los pillastres del Mochuelo, el Moñigo y el Tiñoso con una culebra de río —¡a saber qué va a hacer usted con ella!— cogida con todo el amor, libertad e insolencia de la niñez en el valle de Iguña. Y don Eloy y la Desi, que le tienen reservada una de las nuevas hojas del librillo que gracias a usted descubrieron tras agotar la roja, felices en su acompañada soledad.

El Nini, rezumando sabiduría desde las entrañas de la tierra, le regalará una risa de esas que niega al Furtivo, mientras le pronostica cien años más de celebraciones por venir. Lorenzo lo tiene fácil; le ha pedido al buen Señor lo mismo que don Florián le describía al Pepe en su lecho de muerte: una cacería celestial ojeada por el arcángel San Miguel y su coro de ángeles, sin olvidar que metan también algún faisán entre tanta perdiz roja. Carmen descansa a Mario un rato de su monodia y se recrea en tejerle una bufanda de lana merino para los paseos por el Pisuerga —los otoños castellanos son de madrugares frescos—. Y Azarías, no se lo va a creer, ¡le quiere regalar la milana! Que no murió, no; ya nos enseñó usted que los santos inocentes no se quedan en el cielo, sino que vuelven para mostrárnoslo en el infierno de aquí abajo.

Jero —parece mentira, con lo recto que es él—ha escamoteado una fíbula del tesoro de Gamones; no se lo eche en cara, tampoco va a cambiar la historia que tanto nos pesa, ni el futuro decadente de esta Castilla, donde ya no queda nadie que sepa para qué sirve la flor del saúco que Cayo le ha cortado. Gervasio ha envuelto una medalla, ganada con el verdadero heroísmo que da la cobardía de ser español; aunque según me dice, de eso usted ya sabe. Y periodista de pro como es, a buen seguro que podrá apreciar la duda, la tolerancia y la libertad, no reñidas con la denuncia, que le ha traído Cipriano desde el Pucela del XVI. Cerrándolo todo, Ana: su ángel de rojo sobre fondo gris. El gran personaje de su vida, esperando en Sedano con el regalo de acompañarle cada día de la eternidad ganada a pulso, oteando el camino de Covanera para verle llegar en su querida bicicleta seguido de todas las equis que juntos sembraron en este mundo.

¡Muchas felicidades anticipadas!