Cosmorama

Juan Carlos Huerta


De Madrid, el cielo, y otras cosas

01/10/2020

Como decíamos ayer, esta catástrofe de la covid nos hará mejores, más lúcidos, más solidarios, más despiertos, más comunidad... Bobadas. La crisis del 2008 parecía tener igual efecto balsámico y, sin embargo, a pesar de las humillaciones, los recortes, los abusos de poder, el reemplazo de valores humanistas, a pesar de todo eso, digo, la densidad de pequeños tiranos, de esclavos alienados, de casposos reaccionarios y de gilipollas ha aumentado exponencialmente, espesando de tal manera el ambiente, que si todos juntos volaran un atroz invierno atmosférico y mental pondría fin a la misma existencia de las especies, y muy probablemente se salvarían tan solo las bacterias, los virus, ciertos organismos unicelulares y Jordi Hurtado.

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Para un tranquilo ciudadano mitad serrano mitad estepario ir a Madrid es como montar en bici o emborracharse a copas. Cuando acabas la visita, la etapa o el botellón juras no repetir y, sin embargo, hay algo que te atrae como un imán irrefrenable. Del alcohol, te engancha la inhibición de la vasopresina; de la bicicleta, la mística del sufrimiento; y de Madrid, esa ascesis lúdica, consumista, material y vivífica de la muchedumbre, del neón, de la vida. Pero a Madrid ya no vamos, salvo por imperativo legal o laboral. Madrid es como un gargantúa sin mascarilla, un coco que asusta y que no se lo merece; no nos lo merecemos. Al hilo de esto que digo, pero también de la porfía sobre la supuesta distorsión autonómica, me viene a la mente la imagen de la cumbre norcoreana del otro día entre Sánchez y Ayuso y creo que Madrid lo que realmente se merece es un verdadero estatus de capital del Reino y del Estado, no de reino taifa.  

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Para un tranquilo ciudadano mitad serrano mitad estepario, Madrid es también un gigante remolino que todo lo engulle. La metrópoli se encamina hacia los ocho millones de personas, y su vigor demográfico lo es tambien económico político, intelectual e institucional. Al margen de su néctar fiscal, del que podemos hablar otro día, a Madrid hay que deslastrarle de alforjas y culpas y repartirlas por las dos Castillas y más allá. O cambia el diseño territorial y se potencian núcleos de desarrollo y de población en un radio de 300 km desde la Puerta del Sol o Madrid se convierte en un agujero negro y su más allá en un desierto de resonantes y hueros quejíos. 

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Ávila sigue a lo suyo, en su permanente precampaña electoral. Sin embargo, en algo parecen coincidir los partidos y la dirigencia de moda en este nuestro castillo exterior y es en fomentar el empadronamiento y en atraer a gentes de ese Madrid grácil y disculpado que proponía antes. 

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Como decíamos ayer, el covid no nos regenera, pero, además de hacer justicia con el Dúo Dinámico, sí que ha venido a confirmar que la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes. «Atención, pregunta: ¿de quién es la frase ‘la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes?’». 
Tiempo.